El suizo Roger Federer se prepara para recibir este sábado en Newport el máximo reconocimiento del tenis, en una semana que también le permitió reencontrarse con el público de Nueva York y revivir, junto a otras leyendas, algunos de los momentos que marcaron una época.
Hay carreras deportivas que terminan con el último partido y otras que, sencillamente, dejan de pertenecerle al tiempo. La de Roger Federer parece estar entre estas últimas. El tenista suizo será incorporado oficialmente este 29 de agosto al Salón de la Fama Internacional del Tenis, en Newport, Rhode Island, como parte de la generación 2026.
La distinción no llega como una sorpresa. Federer fue elegido en la categoría de jugadores después de construir una trayectoria que cambió la manera de entender el tenis moderno. El Salón de la Fama Internacional recuerda que fue el primer hombre en conquistar 20 títulos individuales de Grand Slam y uno de apenas ocho jugadores en la historia que completaron el Grand Slam de carrera.
También acumuló 103 títulos individuales del circuito, una cifra que lo coloca entre los jugadores más ganadores de todos los tiempos. Su palmarés incluye cinco títulos consecutivos del US Open entre 2004 y 2008, una marca que sigue sin ser igualada por ningún hombre o mujer en la historia del torneo.
Y, sin embargo, reducir a Federer a una colección de números sería quedarse corto. Su verdadera dimensión aparece cuando se observa el impacto que tuvo sobre el deporte.
Durante buena parte de su carrera, el suizo convirtió la precisión técnica, la variedad de golpes y una aparente facilidad para resolver los puntos en una forma de espectáculo. Su revés a una mano, el juego de pies, el servicio y esa capacidad para encontrar soluciones desde posiciones aparentemente imposibles ayudaron a convertirlo en una referencia para generaciones de aficionados y jugadores.
Pero Federer no construyó su leyenda en solitario. Su época quedó definida por una rivalidad extraordinaria con Rafael Nadal y Novak Djokovic. El llamado Big Three elevó el nivel de exigencia del tenis masculino hasta límites difíciles de imaginar y convirtió cada enfrentamiento entre ellos en un acontecimiento mundial.
La rivalidad con Nadal tuvo además un componente singular. El contraste entre la elegancia y fluidez del suizo y la intensidad física y mental del español produjo algunos de los capítulos más recordados de la historia del deporte. Djokovic, por su parte, terminó incorporándose a esa batalla hasta convertirse en otro de los grandes protagonistas de una generación irrepetible.
El paso del tiempo también modificó el balance estadístico. Nadal y Djokovic superaron posteriormente la marca de Federer en títulos de Grand Slam. Eso, sin embargo, no borró la importancia del suizo. La grandeza deportiva no siempre consiste en terminar primero en cada apartado; a veces está en haber cambiado el escenario sobre el que los demás tuvieron que competir.
La propia despedida de Federer dejó una imagen difícil de olvidar. En septiembre de 2022, durante la Laver Cup en Londres, disputó su último partido profesional junto a Nadal. Las lágrimas de ambos al terminar aquella noche resumieron algo que las estadísticas no pueden explicar: la competencia había terminado, pero el respeto y la amistad permanecían.
Cuatro años después de su retiro, Federer volvió esta semana a uno de los escenarios más importantes de su carrera. El 25 de agosto participó en una exhibición en el Arthur Ashe Stadium durante la Fan Week del US Open, acompañado por Andy Roddick, Andre Agassi y John McEnroe. La organización del torneo presentó el encuentro como una oportunidad excepcional para volver a ver en acción al suizo en Nueva York.
La noche tuvo incluso un homenaje desde el cielo. De acuerdo con el US Open, un espectáculo de drones sobre el horizonte neoyorquino mostró imágenes relacionadas con algunos de los momentos más memorables de Federer y con sus cinco títulos consecutivos en Flushing Meadows.
El regreso tuvo un significado especial porque Nueva York fue uno de los escenarios donde comenzó a consolidarse su relación con el público estadounidense. El propio Federer recordó, según el US Open, que sus triunfos de 2004 y 2005 marcaron el inicio de su particular conexión con la ciudad.
Ahora el reconocimiento llega en Newport. La ceremonia de incorporación al Salón de la Fama está programada para el sábado 29 de agosto y Federer compartirá la generación 2026 con Mary Carillo, periodista y antigua tenista que será reconocida en la categoría de contribuyentes.
El Salón de la Fama Internacional del Tenis señala que Federer se incorporará a un grupo de 270 miembros procedentes de 28 países. La cifra ayuda a dimensionar la importancia de la distinción: no se trata simplemente de otro premio para una carrera extraordinaria, sino de la incorporación definitiva de una figura a la memoria institucional del deporte.
Lo interesante es que Federer parece contemplar esta nueva etapa con una tranquilidad muy distinta a la presión que acompañó sus años como profesional. En declaraciones recogidas por CNN, explicó que no siente la necesidad de volver a buscar aquellas emociones competitivas y que disfruta ahora de un ritmo de vida más sereno, dedicado entre otras cosas a sus hijos, los negocios y la filantropía.
Esa serenidad quizá sea una de las mejores formas de entender su legado. Federer ya no necesita demostrar que puede ganar otro torneo. Tampoco necesita regresar a la cancha para convencer a nadie de su grandeza.
Su historia está escrita en los grandes estadios, en los trofeos, en las rivalidades y también en aquellos momentos en los que el tenis dejó de ser simplemente una competencia para convertirse en una experiencia compartida por millones de personas.
Por eso su ingreso al Salón de la Fama tiene algo de cierre y, al mismo tiempo, de permanencia. El jugador se retiró en 2022. La leyenda, en cambio, continúa jugando.


