Dos de las principales formas de calcular la velocidad de expansión del universo siguen ofreciendo resultados diferentes, una discrepancia que podría revelar errores todavía ocultos o, más profundamente, una pieza que falta en la explicación cosmológica actual.
El universo se expande. Esa idea, que alguna vez parecía extraordinaria, es hoy uno de los pilares de la cosmología moderna. Lo desconcertante es que los astrónomos todavía no consiguen ponerse de acuerdo sobre qué tan rápido ocurre. La diferencia no es un simple desacuerdo entre instrumentos: las mediciones más precisas del universo cercano y las predicciones obtenidas a partir del universo primitivo producen valores que no encajan.
La llamada tensión de Hubble enfrenta dos caminos para llegar a una misma respuesta. Por un lado, los astrónomos observan estrellas variables Cefeidas y supernovas de tipo Ia para construir una especie de escalera cósmica de distancias. Esas mediciones permiten estimar directamente la expansión actual y sitúan la constante de Hubble, en términos generales, alrededor de 70 a 76 kilómetros por segundo por megapársec. La NASA resume el problema señalando que las mediciones basadas en el Fondo Cósmico de Microondas apuntan, en cambio, a unos 67 o 68 kilómetros por segundo por megapársec.
La diferencia adquiere mayor importancia porque el segundo método no observa directamente la expansión actual. El Fondo Cósmico de Microondas es una fotografía del universo cuando apenas tenía unos 380.000 años. A partir de las pequeñas variaciones de esa radiación, el modelo cosmológico estándar permite reconstruir cómo debería haber evolucionado el cosmos hasta alcanzar su estado presente. Cuando ese cálculo se compara con las mediciones locales, aparece el problema.
Durante años quedó abierta una posibilidad relativamente tranquilizadora: quizá existía algún error sistemático en las mediciones de las Cefeidas. Pero las observaciones del telescopio espacial James Webb complicaron esa explicación. En 2024, la NASA y la Agencia Espacial Europea informaron que Webb había confirmado las mediciones realizadas con Hubble al estudiar Cefeidas en galaxias que también contienen supernovas. La comprobación redujo considerablemente la posibilidad de que la discrepancia se debiera simplemente a errores provocados por la acumulación de estrellas o por el polvo interestelar.
El resultado no significa que la nueva física haya sido demostrada. Significa algo más incómodo: una de las explicaciones más sencillas comienza a perder fuerza. Como ha explicado la NASA, el misterio permanece abierto y entre las posibilidades estudiadas aparecen partículas desconocidas, formas alternativas de gravedad y manifestaciones tempranas de energía oscura.
Ahí comienza la parte más fascinante del debate. Si los datos son correctos, quizá el modelo Lambda-CDM, que describe el universo mediante materia ordinaria, materia oscura fría y una constante cosmológica asociada a la energía oscura, necesita una modificación. Una posibilidad es que existiera una forma de energía oscura en las primeras etapas del cosmos que alterara la expansión antes de desaparecer o debilitarse. Otras propuestas exploran nuevas partículas, interacciones desconocidas o modificaciones de la gravedad.
La Relatividad General tampoco queda automáticamente descartada. La teoría de Einstein continúa explicando con extraordinaria precisión una enorme variedad de fenómenos. El verdadero desafío sería encontrar una modificación que resolviera la tensión de Hubble sin destruir los éxitos que la teoría y el modelo cosmológico han acumulado durante décadas. No basta con corregir una cifra; habría que hacer que la nueva explicación funcione simultáneamente con galaxias, cúmulos, lentes gravitacionales, ondas gravitacionales y la estructura a gran escala del universo.
La investigación teórica refleja precisamente esa dificultad. Revisiones especializadas han catalogado propuestas que van desde energía oscura temprana hasta interacciones de neutrinos, cosmologías con componentes adicionales y teorías de gravedad modificada. Pero ninguna ha conseguido imponerse como una solución definitiva. La literatura científica insiste en que algunas propuestas pueden aliviar la discrepancia a costa de introducir nuevos parámetros o generar problemas con otras observaciones.
También es importante recordar que medir el universo es, en sí mismo, una tarea extraordinariamente difícil. Estamos intentando determinar distancias de millones o miles de millones de años luz utilizando objetos cuya luz ha viajado durante tiempos inimaginables. Es como tratar de calcular la longitud de una carretera gigantesca utilizando señales que fueron enviadas cuando la propia carretera tenía un aspecto completamente distinto.
Por ahora, la tensión de Hubble sigue siendo eso: una tensión, no una revolución consumada. Pero tampoco es una anomalía que pueda descartarse con facilidad. El hecho de que distintas técnicas continúen convergiendo en valores incompatibles mantiene abierta una posibilidad que resulta tan inquietante como estimulante: quizá el universo está revelando que nuestra explicación de su historia todavía está incompleta.
La próxima generación de observaciones será decisiva. Nuevas mediciones independientes de distancias, supernovas, lentes gravitacionales y estructura cósmica podrían estrechar el margen de incertidumbre. Y si la diferencia persiste, la pregunta dejará de ser únicamente cuánto se expande el universo. Será algo mucho más profundo: qué leyes físicas gobiernan realmente esa expansión.


