Nacida en 1910 en Skopje, Agnes Gonxha Bojaxhiu se convirtió en Teresa de Calcuta y en uno de los mayores símbolos mundiales de la caridad, pero su legado también quedó marcado por cuestionamientos sobre la atención médica en sus centros, la relación con determinados donantes y una concepción del sufrimiento que sus críticos consideraron profundamente problemática.

El 26 de agosto de 1910 nació en Skopje, entonces parte del Imperio otomano, la mujer que el mundo conocería como Madre Teresa de Calcuta. Según la biografía publicada por el Vaticano, recibió el nombre de Gonxha Agnes Bojaxhiu y llegó a la India en 1929, después de ingresar en la congregación de las Hermanas de Loreto. Décadas después fundaría las Misioneras de la Caridad y dedicaría su vida a atender a personas pobres, enfermas, abandonadas y moribundas.

Su imagen pública creció hasta adquirir dimensiones extraordinarias. En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz y fue presentada internacionalmente como una figura excepcional de compasión. Tras su muerte en 1997, la Iglesia católica la beatificó en 2003 y la canonizó en 2016. Para millones de creyentes, Teresa de Calcuta quedó convertida definitivamente en santa.

Pero la historia no terminó con la canonización.

Durante su vida y, con mayor intensidad, después de su muerte, periodistas, médicos y antiguos voluntarios cuestionaron las condiciones existentes en algunas de las casas de las Misioneras de la Caridad. Christopher Hitchens fue uno de sus críticos más conocidos. En sus investigaciones sostuvo que la organización exaltaba el sufrimiento y que sus centros ofrecían una atención médica muy inferior a la que podían proporcionar instituciones especializadas.

El médico Aroup Chatterjee, nacido en Calcuta, realizó también una investigación crítica sobre la organización. La BBC recogió sus denuncias sobre deficiencias de higiene y atención médica, entre ellas el supuesto uso reiterado de agujas y la falta de servicios médicos adecuados. Son acusaciones serias, aunque deben presentarse como testimonios y denuncias de críticos, no como hechos universalmente establecidos para todos los centros y todas las épocas.

Otros reportajes recogieron testimonios similares. Los Angeles Times entrevistó a antiguos voluntarios que describieron condiciones deficientes en una de las casas de Calcuta, aunque también constató que posteriormente algunas instalaciones habían mejorado. La propia naturaleza de estos testimonios muestra una realidad más compleja que la imagen de una organización homogénea e inmutable durante décadas.

Uno de los debates más profundos se refiere al significado que Teresa atribuía al sufrimiento. Sus defensores han sostenido que las Misioneras de la Caridad no pretendían sustituir a los hospitales, sino ofrecer compañía y dignidad a personas que habían sido rechazadas o que se encontraban cerca de la muerte. Sus críticos respondieron que esa explicación no justificaba dejar sin diagnóstico o tratamiento adecuado a personas con enfermedades potencialmente tratables.

La discusión se vuelve todavía más incómoda cuando aparece el dinero. Teresa recibió donaciones de personas y organizaciones de enorme poder económico y político. Christopher Hitchens cuestionó especialmente su relación con Charles Keating, condenado en Estados Unidos por fraude financiero, y criticó que la religiosa aceptara dinero procedente de personas cuya reputación estaba seriamente cuestionada.

También se ha discutido durante años cuánto dinero recibió realmente la congregación y cómo fueron administrados esos recursos. En 2016, El País recogió las acusaciones de Aroup Chatterjee sobre la magnitud de las donaciones y su crítica a las condiciones de los centros. Sin embargo, no existe una base suficiente para afirmar que Teresa personalmente hubiera cometido fraude o que todas las donaciones fueran administradas ilegalmente. Una cosa es cuestionar la transparencia y las decisiones financieras de una organización y otra demostrar un delito.

La controversia revela además un fenómeno cultural. Teresa de Calcuta no fue únicamente una religiosa que ayudaba a los pobres. Se convirtió en un símbolo mediático de la bondad. Su hábito blanco con franjas azules, su presencia junto a líderes políticos y sus fotografías con personas moribundas construyeron una imagen reconocible en prácticamente todo el planeta.

Ese poder simbólico tuvo una consecuencia inevitable: cualquier crítica podía interpretarse como un ataque a la caridad misma. Y ahí está precisamente la dificultad. Cuestionar las condiciones de una institución no significa negar el valor de ayudar a los pobres. Del mismo modo, reconocer que miles de personas recibieron atención y compañía no obliga a ignorar posibles deficiencias.

La verdad es que ambas cosas pueden coexistir. Teresa de Calcuta pudo inspirar a miles de personas a dedicar su vida a los más vulnerables y, al mismo tiempo, dirigir una organización cuyas prácticas merecían una evaluación rigurosa. La santidad religiosa y la calidad de la atención médica son cuestiones distintas.

Su legado, por ello, resulta más interesante cuando se observa sin devoción ciega ni condena automática. La historia de Teresa obliga a preguntar qué significa realmente cuidar a una persona vulnerable. Darle compañía y consuelo es importante, pero también lo son la higiene, el tratamiento del dolor, el diagnóstico, el consentimiento y la dignidad clínica.

En 2016, cuando el papa Francisco la canonizó, la Iglesia confirmó su reconocimiento religioso. Pero la canonización no convirtió automáticamente en falsas las críticas históricas sobre sus instituciones ni en verdaderas todas las acusaciones formuladas contra ellas.

Quizá esa sea la manera más honesta de recordar a Teresa de Calcuta. No como una figura intocable, sino como una mujer cuya obra produjo una enorme movilización en favor de los pobres y cuya organización también debe someterse a las mismas preguntas éticas que cualquier institución que trabaja con personas indefensas.