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La Banca rota del neoliberalismo

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PARTE I

Redacción Central (PL).- Socializar las pérdidas privadas capitalistas conduce, al contrario de lo que se pretende, a la agudización de la crisis financiera en expansión, precisamente por el carácter social de la producción y el privado de la apropiación.

La concentración acrecentada en transnacionales del Norte, incluidas las de las finanzas, se revierte en menor redistribución de las riquezas hacia los sectores populares en el mundo industrializado y en menor solvencia para los pueblos de los países pobres.

Ambos fenómenos son claramente perceptibles en la crisis actual, iniciada en Estados Unidos, en agosto de 2007, con la de los créditos “subprime”, cuyos efectos se globalizan hacia el resto del mundo con mayores y obvios efectos negativos.

El Norte descarga sobre el Sur, en vez de soluciones humanas, las consecuencias de una insolvencia generada por los créditos de aspecto Matrioska y por un dólar que cada vez vale menos, por su emisión sin más respaldo que la fuerza.

La deuda pública de Estados Unidos se estima en nueve billones (millones de millones), muy cercana al valor de producto interno bruto nacional, país que a este ritmo no tendría otras opciones que declararse insolvente, como ahora hacen sus instituciones financieras.

En todo caso, la alternativa sería apelar a procedimientos de dominación más violentos sobre el resto del mundo.

Este país es el primer importador del planeta, con sólo el seis por ciento de la población mundial, ya que consume la cuarta parte de la producción global, incluidas las de hidrocarburos y energía eléctrica.

También es el mayor productor en la escalada de armamentos, que sobrepasa globalmente el billón de dólares; sostiene el mayor presupuesto de defensa anual, sin que nadie lo agreda; y gasta una cifra billonaria en publicidad para alentar el consumo desmedido, frecuentemente de productos inútiles.

Entretanto, se agotan los recursos naturales aportados por un planeta cuya contaminación y efectos climáticos lo tornan insostenible, sin que, sin embargo, se avizore una solución como no sea la alarmante de la debacle.

El mundo asiste a múltiples crisis –económica, financiera, climática, energética, alimenticia– y se atisban las de gobernabilidad que sobrevendrían cuando las circunstancias se tornen más insostenibles para los países y seres humanos que habitan la Tierra.

Juntamente con la explosión en curso de la llamada “burbuja financiera” se agudiza la recesión económica y, en consecuencia, se elevan en progresión el desempleo, la reducción de la solvencia entre los consumidores y los efectos negativos sobre las naciones, especialmente las subdesarrolladas.

De ello se deriva que el mundo se encuentra en proceso de enfrentar, por tiempo indefinido, una mayor incertidumbre como efecto de los desmesurados desequilibrios internos del Norte y de la exportación de éstos a la generalidad de los países del Sur.

Ante la sombría perspectiva, el presidente estadounidense George W. Bush reclamó del Congreso la aprobación de un presupuesto ascendente a 700 mil millones de dólares, sustraíbles de las arcas del Estado para reflotar una economía creada y desarrollada a expensas de pueblos que ahora tienen que rescatarla.

Ante la perspectiva electoral en curso, la Cámara de Representantes desaprobó en su primera votación la iniciativa, pero ésta fue aceptada y elevada en el Senado a 850 mil millones de dólares, en virtud de la diferencia de condiciones y circunstancias a que se enfrentan los miembros de ambos legislativos.

El politólogo y lingüista Noam Chomsky califica a este último como un Club de Millonarios, que sirvió con su estrategia de cobertura a los legisladores de la Cámara Baja para que guardaran las apariencias ante su electorado, mayoritariamente opuesto a un recate financiero que va en su contra.

De este modo los representantes, más vinculados a los sectores populares, tratan de atenuar su responsabilidad, debido a que deberán someterse todos al escrutinio de sus electores el 4 de noviembre próximo, cuando también se dirimirá la presidencia de la nación entre Barack Obama y John McCain.

Entre los senadores, sólo un tercio se verá enfrentado a la pretendida reelección, proceso en el que, se aduce, cuenta más la inversión en la campaña que los éxitos en la gestión.

No obstante, también se observa entre los congresistas, muchos de ellos correligionarios republicanos del Presidente, una reticencia marcada ante un fenómeno en el que se percibe claramente la amenaza de una catástrofe de apreciable magnitud ya, pero incalculable aún.

Despachos de prensa dieron cuanta este fin de semana de que finalmente el presidente George W. Bush ratificó el plan de rescate financiero de 700 mil millones aprobado por ambas cámaras y diseñado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson.

Está destinado a comprar a los bancos sus activos ilíquidos, con el objetivo de reactivar los llamados “mercados de la deuda”, no a solucionar el fondo de la crisis.

 

PARTE II

Redacción central (PL).- El rescate financiero aprobado en Estados Unidos, de por sí sumamente indefinido, no puede conducir a la solución de la crisis económica y financiera en curso, en primer lugar por la magnitud de una erogación sin alcances estructurales y, en segundo, por descargarla aún más sobre los pobres.

