En los meliponarios de Yucatán, un grupo de mujeres protege una especie nativa y, al mismo tiempo, mantiene vigente un conocimiento maya que enfrenta las presiones del cambio climático, la pérdida de hábitat y el uso de agroquímicos.

En medio del calor yucateco, entre flores, árboles y antiguos troncos de madera, existe una forma de resistencia que casi no hace ruido. No depende de grandes máquinas ni de instalaciones industriales. Se sostiene en pequeñas colmenas y en las manos de mujeres que aprendieron a cuidar una de las especies más singulares de la península: la abeja melipona, conocida por los mayas como Xuna’an Kaab y popularmente llamada la abeja sagrada maya.

La especie Melipona beecheii no tiene aguijón y su relación con las comunidades mayas se remonta a siglos atrás. Una investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México ha documentado que la domesticación de estas abejas tiene una antigüedad superior a dos mil años y que su miel y cera fueron utilizadas incluso en ceremonias religiosas. No se trata, por tanto, de una actividad reciente presentada como tradición: es un conocimiento que ha sobrevivido generaciones.

Ese legado enfrenta ahora un escenario mucho más complicado. El diagnóstico de la meliponicultura elaborado por la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Yucatán advierte problemas relacionados con la continuidad generacional, la comercialización y las condiciones económicas de quienes mantienen esta práctica. En algunas comunidades estudiadas, además, los meliponicultores identificados tienen edades avanzadas, una señal de la dificultad para transmitir el oficio a las nuevas generaciones.

En ese contexto surgió en 2012 la Red de Guardianas de la Abeja Melipona Muuch Ka’jal Kaabo’ob, con participación de mujeres productoras y el acompañamiento de Educampo. La organización buscó algo que parece sencillo, pero que puede transformar una comunidad: unir conocimientos tradicionales, capacitación y oportunidades económicas.

Las integrantes aprendieron sobre reproducción, manejo de colonias, extracción de miel y buenas prácticas. Pero también encontraron una manera de fortalecer su autonomía. Historias como la de Teresita de Jesús Hau Jiménez muestran que la meliponicultura puede convertirse en una fuente de ingresos para familias rurales, mientras que otras participantes han encontrado en la actividad una posibilidad para cubrir gastos cotidianos y contribuir a la educación de sus hijos.

La importancia ambiental de este trabajo va mucho más allá de la miel. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo recuerda que alrededor del 75 por ciento de los cultivos alimentarios del mundo dependen al menos parcialmente de la polinización realizada por insectos y otros animales. Las abejas son, en ese sentido, pequeñas trabajadoras de una maquinaria natural enorme: llevan polen de una flor a otra y permiten que numerosas plantas produzcan frutos y semillas.

La melipona tiene además una relación particularmente estrecha con los ecosistemas tropicales de la península. Sin embargo, como ha advertido la UNAM, la deforestación, los cambios en el uso del suelo, los plaguicidas y las alteraciones climáticas pueden modificar los ciclos de floración y dificultar la supervivencia de estas abejas nativas. Cuando desaparecen las flores, se rompe una parte de la cadena que permite a las colonias alimentarse y reproducirse.

Por eso, conservarlas exige algo más que aumentar el número de colmenas. Las guardianas deben evitar la sobreexplotación porque la producción de una colonia de meliponas es limitada. La paciencia forma parte del oficio. Cada extracción debe realizarse sin comprometer la continuidad de la colonia, porque el objetivo no es obtener la mayor cantidad posible de miel, sino mantener vivo el sistema que la produce.

Los tradicionales jobones, troncos huecos donde las abejas habitan, conviven hoy con cajas diseñadas para facilitar el manejo de las colonias. Esa combinación resume buena parte del desafío: modernizar ciertas prácticas sin borrar el conocimiento ancestral.

Y es que las guardianas no están protegiendo únicamente un insecto. También defienden una memoria cultural y una posibilidad económica para sus comunidades. El diagnóstico oficial de Yucatán reconoce precisamente la importancia de la meliponicultura para la conservación de la biodiversidad, la seguridad alimentaria y el desarrollo rural sustentable.

En una época marcada por la pérdida acelerada de especies y por fenómenos climáticos cada vez más difíciles de ignorar, la historia de estas mujeres ofrece una lección sencilla. La conservación puede comenzar en un pequeño meliponario, con una colonia que apenas produce unos litros de miel al año y con alguien dispuesto a esperar.

La abeja melipona no necesita convertirse en una industria gigantesca para demostrar su valor. Su importancia está justamente en lo contrario: en preservar una especie nativa, sostener la polinización, conservar un conocimiento maya y generar oportunidades para quienes han decidido convertirse en sus guardianas. En Yucatán, ese pequeño vuelo sin aguijón sigue llevando consigo una parte de la memoria y del futuro de la península.