La cardiología intervencionista ha cambiado el tratamiento de infartos y enfermedades valvulares al permitir procedimientos mediante catéteres, con intervenciones menos invasivas y nuevas alternativas frente a algunas cirugías tradicionales.
Cada 16 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Cardiología Intervencionista, una fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas para llamar la atención sobre las enfermedades cardiovasculares, sus tratamientos y la necesidad de ampliar el acceso a tecnologías y atención médica especializada.
La fecha tiene además un origen directamente relacionado con uno de los mayores cambios en la medicina cardiovascular. El 16 de septiembre de 1977, el cardiólogo Andreas Grüntzig realizó la primera angioplastia coronaria con balón, un procedimiento que abrió el camino a las intervenciones coronarias percutáneas modernas.
La técnica permitió tratar una arteria coronaria obstruida introduciendo un catéter hasta el sitio de la lesión y utilizando un pequeño balón para restablecer el flujo sanguíneo. Con el tiempo, el procedimiento evolucionó y la utilización de stents permitió mantener abiertas las arterias después de la intervención.
La Organización de las Naciones Unidas reconoce precisamente a la angioplastia como uno de los grandes avances de la cardiología intervencionista. La resolución que estableció esta conmemoración señala que estas técnicas han contribuido a preservar el músculo cardiaco en pacientes con enfermedad coronaria.
El cambio resulta especialmente importante cuando se trata de un infarto agudo de miocardio. En determinados tipos de infarto, la intervención coronaria percutánea permite restablecer el flujo sanguíneo sin necesidad de recurrir a una cirugía de bypass. La Sociedad Europea de Cardiología considera la intervención coronaria percutánea primaria un tratamiento capaz de salvar vidas en el infarto con elevación del segmento ST.
Sin embargo, la evolución de esta especialidad también obliga a evitar conclusiones demasiado simples. Un mayor número de intervenciones no garantiza por sí mismo una reducción de la mortalidad. Un análisis presentado en 2026 por la Sociedad Europea de Cardiología, con información de 21 países europeos, no encontró una asociación significativa entre aumentar el número de intervenciones coronarias percutáneas y reducir las tasas de mortalidad.
Los propios investigadores señalaron que factores como el momento en que se realiza el procedimiento después del inicio de los síntomas, la experiencia de los operadores y las diferencias entre centros pueden influir en los resultados. En otras palabras, la tecnología es fundamental, pero el tiempo, la organización de los servicios de urgencias y la experiencia médica también cuentan.
La otra gran revolución de la cardiología intervencionista se encuentra en las válvulas del corazón. El reemplazo valvular aórtico mediante catéter, conocido como TAVI o TAVR, permite colocar una nueva válvula dentro de la válvula dañada sin necesidad de abrir el tórax como ocurre en la cirugía convencional.
La Asociación Estadounidense del Corazón explica que durante una TAVI la nueva válvula se introduce mediante un catéter, generalmente a través de una arteria, y se despliega dentro de la válvula aórtica enferma. La técnica se utiliza principalmente para tratar determinados casos de estenosis aórtica grave.
La expansión de TAVI ha sido uno de los cambios más importantes de la cardiología estructural. Lo que comenzó como una alternativa para pacientes con alto riesgo quirúrgico se ha extendido a grupos de menor riesgo, aunque la elección entre una intervención mediante catéter y una cirugía convencional debe considerar las características de cada paciente y los riesgos a largo plazo.
Las guías estadounidenses y europeas coinciden en la importancia de una evaluación multidisciplinaria. La decisión no depende solamente de la edad o de la gravedad de la enfermedad, sino también de factores como la anatomía, la expectativa de vida, otras enfermedades, el tipo de válvula y las posibilidades de futuras intervenciones.
La evolución continúa. Durante el congreso de la Sociedad Europea de Cardiología de 2026 se presentaron nuevos resultados sobre TAVI, incluido un estudio que evaluó estrategias para reducir complicaciones hemorrágicas después del procedimiento. Otro ensayo presentado este año encontró que, en pacientes seleccionados que necesitaban TAVI y una intervención coronaria, diferir esta última hasta después del reemplazo valvular no fue inferior a realizarla previamente en términos del resultado combinado estudiado.
Estos avances reflejan una tendencia más amplia: intervenir con mayor precisión y causar el menor daño posible a los tejidos. En lugar de pensar únicamente en grandes cirugías, la cardiología moderna dispone de catéteres, dispositivos implantables, sistemas de imagen y herramientas de medición que permiten tratar determinadas enfermedades desde el interior de los vasos sanguíneos.
Pero la innovación tecnológica convive con un desafío mucho más básico. La Organización Mundial de la Salud estima que las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte en el mundo. También advierte que más de tres cuartas partes de las muertes cardiovasculares ocurren en países de ingresos bajos y medianos.
Por eso, hablar de cardiología intervencionista no significa únicamente hablar de salas de cateterismo, stents o válvulas artificiales. También implica discutir el acceso oportuno a los servicios médicos, la detección temprana, la prevención y la capacidad de los sistemas sanitarios para responder rápidamente ante un infarto.
La prevención sigue siendo una pieza esencial. La OMS señala que buena parte de las enfermedades cardiovasculares puede prevenirse mediante el control de factores de riesgo como el consumo de tabaco, una alimentación poco saludable, la inactividad física, la obesidad y el consumo nocivo de alcohol.
En ese sentido, los avances de la cardiología intervencionista no sustituyen la prevención. Son una segunda oportunidad cuando la enfermedad ya está presente o cuando una emergencia exige actuar con rapidez. La mejor intervención sigue siendo, cuando es posible, evitar que el daño cardiovascular llegue a producirse.
Casi medio siglo después de aquella primera angioplastia de 1977, la especialidad ha pasado de abrir una arteria con un balón a implantar válvulas completas mediante catéteres y desarrollar procedimientos cada vez más precisos. El desafío de los próximos años será que esas innovaciones no se queden únicamente en los centros médicos más avanzados y puedan llegar a quienes las necesitan.

