A dos días del Día Mundial del Hábitat, la discusión sobre el futuro urbano vuelve a colocar en el centro la vivienda, el agua, el calor extremo y la necesidad de construir ciudades capaces de adaptarse a un planeta cada vez más urbanizado.
El próximo lunes 5 de octubre se conmemorará el Día Mundial del Hábitat. Naciones Unidas estableció esta celebración para el primer lunes de octubre con el propósito de reflexionar sobre el estado de las ciudades y el derecho de todas las personas a una vivienda adecuada. En 2026, la jornada tendrá como tema «Vivienda adecuada para todos» y la celebración mundial se realizará en Mascate, Omán.
La fecha llega en un momento en que la urbanización continúa transformando el planeta. Actualmente, alrededor del 55 por ciento de la población mundial vive en ciudades y ONU-Habitat proyecta que esa proporción llegará aproximadamente al 68 por ciento en 2050. Esto significa que una parte cada vez mayor de los desafíos relacionados con el clima, el agua, la vivienda y la movilidad tendrá que resolverse dentro de las propias ciudades.
Las grandes áreas metropolitanas concentran población, infraestructura y actividad económica, pero esa concentración también puede aumentar la exposición a determinados riesgos. El cambio climático está intensificando problemas como las olas de calor, las inundaciones y las sequías, mientras que el crecimiento urbano puede avanzar más rápido que la infraestructura necesaria para responder a esas amenazas.
El agua constituye uno de los mayores desafíos. ONU-Habitat estima que la demanda urbana de agua podría aumentar entre 50 y 70 por ciento durante las próximas tres décadas. Para 2050, alrededor de 1,900 millones de habitantes urbanos podrían experimentar escasez estacional de agua. La expansión de las ciudades, por tanto, no puede planificarse únicamente a partir del suelo disponible para construir: también debe considerar la capacidad de las fuentes de abastecimiento y de las redes de distribución.
El calor urbano plantea otro problema. El asfalto, el concreto y otras superficies construidas pueden absorber y retener calor, mientras que la pérdida de vegetación reduce las posibilidades de enfriamiento natural. El resultado es el fenómeno conocido como isla de calor urbana, que puede elevar la temperatura local y aumentar la exposición de la población durante las olas de calor.
La arquitectura puede desempeñar un papel importante frente a este escenario. Árboles, parques, corredores verdes, techos vegetados, superficies permeables y materiales de alta reflectancia pueden contribuir a disminuir el calentamiento de determinados espacios. El IPCC señala que la infraestructura verde y azul puede reducir el efecto de isla de calor y el estrés térmico, además de proporcionar beneficios relacionados con la gestión del agua, la calidad del aire y la salud.
Pero la resiliencia urbana no depende solamente de construir más parques o modificar los edificios. También implica reconsiderar cómo se organiza la vida cotidiana. En este contexto ha cobrado fuerza el concepto de «ciudad de 15 minutos», desarrollado por el urbanista Carlos Moreno, que propone barrios donde las necesidades esenciales puedan satisfacerse mediante desplazamientos cortos.
ONU-Habitat ha reconocido este modelo como una de las propuestas contemporáneas relacionadas con la planificación urbana basada en la proximidad. La idea busca integrar vivienda, comercio, servicios, educación, espacios públicos y movilidad en barrios conectados, de manera que las personas no dependan necesariamente de largos desplazamientos para realizar sus actividades cotidianas.
El modelo, sin embargo, no constituye una fórmula universal. Una ciudad compacta puede reducir determinadas distancias y favorecer los desplazamientos a pie, en bicicleta o mediante transporte público, pero necesita vivienda adecuada, servicios suficientes, espacios verdes y una infraestructura capaz de atender a la población. El IPCC señala que las ciudades compactas y caminables pueden generar beneficios ambientales y sanitarios cuando se combinan con transporte público y otras estrategias de movilidad sostenible.
La desigualdad constituye otro componente fundamental. No todos los habitantes experimentan el calor, la escasez de agua o la falta de vivienda de la misma manera. Un barrio con árboles, sombra, transporte y servicios cercanos ofrece condiciones muy distintas a una zona con poca infraestructura y viviendas vulnerables. Por ello, la adaptación climática también debe preguntarse quién recibe las inversiones y quién permanece expuesto.
El desafío de las megaciudades del futuro será combinar crecimiento y adaptación. Necesitarán mejores viviendas, pero también sistemas de agua más resistentes, infraestructura verde, transporte eficiente, espacios públicos habitables y una planificación capaz de anticiparse a los riesgos climáticos.
El Día Mundial del Hábitat de 2026 plantea precisamente esa discusión desde la vivienda adecuada. Una vivienda difícilmente puede considerarse adecuada si se encuentra en una zona sin servicios básicos suficientes, expuesta a temperaturas extremas o desconectada de las oportunidades y servicios que ofrece la ciudad.
Las ciudades no pueden detener por sí mismas el cambio climático. Sí pueden decidir cómo crecer, dónde construir, cómo utilizar el agua y qué condiciones ofrecer a quienes las habitarán durante las próximas décadas. La verdadera resiliencia urbana comenzará cuando esas decisiones dejen de tratarse por separado.

