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La sabiduría de la no venganza

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Son muchas las ocasiones en que se nos “cuecen las habas” por vengarnos a través de nuestras propias manos, al ser o creer haber sido víctimas de una injusticia. Quizá por palabras hirientes que nos dijeron, ciertas, falsas o con verdades a medias, o bien, por cuestiones de índole económica, inclusive ataques físicos. Pero, pensándolo bien, ¿por qué darle tanto poder al otro sobre nuestras emociones? La venganza, no es tan dulce, es más, refleja debilidad de carácter. Requiere más inteligencia, sabiduría y fortaleza, el decidir no devolver el golpe pudiendo hacerlo, que realizarlo y ponerse al mismo nivel. El dominio propio es de grandes. Aplicar la V de Vendetta, puede satisfacer momentáneamente al ego, pero los estragos posteriores no valen la pena. Hay más pérdidas que ganancias, y entre ellas, figura la paz y la comunión con Dios que se pierde de inmediato.

La Real Academia de la Lengua Española define la venganza como la satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos, así como castigo, pena. ¿Y cómo?, ¿acaso quedará impune ese que mintió y despotricó en tu contra?, ¿no recibirá su merecido quien te cerró puertas laborales por envidia a través de intrigas?, ¿y la que se te fue a la yugular al ser tú la elegida y no ella, en un intento por salvar su maltrecha autoestima? La respuesta es reveladora: tú no eres Dios, y sólo Él es capaz de hacer justicia de manera perfecta.

Todos los demás, la realizamos de forma parcial, pues humanos somos y la subjetividad nos acompaña. Lo paradójico de la venganza es que a veces sufre más en el trayecto, quien la planea y trata de ejercer, que quien la recibe. Es una inversión de tiempo considerable, que implica una atención sostenida siendo “acosador (a)” del sujeto de venganza. Durante ese periodo, pueden ocurrir dos cosas: que al sujeto le vaya excelente y el vengador se muera de la envidia, lo cual en sí mismo es un auto-gol vengativo, o que no le vaya tan bien, y ese sea el motivo de disfrute de quien el mal le desea, lo cual significa literal, un desequilibrio mental digno de psicoterapia, y de algunos casos, intervención psiquiátrica.

¿Quién en su sano juicio gastaría valioso tiempo de vida en ver cómo prospera o no, otra persona, y por ende, dejar de vivir en plenitud la propia vida?, ¿no es acaso tonto en sí mismo? Y sin embargo…se mueve. Se mueve el deseo de venganza desde el centro mismo de la humanidad de millones de personas a lo largo y ancho del planeta, y suelen argumentar para acallar sus conciencias acusadoras: “Yo no busco venganza, busco justicia”. Pues bien, existe una diferencia radical entre ellas, y esta estriba en lo que ocurre dentro del corazón cuando se actúa. El vengativo destila veneno, manifiesta amargura en cada palabra dicha sobre la persona que le ha robado el sueño, y cuya ama se ha vuelto, pues ese poder le ha conferido. Esto, para muchos, podría significar un gran halago pues quien ganó y domina el juego, es el objeto de la venganza. En cambio, quien busca justicia, no se expresa con rencor de la persona en cuestión, y se apoya en las autoridades y vías legales correspondientes buscando protección, orientación y salvaguarda de sus derechos. Ello, en el plano ideal, ya que en la realidad son muchos los que acuden precisamente por venganza, a instancias legales. El mundo se presenta en ocasiones caótico, injusto y plagado de maldad, pero una cosa es cierta: aún existen personas que aman a Dios, que se aman a sí mismas, y que por ende, pueden amar a los demás, y decidir no vengarse, superando esa reacción primitiva y visceral, para realizar el mayor acto de madurez e inteligencia emocional que existe y que bien planteaba mi amado Jesús: “Ama a tus enemigos, bendice al que te maldice, devuelve bien por mal”, y es así, solo así, cómo se demuestra de qué estamos hechos y qué tan fuertes o débiles somos, si ya morimos o no al “yo” para que Cristo viva, o si seguimos preocupándonos por cosas tan absurdas como la reputación, la aceptación, el reconocimiento social, las ganancias económicas o en poder.

Lo anterior, va y viene, y nadie tiene el control sobre ello. Si nuestro enfoque está en lo eterno: Dios, la familia, el amor, la generosidad, la sabiduría, hacer el bien, nuestras siembras darán las mejores cosechas, esas, que nunca acabarán pues trascienden esta vida, impactando en la venidera. Así que la solución se torna simple para los humildes: perdona, bendice y sigue avanzando con gozo. Pero es compleja para los soberbios: siempre quieren tener la razón, su punto de vista es único y parcial, si no piensas como ellos luego entonces estás mal. ¿Quieres saber qué hay dentro de un corazón? Fíjate en cuando lo exprimen las experiencias difíciles de vida ¿qué jugo saca?, ¿el de un limón, por amargo?, ¿o el de un durazno por dulce? La diferencia no radica en la experiencia, sino en lo que tenía guardado dentro. Lo más importante es invisible a los ojos, veamos más allá. Dios es bueno y Él siempre está en control, deja la justicia en sus manos, y sin duda, te irá mejor. Esto no quiere decir que no denuncies o te protejas, al contrario, hazlo, es tu derecho. Solo que actúa sin guardar en tu corazón enojo, tristeza, ni ninguna raíz de amargura. No te obsesiones con nadie, si son felices que lo sean, selo tú también. ¿Sabías que la mejor de las venganzas consiste en ser feliz y avanzar pese a los deseos de gente negativa de que no lo hagas? Así es, supérate cada día y construye la mejor de las venganzas: tu felicidad. No la pierdas por nada ni por nadie. Y recuerda: solo Dios hace al ser humano feliz, sin Él nada de lo que hagas te llenará por completo. Con Él, estarás lleno y solo así, estarás en condiciones de compartir de su amor a los demás.

 

Deyanira Trinidad Álvarez Villajuana.

Licenciada en Psicología, UADY (Cédula: 5157846). Maestra en Psicología y Orientación Vocacional, ENSY (Cédula: 09887047). Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad Anáhuac Mayab (en curso). Estudiante de la Licenciatura en Derecho UNAM. Perito en Psicología, certificada por el Tribunal Superior de Justicia y el Consejo de la Judicatura del Poder Judicial del Estado de Yucatán (Clave: RP249/2018).

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