Aunque no se aumentaran los impuestos para financiarla, como se anuncia que sucederá, los efectos serían nocivos, por la devaluación monetaria que significarían en la práctica nuevas emisiones sin respaldo de dólares “más baratos” y, por tanto, con menor poder adquisitivo.

La Cámara de Representantes, que el lunes anterior había rechazado el plan, le dio su aprobación a una variante que incluye, como modificaciones principales, la ampliación del seguro para depósitos bancarios y la reducción de impuestos –aparente compensación– que implicará las referidas impresiones monetarias.

Tal adecuación fue respaldada por 263 diputados y rechazada por 171, superando ampliamente los 218 votos necesarios para su aprobación. Pero lo más curioso es que buena parte de los sufragios favorables provinieron de los demócratas, y los del rechazo, de los republicanos.

Se consuma el primer paso en un proyecto que supone la mayor intervención estatal en la historia de Estados Unidos. Sin embargo, como señalaba The Wall Street Journal este fin de semana, nadie sabe cómo se aplicará un rescate sin diseño previo.

El plan consiste básicamente en que el Tesoro (norte) americano adquiera, por un importe de hasta 700 mil millones, la deuda de mala calidad (hipotecas tóxicas, valores o bienes) que han contraído las instituciones financieras.

Diversas publicaciones daban cuenta de que “los créditos se encuentran en la actualidad congelados porque los bancos no se atreven a asumir más riesgos de cara a sus clientes”. Entre tanto, “Paulson no sabe muy bien lo que va a hacer ante los requerimientos apremiantes de qué tipo de bienes van a ser comprados, de qué manera y a qué precio”.

Sobre el del costo, la duda consiste en si se los pagará por el valor actual en el mercado, lo que constituye un precio más bajo, o si se los comprará por su monto original.

En el primer caso, el Tesoro no gastaría tanto en la llamada “deuda de mala calidad”, aunque se corre el riesgo de que tal vez el capital que se inyecte no sea suficiente como para que los bancos se animen a conceder nuevos préstamos y conduciría, en pocas palabras, a que la solución no resuelva.

El texto de la Ley de Estabilización Financiera establece que el Tesoro podrá usar 250 mil millones de forma inmediata y otros 100 mil si el Presidente determina que son necesarios. Por tanto, no recoge un calendario de actuación, según aprecian publicaciones como The Economist y The Wall Street Journal.

Así, en las últimas semanas el candidato demócrata, Barack Obama, encabeza las opciones hacia la presidencia, algo no definitivo, al obtener ventaja en los estados indecisos de Ohio, Florida y Pennsylvania, una preferencia que se atribuye principalmente a la crisis financiera y el estado de la economía.

Todo hace suponer, sin embargo, que ahora la solución pende más del Sur y, sobre todo, de América Latina, cuatro de cuyos mandatarios definieron estrategias en la Cumbre de Manaos, entre Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Hugo Chávez, de Venezuela; Evo Morales, de Bolivia; y Rafael Correa, de Ecuador.

El boliviano Morales recordó allí lo que había expresado ante la Asamblea General de Naciones Unidas, donde sostuvo que el problema mundial es de "modelo", pues en “el capitalismo hay saqueo, explotación y pobreza", y "los pobres no deben pagar la crisis de los ricos".

También comparó la recuperación de los hidrocarburos en Bolivia con los intentos de atajar la situación en Estados Unidos y remarcó que se nacionalizaron los hidrocarburos “para que la gente tenga plata, pero en Estados Unidos quieren nacionalizar (financiar estatalmente) la deuda y la crisis de la gente que tiene más plata".

Rafael Correa consideró, por su parte, que el mayor riesgo para América Latina es la probable depreciación de las materias primas y del petróleo, que suponen una cuota importante de las exportaciones de la región. Sin embargo añadió que “llegará el día en que no dependeremos de lo que ocurra en Estados Unidos".

Los cuatro analizaron alternativas para atajar una crisis que podría recortar los créditos y dificultar algunos grandes proyectos en la región, acerca de lo cual el canciller brasileño, Celso Amorim, anunció que una de las posibilidades discutidas fue la activación del Banco del Sur, proyecto aprobado casi un año atrás.

Ante estas circunstancias, las cuentas parecen claras. En Estados Unidos, donde se activan planes de contingencia, destinar más dinero a las entidades financieras quebradas conducirá inexorablemente a crisis mayores. En América Latina, depender más de sí misma y de nuevos socios menos riesgosos es vital.

La clave consiste en alejarse cada vez más de la Banca rota del sistema económico y financiero estadounidense, en quiebra aguda desde la crisis de la deuda externa y del consiguiente fracaso del Consenso de Washington, ambos inviables tanto con dictaduras represivas como con “democracias” tuteladas.

A juicio de analistas, la intención de rescatar ahora con cifras multimillonarias al mismo capital que provoca la quiebra, no conducirá a la solución, sino al entierro, en definitiva, del neoliberalismo.

 

* Especialista en temas globales y de integración latinoamericana.

Publicado en http://www.prensalatina.com.mx/