El Día Internacional de la Educación Vial coloca nuevamente la seguridad de las personas en el centro del debate sobre movilidad y recuerda que prevenir siniestros no depende únicamente de la conducta individual, sino también de cómo están diseñadas las calles.
Cada 5 de octubre, el Día Internacional de la Educación Vial ofrece una oportunidad para reflexionar sobre una realidad cotidiana: desplazarse por una ciudad implica compartir el mismo espacio con personas que caminan, utilizan bicicleta, conducen automóviles, motocicletas o recurren a nuevas formas de micromovilidad.
Durante décadas, buena parte de los mensajes de seguridad vial se concentró en el comportamiento de los usuarios. Respetar los límites de velocidad, utilizar el cinturón de seguridad, cruzar por los lugares establecidos o evitar conducir bajo los efectos del alcohol siguen siendo medidas indispensables. Sin embargo, la experiencia internacional ha mostrado que la prevención no puede descansar exclusivamente en la responsabilidad individual.
También importa la calle.
Un cruce demasiado amplio, una intersección con poca visibilidad, una avenida que permite velocidades elevadas o una infraestructura que obliga al peatón a recorrer grandes distancias para atravesar una vialidad pueden incrementar el riesgo, incluso cuando las personas conocen las reglas.
Por ello, el enfoque contemporáneo de seguridad vial ha comenzado a desplazar la idea de que los siniestros son simplemente consecuencia de errores individuales. La Organización Mundial de la Salud sostiene que la seguridad vial requiere un enfoque sistémico en el que participen el diseño de las vías, los vehículos, las velocidades, las normas y el comportamiento de los usuarios.
Esta perspectiva está estrechamente relacionada con el llamado enfoque de sistema seguro. Su principio fundamental es sencillo: las personas pueden equivocarse, pero esos errores no deberían convertirse automáticamente en lesiones graves o muertes.
En consecuencia, una ciudad segura no solamente pide a sus habitantes que tengan cuidado. También intenta construir un entorno que reduzca las consecuencias de los errores humanos.
Los cruces peatonales son un buen ejemplo. Reducir la distancia que una persona debe recorrer para atravesar una avenida, mejorar la iluminación, ampliar las banquetas, instalar refugios peatonales o utilizar semáforos adecuados puede modificar sustancialmente la interacción entre quienes utilizan una misma intersección.
El rediseño urbano también puede obligar a reducir la velocidad de los vehículos. Chicanas, elevaciones de calzada, estrechamientos estratégicos, glorietas correctamente diseñadas y zonas de velocidad reducida forman parte de las intervenciones utilizadas en diferentes ciudades para disminuir el riesgo.
La lógica es importante: la infraestructura también educa.
Una calle diseñada para favorecer velocidades elevadas transmite un mensaje diferente al de una calle en la que el espacio está claramente organizado para proteger al peatón y al ciclista. En este sentido, la educación vial no ocurre únicamente en una escuela, una campaña publicitaria o un manual de tránsito. También está presente en la manera en que una ciudad organiza físicamente sus espacios.
La transformación se vuelve todavía más compleja con la expansión de la micromovilidad eléctrica. Bicicletas eléctricas, scooters y otros vehículos ligeros ofrecen nuevas posibilidades para realizar trayectos cortos y pueden contribuir a disminuir la dependencia del automóvil particular. No obstante, su incorporación también genera nuevos desafíos de seguridad.
Cuando peatones, bicicletas, scooters, motocicletas y automóviles comparten espacios sin una regulación o infraestructura clara, aumentan los puntos de conflicto. La solución, por tanto, no consiste simplemente en prohibir o permitir determinados vehículos, sino en diseñar una red de movilidad donde cada usuario tenga un espacio reconocible y reglas comprensibles.
La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de 1.19 millones de personas mueren cada año como consecuencia de siniestros de tránsito y que entre 20 y 50 millones sufren lesiones no mortales. Los usuarios vulnerables —peatones, ciclistas y motociclistas— concentran una parte considerable de las víctimas.
Estos datos explican por qué la movilidad sostenible y la seguridad vial deben abordarse conjuntamente. No basta con promover que las personas caminen o utilicen bicicleta si hacerlo implica enfrentarse diariamente a vías peligrosas.
Una política de movilidad sostenible necesita, por tanto, algo más que infraestructura para desplazarse. Necesita infraestructura para llegar con seguridad.
En las ciudades, esto supone conectar banquetas, ciclovías y transporte público; garantizar cruces accesibles; mejorar la iluminación; reducir velocidades donde exista una elevada presencia peatonal y diseñar intersecciones considerando las necesidades de niñas, niños, personas mayores y personas con discapacidad.
La educación vial cumple entonces una función complementaria. Enseña normas, desarrolla hábitos y genera conciencia, pero debe estar acompañada por políticas públicas e infraestructura coherentes con aquello que se pretende enseñar.
Pedirle a una persona que utilice un cruce seguro pierde sentido cuando el cruce más cercano se encuentra a cientos de metros. Exigir a un ciclista que respete determinadas reglas resulta insuficiente si no existe un espacio razonablemente seguro para circular. Del mismo modo, pedir a los automovilistas que reduzcan la velocidad tiene mayores posibilidades de éxito cuando el diseño de la calle también induce una conducción más lenta.
La seguridad vial, en última instancia, es una responsabilidad compartida.
El 5 de octubre puede servir para recordar que educar para la movilidad no significa solamente enseñar señales de tránsito. Significa construir una cultura en la que desplazarse por la ciudad implique reconocer que cada decisión afecta a los demás.
Una ciudad verdaderamente sostenible no es aquella que únicamente consigue que sus habitantes lleguen más rápido a su destino. Es aquella que permite hacerlo de manera segura, accesible y compatible con la convivencia entre diferentes formas de movilidad.
La educación vial comienza con conocer las reglas, pero alcanza su verdadero sentido cuando esas reglas encuentran calles diseñadas para proteger la vida.

