La expansión de Candida auris en los hospitales está obligando a reforzar la vigilancia, el diagnóstico y las medidas de control, especialmente en unidades de cuidados intensivos donde los pacientes más vulnerables pueden enfrentar infecciones difíciles de tratar.

Hay amenazas sanitarias que llegan acompañadas de fiebre, dolor o síntomas evidentes. Candida auris es diferente. Este hongo puede permanecer sobre la piel de una persona sin provocar síntomas y, aun así, convertirse en una fuente de transmisión dentro de un hospital. En una unidad de cuidados intensivos, donde cada cama concentra pacientes graves, dispositivos invasivos y una intensa circulación de personal sanitario, esa capacidad representa un desafío considerable.

La Organización Mundial de la Salud ha incluido a Candida auris, cuyo nombre científico también aparece actualmente como Candidozyma auris, entre los patógenos fúngicos prioritarios. La razón es clara: puede provocar infecciones invasivas potencialmente mortales, tiene una elevada capacidad para producir brotes hospitalarios y presenta resistencia frente a varios medicamentos antifúngicos. La OMS advierte, además, que se han identificado cepas con resistencia a las principales clases disponibles de estos tratamientos.

El problema no consiste, por tanto, en una supuesta resistencia a los antibacterianos, ya que Candida auris es un hongo y los antibióticos no actúan contra él. La preocupación está en la resistencia antifúngica. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, alrededor del 90 % de los aislados de Candida auris analizados en ese país son resistentes al fluconazol, mientras que también se han documentado casos resistentes a las tres principales clases de medicamentos antifúngicos.

La amenaza se vuelve todavía más compleja por su persistencia ambiental. El CDC señala que el microorganismo puede permanecer durante largos periodos sobre superficies y objetos de los centros sanitarios, incluidos barandales, mesas y equipos médicos. No todos los desinfectantes habituales son eficaces contra él. Dicho de manera sencilla, no basta con limpiar como se ha hecho siempre. Los hospitales necesitan protocolos específicos, productos adecuados y una disciplina constante.

Las unidades de cuidados intensivos concentran buena parte de los factores que favorecen las infecciones graves. Los pacientes suelen presentar enfermedades complejas y pueden necesitar ventilación mecánica, catéteres, sondas u otros dispositivos invasivos. Además, muchos han recibido tratamientos antimicrobianos prolongados. En ese escenario, una colonización que inicialmente no produce síntomas puede convertirse en una infección invasiva cuando las defensas del organismo están debilitadas.

La dimensión del problema también puede observarse en la vigilancia estadounidense. Según datos publicados por el CDC en marzo de 2026, durante 2024 se notificaron 6.304 casos clínicos de Candida auris en Estados Unidos. La cifra forma parte de una tendencia ascendente registrada desde que se identificó el primer caso en ese país en 2016, aunque el ritmo de crecimiento se ha desacelerado desde 2022.

Y es que detectar a los pacientes colonizados puede ser tan importante como identificar a quienes ya presentan una infección. Una investigación publicada en la revista Emerging Infectious Diseases analizó más de 21.000 personas con colonización detectada en Estados Unidos entre 2016 y 2023. El estudio encontró que el 6,9 % posteriormente presentó una muestra clínica positiva. La vigilancia, por ello, no es un trámite administrativo: puede convertirse en una barrera antes de que aparezcan infecciones invasivas y nuevos contagios.

La mortalidad tampoco debe interpretarse de manera simplista. Candida auris afecta principalmente a personas que ya se encuentran gravemente enfermas, por lo que determinar cuánto contribuye directamente el hongo al fallecimiento resulta difícil. Sin embargo, la literatura médica ha documentado una elevada mortalidad entre los pacientes que desarrollan enfermedad invasiva. El CDC insiste en que el diagnóstico y el tratamiento deben acompañarse de medidas estrictas de prevención y control.

La respuesta exige, en consecuencia, algo más que disponer de un antifúngico. Requiere identificación rápida, pruebas de sensibilidad, detección de colonización, higiene de manos, limpieza ambiental rigurosa y comunicación del antecedente cuando un paciente es trasladado entre centros. La verdad es que, frente a un microorganismo capaz de permanecer oculto durante semanas o meses, la prevención cotidiana adquiere una importancia extraordinaria.

El desafío de Candida auris recuerda una realidad incómoda de la medicina moderna: algunos de los enemigos más difíciles de contener no necesitan desplazarse grandes distancias. Pueden viajar en una superficie, un equipo médico o una transferencia hospitalaria. Frenarlos depende de que cada eslabón del sistema funcione correctamente. En las UCI, donde un pequeño margen puede separar la recuperación de una complicación grave, esa vigilancia no es opcional. Es parte esencial de la atención.