El INEGI contabilizó 20 mil 741 defunciones fetales durante 2025, con diferencias importantes entre entidades y un dato que llama especialmente la atención: ocho de cada diez casos ocurrieron antes del parto.

México registró 20 mil 741 defunciones fetales durante 2025, de acuerdo con las Estadísticas de Defunciones Fetales publicadas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. La cifra permite observar la dimensión de un problema de salud que, aunque suele quedar fuera de las conversaciones cotidianas, ofrece información relevante sobre las condiciones del embarazo y la atención materno-infantil en el país.

El INEGI calculó una tasa nacional de 58.9 defunciones fetales por cada 100 mil mujeres de 15 a 49 años. Para obtener este indicador se incorporaron, además de los registros tradicionales, casos complementarios proporcionados por la Secretaría de Salud. Cuando se considera únicamente la captación tradicional, la tasa se ubicó en 44.0 por cada 100 mil mujeres en edad fértil.

La diferencia no es menor. Para las estadísticas de 2025, el instituto incorporó 5 mil 245 casos complementarios procedentes de registros de la Secretaría de Salud, mientras que mediante el esquema tradicional se contabilizaron 15 mil 496. Esta metodología busca ampliar la cobertura de un fenómeno que no siempre queda registrado de la misma manera en las distintas instituciones.

El propio INEGI explica que las Estadísticas de Defunciones Fetales tienen como propósito conocer la magnitud y las características de la mortalidad fetal, identificar tendencias y generar información útil para evaluar las acciones relacionadas con la salud materno-infantil.

El comportamiento tampoco fue uniforme en el territorio nacional. San Luis Potosí presentó la tasa más alta, con 81.3 defunciones por cada 100 mil mujeres en edad fértil, seguido por la Ciudad de México, con 81.0, y Durango, con 80.2. En el extremo contrario estuvieron Oaxaca, con 25.7; Campeche, con 29.5, y Sinaloa, con 31.1.

Estas diferencias muestran que detrás del promedio nacional existen realidades estatales muy distintas. Una tasa elevada no significa necesariamente que una entidad tenga el mayor número absoluto de casos, pues el indicador también toma en cuenta el tamaño de la población de mujeres en edad fértil.

Aguascalientes, por ejemplo, registró 264 defunciones fetales durante 2025. De ese total, 86 fueron captadas mediante el procedimiento tradicional y 178 correspondieron a registros complementarios incorporados por la Secretaría de Salud. La cifra estatal representa alrededor de 1.3 por ciento del total nacional.

Otro dato que ayuda a dimensionar el fenómeno es el momento en que ocurrió la muerte fetal. El 80.5 por ciento de los casos registrados en México sucedió antes del parto, mientras que 18.3 por ciento ocurrió durante el parto. En 1.2 por ciento de los casos no fue posible especificar el momento.

La edad gestacional también aporta información relevante. El 39 por ciento de las defunciones ocurrió entre las semanas 20 y 27 de gestación; 32.7 por ciento correspondió a embarazos de 28 semanas o más, y 28.2 por ciento se presentó entre las semanas 12 y 19.

Las estadísticas muestran además que la mortalidad fetal no puede atribuirse a una sola circunstancia. El INEGI identificó como principal grupo de causas las afectaciones al feto relacionadas con factores maternos y con complicaciones del embarazo, el trabajo de parto y el parto, que representaron 45.6 por ciento de los casos. Otro 24.8 por ciento correspondió a distintos trastornos originados durante el periodo perinatal.

Uno de los datos que merece especial atención es el relacionado con la atención prenatal. El 79.6 por ciento de las mujeres cuyo embarazo terminó en una defunción fetal recibió atención médica durante la gestación. En 17 por ciento de los casos no hubo atención prenatal y en 3.4 por ciento no se especificó esta condición.

La cifra debe interpretarse con cuidado. Tener consultas prenatales no significa que todas las complicaciones puedan prevenirse. Algunas condiciones pueden aparecer o agravarse pese a recibir atención médica. Sin embargo, la vigilancia durante el embarazo permite detectar factores de riesgo y complicaciones que requieren tratamiento oportuno.

La Secretaría de Salud ha insistido precisamente en la importancia de iniciar la atención prenatal de manera temprana. El Instituto Nacional de Perinatología ha señalado que las consultas permiten identificar riesgos y atender oportunamente señales de alarma, como sangrado, salida de líquido, dolor intenso, alteraciones visuales, fiebre o cambios en los movimientos fetales.

El perfil de las mujeres involucradas también ofrece elementos para comprender el fenómeno. Los grupos de 20 a 24 y de 25 a 29 años concentraron cada uno 23.4 por ciento de las defunciones según la edad de la madre, mientras que las mujeres de 30 a 34 años representaron 20 por ciento.

En conjunto, estos tres grupos concentraron más de dos terceras partes de los casos. El dato recuerda que la mortalidad fetal no es un fenómeno exclusivo de embarazos adolescentes o de mujeres de mayor edad, sino una situación que puede presentarse en diferentes etapas de la vida reproductiva.

En cuanto al sexo del producto, el INEGI reportó que 52.9 por ciento de las defunciones correspondió a productos masculinos, 37.3 por ciento a femeninos y en 9.8 por ciento de los casos no se especificó.

La comparación con 2024 también permite observar una reducción. Ese año se registraron 22 mil 31 defunciones fetales, frente a las 20 mil 741 contabilizadas en 2025. Esto representa una disminución aproximada de 5.9 por ciento en el número absoluto de casos.

La tasa nacional también descendió, al pasar de 62.9 defunciones por cada 100 mil mujeres en edad fértil en 2024 a 58.9 en 2025 bajo el esquema que incorpora información complementaria de la Secretaría de Salud. En términos de nacimientos vivos, la tasa de 2025 fue de 15.4 por cada mil.

El descenso constituye una señal favorable, pero sería apresurado interpretarlo por sí solo como una mejora general de las condiciones de salud durante el embarazo. Las cifras deben observarse junto con el acceso a servicios médicos, la calidad de la atención, las condiciones maternas, las complicaciones obstétricas y las diferencias regionales.

Además, el hecho de que una parte considerable de los registros provenga de información complementaria muestra la importancia de contar con sistemas capaces de integrar adecuadamente los datos de las distintas instituciones. Una estadística más completa permite conocer mejor el problema y, en consecuencia, diseñar políticas públicas con mayor precisión.

La información del INEGI deja así un mensaje que va más allá de una cifra nacional. Las 20 mil 741 defunciones fetales registradas durante 2025 representan miles de embarazos que terminaron de manera adversa y familias que enfrentaron una pérdida antes del nacimiento.

Por eso, detrás de cada registro hay una historia que las estadísticas no pueden contar por completo. Al mismo tiempo, esos datos son indispensables para identificar dónde están los riesgos, qué condiciones se repiten y dónde resulta necesario fortalecer la atención.

El desafío para las autoridades sanitarias consiste en convertir esa información en acciones concretas. Mejorar la atención prenatal, detectar oportunamente las complicaciones y reducir las desigualdades regionales son tareas que requieren continuidad y recursos.

Las cifras de 2025 muestran una disminución respecto del año anterior, pero también dejan claro que la mortalidad fetal continúa siendo un indicador sensible de las condiciones de salud materno-infantil. Y es que cada punto de la estadística representa, en la realidad, un embarazo que no llegó al nacimiento.