La Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación convierte la preocupación ambiental en una reflexión espiritual y ética sobre la responsabilidad humana frente al deterioro del planeta.

Cada 1 de septiembre, millones de cristianos encuentran un motivo común para mirar hacia un problema que ya no pertenece exclusivamente a científicos, gobiernos o organizaciones ambientales: el estado de la Tierra. La Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación propone algo aparentemente sencillo, pero profundo: detenerse, agradecer por el mundo natural y preguntarse qué responsabilidad tiene el ser humano ante su deterioro.

La fecha tiene sus raíces en la tradición ortodoxa. El Patriarca Ecuménico Dimitrios I proclamó en 1989 el 1 de septiembre como jornada de oración por el medio ambiente. De acuerdo con el Consejo Mundial de Iglesias, la elección no fue casual: ese día comienza el año litúrgico ortodoxo y está asociado con la conmemoración de la creación del mundo.

Con el paso de los años, aquella iniciativa adquirió una dimensión ecuménica. El Consejo Mundial de Iglesias contribuyó a extender el período de oración y acción hasta el 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, figura particularmente vinculada con el respeto a la naturaleza. En 2015, el papa Francisco incorporó oficialmente la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación al calendario de la Iglesia católica.

Así nació el llamado Tiempo de la Creación, que cada año se desarrolla del 1 de septiembre al 4 de octubre. Para 2026, el comité ecuménico que coordina esta iniciativa eligió como tema “Agua Viva”, inspirado en el capítulo 47 del libro de Ezequiel. La propuesta relaciona el agua con la restauración de ecosistemas y plantea que la recuperación ambiental y el bienestar humano no pueden separarse.

La conexión con la ecología contemporánea resulta evidente. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua y la degradación de los ecosistemas han demostrado que las consecuencias ambientales tampoco se distribuyen de manera equitativa. Quienes poseen menos recursos suelen contar con menos posibilidades para protegerse frente a sequías, inundaciones, pérdida de cosechas o desplazamientos asociados al deterioro ambiental.

Precisamente ahí aparece uno de los conceptos centrales de los actuales discursos religiosos sobre el ambiente: la justicia climática. No se trata únicamente de reducir emisiones o proteger especies. También implica preguntarse quién provoca una parte mayor del daño, quién obtiene los beneficios del modelo económico y quién termina pagando las consecuencias.

El Consejo Mundial de Iglesias ha incorporado esa perspectiva a su trabajo sobre cambio climático y cuidado de la creación. La organización ha señalado que las comunidades más pobres y vulnerables suelen sufrir con mayor intensidad problemas ambientales que no necesariamente han provocado. La preocupación religiosa, de esta manera, converge con una discusión ampliamente presente en la ética ambiental: proteger la naturaleza también significa proteger a quienes dependen de ella de manera más directa.

La tradición ortodoxa ha desarrollado además una crítica profunda al consumo desmedido. En declaraciones difundidas por el Consejo Mundial de Iglesias, el Patriarcado Ecuménico ha relacionado la crisis ecológica con actitudes como la codicia, el materialismo y la consideración de los recursos naturales como objetos destinados exclusivamente a satisfacer necesidades humanas. La propuesta no consiste solamente en consumir productos diferentes, sino en reconsiderar qué entendemos por bienestar.

En el ámbito católico, la misma preocupación encontró una expresión particularmente visible durante el pontificado de Francisco. Su encíclica Laudato si’ planteó la necesidad de escuchar tanto el clamor de la Tierra como el de las personas que padecen las consecuencias de su deterioro. Esa mirada ayudó a consolidar un lenguaje religioso en el que protección ambiental, solidaridad y justicia social aparecen estrechamente relacionadas.

La idea de una “ecología profunda” lleva esa reflexión todavía más lejos. Desde distintas corrientes filosóficas y ambientales se cuestiona la visión que considera a la naturaleza únicamente como una reserva de materias primas. En su lugar, se propone reconocer un valor propio a los ecosistemas y a las demás formas de vida. La teología cristiana no utiliza siempre exactamente el mismo lenguaje, pero encuentra un punto de encuentro en la noción de que la creación no es simplemente una propiedad disponible para ser explotada sin límites.

Por eso, esta jornada no debería reducirse a una ceremonia simbólica. El propio Tiempo de la Creación habla de oración y acción. La diferencia es importante. Una preocupación que no modifica hábitos, decisiones económicas o políticas públicas corre el riesgo de quedarse en un gesto pasajero.

La verdad es que cuidar un río, reducir el desperdicio, proteger un bosque o exigir políticas climáticas responsables pueden parecer acciones pequeñas frente a la magnitud del problema. Pero la transformación cultural suele comenzar precisamente así: cuando una sociedad modifica aquello que considera normal.

En 2026, la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación vuelve a colocar esa pregunta sobre la mesa. La fe puede ofrecer una razón espiritual para proteger el planeta; la ciencia aporta evidencias sobre su deterioro; y la política tiene la responsabilidad de convertir la preocupación colectiva en decisiones concretas. El desafío consiste en que esas tres dimensiones no avancen por caminos separados.