La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 convirtió la libertad, la igualdad jurídica y la soberanía nacional en principios fundamentales de la política moderna, pero su universalidad tuvo límites evidentes: las mujeres quedaron fuera de la ciudadanía política y las colonias esclavistas no fueron incorporadas de inmediato al mismo horizonte de derechos.
Hay documentos que cambian la historia no porque sean perfectos, sino porque sus palabras terminan siendo más poderosas que las intenciones de quienes las escribieron. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Nacional francesa entre el 20 y el 26 de agosto de 1789, pertenece a esa categoría.
Su lenguaje resultó revolucionario. La Asamblea proclamó que los hombres nacían y permanecían libres e iguales en derechos y reconoció como derechos naturales la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. También afirmó que la soberanía residía esencialmente en la nación y defendió la libertad de opinión y expresión.
La Asamblea Nacional francesa recuerda que aquellos diecisiete artículos se convirtieron posteriormente en el preámbulo de la Constitución de 1791. Su influencia fue enorme. La idea de que la autoridad política debía justificarse en derechos anteriores al propio Estado ayudó a transformar la relación entre gobernantes y gobernados.
Pero había una palabra decisiva que debía hacerse más amplia con el tiempo: «hombre».
La declaración hablaba en términos universales, pero las mujeres no obtuvieron por ello igualdad política. No podían participar en las instituciones políticas en las mismas condiciones que los hombres ni ejercer los derechos de ciudadanía que el nuevo lenguaje revolucionario parecía prometer.
La contradicción no pasó inadvertida. En 1791, Olympe de Gouges publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, inspirada directamente en el documento de 1789. Su texto reclamaba que las mujeres fueran reconocidas como libres e iguales ante la ley y exigía participación política, acceso a cargos públicos y derechos de propiedad. La Asamblea Nacional francesa conserva hoy aquel documento como una de las expresiones más significativas de la lucha por la ciudadanía femenina durante la Revolución.
La propia formulación de Gouges revelaba la paradoja. Si los derechos eran naturales, universales e inalienables, ¿por qué la mitad de la población quedaba fuera de la participación política? Su pregunta no era una simple protesta contra una injusticia particular. Era una prueba de coherencia para toda la filosofía revolucionaria.
La contradicción también atravesó el mundo colonial. Francia poseía territorios donde la economía dependía profundamente del trabajo esclavizado, especialmente en Saint-Domingue, la colonia caribeña que posteriormente se convertiría en Haití. Allí vivían cientos de miles de personas esclavizadas bajo un sistema incompatible con la igualdad que proclamaba la Revolución.
La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos documenta que los principios revolucionarios provocaron intensos conflictos en las colonias francesas. En Saint-Domingue, una gran rebelión de esclavizados comenzó en agosto de 1791 y desencadenó un proceso que terminaría con la independencia de Haití en 1804. La cuestión colonial mostró de manera brutal la distancia entre los derechos proclamados en Francia y su aplicación en territorios sometidos al dominio francés.
Sería, sin embargo, demasiado sencillo afirmar que la Revolución Francesa simplemente «ignoró» la esclavitud hasta el final. El conflicto fue evolucionando bajo la presión de las rebeliones, las luchas políticas y la guerra. En 1794, la Francia revolucionaria abolió la esclavitud en sus colonias. Pero esa decisión tampoco fue definitiva: Napoleón la restableció en 1802, mientras la resistencia de los revolucionarios de Saint-Domingue culminó finalmente en la creación de Haití.
La experiencia caribeña terminó transformando el propio significado de los derechos universales. Investigaciones históricas difundidas por la Biblioteca del Congreso han destacado que las luchas de los esclavizados en el Caribe no fueron simplemente receptoras de las ideas de libertad procedentes de Europa. También contribuyeron a ampliar radicalmente lo que podía significar la igualdad.
Ahí reside una de las grandes ironías de 1789. La Declaración pretendía presentar principios válidos para todos, pero su aplicación inicial estuvo limitada por las estructuras sociales, políticas y económicas de la época. Las mujeres tuvieron que reclamar explícitamente aquello que el lenguaje universal parecía haberles concedido. Los esclavizados y sus descendientes tuvieron que luchar por convertir la libertad abstracta en una realidad concreta.
La verdad es que esa contradicción no destruye el valor histórico del documento. Lo vuelve más interesante. Una vez que la Revolución proclamó que la libertad y la igualdad eran derechos naturales, resultó mucho más difícil justificar su negación. Los excluidos pudieron utilizar las propias palabras de la Revolución para cuestionar a quienes pretendían reservarlas para determinados grupos.
Ese fenómeno explica parte de la enorme influencia posterior de la declaración. Los derechos humanos modernos no surgieron como una obra terminada en 1789. Fueron ampliándose mediante conflictos, movimientos sociales y luchas políticas que obligaron a las sociedades a confrontar las contradicciones de sus propios principios.
Por eso la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano puede leerse simultáneamente como una conquista y como una evidencia de los límites de su tiempo. Sentó las bases de una nueva concepción de la ciudadanía, pero dejó fuera a millones de personas que terminarían reclamando que la palabra «universal» significara realmente universal.
Quizá ese sea su legado más profundo. Los grandes principios políticos no permanecen encerrados en la intención de quienes los escriben. Una vez pronunciados, pueden ser utilizados contra sus propias exclusiones. La Revolución Francesa proclamó la igualdad; mujeres, esclavizados y pueblos coloniales contribuyeron después a obligar al mundo a tomarla en serio.


