La disputa comercial entre Washington y Ottawa coloca a México ante una realidad incómoda: su enorme dependencia del mercado estadounidense limita las posibilidades de responder con la misma fuerza mientras negocia la revisión del T-MEC.
La nueva escalada comercial entre Estados Unidos y Canadá encuentra a México en una posición peculiar. El Gobierno de Claudia Sheinbaum observa desde una distancia prudente el choque entre sus dos socios, pero sabe que cualquier ruptura prolongada dentro de Norteamérica terminará afectando a la economía mexicana.
La tensión aumentó después de que Washington impusiera nuevos aranceles a productos canadienses y Ottawa anunciara medidas de represalia. Las negociaciones entre ambos países se han deteriorado al punto de que el primer ministro canadiense, Mark Carney, suspendió las conversaciones y ordenó preparar aranceles de respuesta. El Gobierno canadiense ha planteado, además, acelerar la diversificación de sus mercados y reducir su vulnerabilidad frente a Estados Unidos.
Para México, el problema es precisamente el contrario. Su economía está profundamente integrada con la estadounidense y, por ahora, no existe un sustituto capaz de ocupar ese espacio en el corto plazo.
Marcelo Ebrard, secretario de Economía, lo reconoció esta semana al advertir que la confrontación entre Washington y Ottawa no favorece a México. De acuerdo con declaraciones recogidas por El Financiero y La Jornada, el funcionario sostuvo que Norteamérica necesita mayor integración y que las conversaciones entre México y Estados Unidos avanzan de manera bilateral.
La diferencia es importante. Mientras Canadá está dispuesto a responder con medidas equivalentes, México intenta preservar el acceso preferencial de sus productos al mercado estadounidense. No es necesariamente una cuestión de mayor o menor firmeza política; es, sobre todo, una diferencia en el grado de dependencia económica.
Los datos recientes ayudan a entenderlo. En julio, las exportaciones mexicanas alcanzaron 81,420 millones de dólares, un récord mensual, con un crecimiento anual de 43.7 por ciento. El Financiero reportó que el fuerte avance estuvo encabezado por las manufacturas no automotrices, particularmente equipos y aparatos eléctricos y electrónicos.
El dato tiene una lectura doble. Por un lado, México está aprovechando la creciente demanda estadounidense de componentes y equipos vinculados con la expansión de los centros de datos y la inteligencia artificial. Por otro, el crecimiento revela hasta qué punto la economía mexicana depende de las cadenas productivas estadounidenses.
La Jornada señaló que durante los primeros siete meses de 2026 las exportaciones manufactureras no automotrices aumentaron 42.2 por ciento, mientras las importaciones de bienes intermedios no petroleros crecieron 32.5 por ciento. El periódico destacó que buena parte de esos insumos procede de Asia y posteriormente se incorpora a productos que México exporta a Estados Unidos.
Ahí aparece una de las claves de la actual relación comercial. México no solamente vende a Estados Unidos; también está integrado en una cadena de producción que requiere componentes extranjeros para después abastecer al mercado norteamericano. Por eso una ruptura comercial no sería como cerrar una frontera y cambiar de proveedor de un día para otro. Sería más parecido a retirar una pieza de una máquina que funciona con cientos de engranajes conectados.
La dependencia estadounidense también queda reflejada en la composición de las exportaciones. Según datos de comercio exterior citados por El Financiero y La Jornada, Estados Unidos concentró alrededor de 84.5 por ciento de las exportaciones mexicanas no petroleras durante los primeros siete meses del año.
Con semejante concentración, la posibilidad de responder a Washington con una política de aranceles espejo tiene límites evidentes. México puede adoptar represalias, pero el costo de una escalada podría recaer con rapidez sobre empresas, consumidores y empleos vinculados con las cadenas de exportación.
Por eso la estrategia de Sheinbaum ha consistido en preservar el espacio de negociación. México ha buscado reducir los aranceles que Estados Unidos mantiene sobre automóviles, acero y aluminio, al tiempo que intenta conservar la mayor cantidad posible de exportaciones bajo las reglas del T-MEC.
La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos confirmó que las negociaciones bilaterales con México han avanzado en asuntos como reglas de origen, seguridad económica, agricultura, trabajo, medio ambiente, acero, aluminio y automóviles. La cuarta ronda está prevista para septiembre en Washington.
Ebrard ha dicho que México pretende obtener condiciones similares a las que Washington está negociando con Canadá, pero también ha dejado claro que las conversaciones mexicanas siguen su propio camino. Reuters informó que el secretario considera que México no está compitiendo con Canadá y que primero tendrá que analizar cualquier acuerdo que eventualmente alcancen Washington y Ottawa.
