Hace 179 años, integrantes del Batallón de San Patricio fueron ejecutados tras combatir junto al ejército mexicano; su historia quedó ligada para siempre a la memoria de una guerra y a la decisión de cientos de extranjeros de cambiar de bandera.

En la memoria histórica mexicana, septiembre de 1847 está marcado por la defensa de Chapultepec y por la caída de la Ciudad de México ante las tropas estadounidenses. Pero en aquellos mismos días ocurrió otro episodio, menos conocido y profundamente doloroso: la ejecución de integrantes del Batallón de San Patricio, un grupo de soldados extranjeros que había combatido del lado mexicano durante la intervención estadounidense.

Conviene aclarar un dato que suele generar confusión. Los San Patricios no defendieron el Castillo de Chapultepec. Su enfrentamiento decisivo había ocurrido semanas antes, el 20 de agosto, durante la batalla de Churubusco. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, alrededor de 200 integrantes de la unidad participaron en la defensa del convento de Santa María de los Ángeles, donde las fuerzas mexicanas resistieron el avance estadounidense.

El Batallón de San Patricio estaba integrado principalmente por inmigrantes irlandeses, aunque también había hombres de otros países. Su figura más conocida fue John O’Reilly, un irlandés que había servido anteriormente en el ejército estadounidense y que terminó incorporándose a las fuerzas mexicanas. El Gobierno de México ha señalado que entre las causas que favorecieron la incorporación de extranjeros estuvieron los conflictos derivados de la religión católica, los malos tratos y las diferencias existentes dentro del ejército estadounidense.

La historia, sin embargo, no puede reducirse a una sola explicación. Algunos combatientes pudieron sentirse atraídos por motivos religiosos; otros encontraron en México una alternativa frente a las condiciones que enfrentaban como inmigrantes o soldados. Lo que sí está documentado es que, una vez incorporados a las fuerzas mexicanas, combatieron contra el ejército del país al que algunos habían pertenecido.

En Churubusco pagaron un precio enorme. El Instituto Nacional de Antropología e Historia recuerda que aproximadamente 60 por ciento de los San Patricios resultó muerto, herido o capturado. Para quienes sobrevivieron y cayeron prisioneros, la guerra todavía no había terminado. Fueron sometidos a tribunales militares estadounidenses y recibieron castigos que variaron según las circunstancias de cada caso.

Entre el 10 y el 13 de septiembre comenzaron las ejecuciones. Según documentación difundida por el INAH, un grupo de condenados fue ahorcado en San Ángel, mientras otros fueron castigados con azotes y marcados con una letra que los identificaba como desertores. Los restantes condenados fueron ejecutados posteriormente en Mixcoac.

El episodio coincidió con uno de los momentos más dramáticos de la campaña. El 12 de septiembre comenzó el intenso bombardeo estadounidense contra Chapultepec. Al día siguiente, 13 de septiembre, las tropas invasoras tomaron el Castillo después de una dura defensa mexicana. La Secretaría de la Defensa Nacional confirma que aquel bombardeo comenzó el día 12 y que el asalto decisivo tuvo lugar al día siguiente.

Fue precisamente esa proximidad temporal la que convirtió a los San Patricios en parte de una memoria compartida con la batalla de Chapultepec, aunque no hubieran participado en ella. El contraste resulta estremecedor: mientras unos mexicanos defendían el cerro y el Colegio Militar, otros hombres que habían combatido por México enfrentaban sus últimos momentos como prisioneros de guerra.

Con el paso de los años, la figura de los San Patricios adquirió una dimensión simbólica. México los recordó como extranjeros que tomaron partido por su causa en uno de los momentos más difíciles de su historia. La Cámara de Diputados incorporó en 1999 las leyendas «Defensores de la Patria 1846-1848» y «Batallón de San Patricio» al muro de honor. Además, cada 12 de septiembre se realiza una conmemoración oficial.

La historia también dejó una huella fuera de México. En 2004, el Gobierno mexicano entregó una estatua al pueblo de Irlanda como reconocimiento al valor atribuido a aquellos soldados. El gesto muestra hasta qué punto una unidad militar formada en medio de una guerra terminó convirtiéndose en un símbolo de una relación histórica entre dos países.

Quizá esa sea la razón por la que el recuerdo de los San Patricios permanece. No fueron personajes ajenos a las contradicciones de su tiempo ni todos llegaron a México por las mismas razones. Fueron hombres inmersos en una guerra compleja, que tomaron decisiones con consecuencias irreversibles. Algunos terminaron ante la horca. Otros sobrevivieron a castigos severos.

Casi dos siglos después, su historia sigue planteando una pregunta incómoda y profundamente humana: ¿qué lleva a un soldado a abandonar una bandera y combatir bajo otra? La respuesta no cabe en una sola palabra. Pero en el caso de los San Patricios, aquella decisión los convirtió en una de las unidades extranjeras más singulares de la historia militar de México.