La resistencia a los antibióticos avanza sin hacer ruido y ya provoca más de un millón de muertes directas cada año; aunque suele advertirse que podría alcanzar los 10 millones anuales en 2050, las cifras actuales obligan a matizar una comparación frecuente con el cáncer.

Hay amenazas sanitarias que llegan con titulares, imágenes y cifras difíciles de ignorar. La resistencia a los antibióticos es diferente. Avanza de manera silenciosa, muchas veces dentro de un hospital, una comunidad o incluso en una infección que inicialmente parecía rutinaria. Una herida, una neumonía o una infección urinaria pueden dejar de responder a medicamentos que durante décadas fueron considerados una de las grandes conquistas de la medicina.

La Organización Mundial de la Salud estima que la resistencia bacteriana a los antimicrobianos fue directamente responsable de aproximadamente 1,27 millones de muertes en 2019 y estuvo asociada con cerca de 5 millones. No se trata, por tanto, de una amenaza hipotética. Ya está ocurriendo.

El problema comienza cuando las bacterias desarrollan mecanismos que les permiten sobrevivir a los medicamentos diseñados para eliminarlas. La evolución tiene aquí un aliado inesperado: el uso excesivo o inadecuado de los antibióticos. Cada vez que estos fármacos se utilizan de manera innecesaria o incorrecta, aumenta la presión que favorece la supervivencia de las bacterias resistentes. Después pueden propagarse entre personas, animales y ambientes.

Y es que los antibióticos no pertenecen únicamente al mundo de los hospitales. Su uso también está relacionado con la producción de alimentos y la salud animal. Por eso, la OMS insiste en un enfoque conocido como «Una sola salud», que considera conectadas la salud humana, la animal y la ambiental.

Durante años se repitió una advertencia especialmente inquietante: si no se actuaba, la resistencia antimicrobiana podría provocar 10 millones de muertes anuales para 2050, una cifra que llegó a compararse con las muertes causadas por el cáncer. Naciones Unidas y la OMS han utilizado esa proyección para ilustrar la magnitud del riesgo. Sin embargo, conviene poner el dato en contexto.

La realidad actual no permite afirmar que las bacterias resistentes vayan a superar inevitablemente al cáncer en mortalidad. La OMS informó en 2026 que el cáncer provocó cerca de 10 millones de muertes durante 2024 y continúa siendo una de las principales causas de muerte en el mundo. La cifra de 10 millones atribuida a la resistencia antimicrobiana corresponde a una proyección condicionada a un escenario de inacción, no a una certeza sobre el futuro.

La diferencia parece técnica, pero es fundamental. Una advertencia sanitaria pierde fuerza cuando se presenta como un destino inevitable. Lo verdaderamente preocupante es que el escenario puede empeorar si se mantienen las tendencias actuales. La propia OMS ha señalado que la resistencia antimicrobiana amenaza tratamientos y procedimientos que dependen de medicamentos eficaces: cirugías, trasplantes, cuidados intensivos y tratamientos contra el cáncer.

En otras palabras, no estamos hablando únicamente de personas que contraen una «superbacteria». Estamos hablando de la infraestructura completa de la medicina moderna. Una operación de rutina necesita prevenir infecciones; una persona sometida a quimioterapia puede necesitar antibióticos para combatir infecciones oportunistas; un paciente trasplantado depende de un sistema sanitario capaz de controlar microorganismos potencialmente letales.

Mientras tanto, la creación de nuevos antibióticos no avanza al mismo ritmo que la resistencia. La OMS ha advertido que la investigación y desarrollo de nuevos antibacterianos enfrenta dificultades importantes: los procesos son costosos, prolongados y el mercado ofrece pocos incentivos económicos. Es una paradoja incómoda. La humanidad necesita medicamentos nuevos precisamente cuando resulta difícil hacer rentable su desarrollo.

La respuesta tampoco puede consistir en fabricar antibióticos sin límite. Preservar los que ya existen es igualmente importante. Mejorar el diagnóstico, prevenir infecciones, fortalecer la vacunación, garantizar agua y saneamiento adecuados y utilizar antibióticos solamente cuando sean necesarios forman parte de la estrategia.

La verdad es que la resistencia antimicrobiana no necesita convertirse en «el nuevo cáncer» para representar una crisis histórica. Ya está cobrando vidas, encareciendo la atención médica y debilitando herramientas esenciales de la medicina. Su mayor peligro quizá sea precisamente ese: que durante mucho tiempo puede crecer sin que la mayoría de las personas perciba que algo fundamental está cambiando.

La medicina moderna consiguió que muchas infecciones dejaran de ser una sentencia de muerte. Ahora enfrenta el desafío de conservar esa conquista. Si las bacterias aprenden más rápido que nosotros, el futuro no necesariamente será una era sin antibióticos. Pero sí podría ser una época en la que aquello que hoy parece sencillo vuelva a exigir una cautela que las generaciones actuales casi han olvidado.