La prudencia mexicana tiene, además, otra explicación. Para Estados Unidos, comercio, seguridad y migración forman parte de una relación mucho más amplia. Washington ha utilizado en los últimos meses los aranceles como una herramienta de presión y negociación, mientras México intenta evitar que cada conflicto termine contaminando los demás ámbitos de la relación bilateral.
En materia migratoria, la presión estadounidense ya ha producido resultados importantes. Los encuentros de migrantes en la frontera se mantienen en niveles históricamente bajos y México ha reforzado sus operativos tanto en la frontera sur como en la norte. Sin embargo, el Gobierno de Sheinbaum también ha tenido que responder a situaciones particularmente delicadas, como las muertes de mexicanos durante operativos o bajo custodia de ICE.
La Secretaría de Relaciones Exteriores informó en julio que había presentado 20 denuncias en Estados Unidos relacionadas con la muerte de 17 mexicanos. El País y N+ documentaron posteriormente que la Cancillería mantenía el seguimiento de esos expedientes y había solicitado investigaciones ante autoridades estadounidenses.
La seguridad representa otro terreno de negociación. México ha intensificado las acciones contra organizaciones criminales, ha enviado 92 objetivos prioritarios a Estados Unidos y ha incrementado la cooperación bilateral. La propia Presidencia informó en mayo que esas transferencias formaban parte de una estrategia para impedir que delincuentes considerados de alta peligrosidad encontraran espacios de impunidad.
Pero aquí también aparece un límite político. Washington ha elevado sus expectativas y México necesita mantener la cooperación sin transmitir la impresión de que las decisiones nacionales están dictadas desde Estados Unidos. Es un equilibrio delicado, especialmente cuando las exigencias estadounidenses pueden cambiar con rapidez.
La disputa con Canadá demuestra, precisamente, que la política comercial de Trump puede cambiar de dirección en cuestión de días. El 18 de agosto, Carney informó que Washington había aceptado posponer temporalmente un arancel de 50 por ciento sobre determinados productos canadienses mientras continuaban las conversaciones. Días después, las negociaciones volvieron a deteriorarse y Canadá anunció represalias.
El episodio deja una advertencia para México. Incluso cuando existen negociaciones avanzadas, no hay garantía de que el escenario permanezca estable. El Financial Times ha advertido que el uso recurrente de herramientas arancelarias por parte de Washington está generando una política comercial cada vez más impredecible, algo que dificulta las decisiones de inversión y la planificación empresarial.
Canadá, por su parte, ha comenzado a hablar con mayor claridad de diversificar sus exportaciones y fortalecer su independencia económica. Carney ha planteado esa estrategia como una respuesta de largo plazo a la transformación de la relación con Estados Unidos.
México también necesita pensar en esa posibilidad, aunque su margen inmediato sea mucho menor. Diversificar mercados, aumentar el contenido nacional de las exportaciones, atraer inversiones tecnológicas y reducir dependencias estratégicas son objetivos que pueden fortalecer la posición mexicana. Pero ninguno puede construirse de la noche a la mañana.
Por ahora, la apuesta de Sheinbaum es conservar la calma, negociar y evitar una confrontación que México difícilmente podría sostener durante mucho tiempo. La estrategia puede parecer cautelosa, incluso demasiado prudente para algunos sectores políticos, pero responde a una realidad económica difícil de ignorar.
La verdadera paradoja es que México atraviesa uno de sus mejores momentos exportadores y, al mismo tiempo, enfrenta una vulnerabilidad estructural. Nunca había sido tan importante para el mercado estadounidense y precisamente por eso cualquier decisión de Washington puede tener un impacto considerable.
El conflicto entre Trump y Carney todavía puede encontrar una salida negociada. De hecho, ambos gobiernos mantienen incentivos económicos para hacerlo. Pero mientras Canadá puede permitirse responder con mayor dureza y buscar nuevos socios comerciales, México tiene mucho más que perder si la disputa termina convirtiéndose en una guerra comercial abierta.
Por eso la calma de Sheinbaum no debe interpretarse solamente como una cuestión de carácter. También es una estrategia condicionada por los números. México negocia desde una posición comercial favorable, sí, pero lo hace frente a un socio del que depende una parte extraordinariamente grande de sus exportaciones. Y esa es, quizá, la mayor limitación que enfrenta el Gobierno mexicano ante el nuevo pulso comercial de Norteamérica.


