El presidente estadounidense volvió a recordar con tono burlón la oposición de Claudia Sheinbaum al cambio de denominación impulsado por Washington y afirmó, sin sustento, que Estados Unidos posee el 93 por ciento de la costa del golfo.
Donald Trump volvió este martes a uno de los episodios que han marcado la relación política entre Estados Unidos y México: el intento de imponer desde Washington el nombre de «Golfo de América» a la zona conocida históricamente como Golfo de México.
Durante un acto con integrantes de la Marina estadounidense en el puerto de Baltimore, Maryland, Trump relató una supuesta conversación telefónica que habría sostenido con la presidenta Claudia Sheinbaum después de que ordenara modificar la denominación utilizada por el Gobierno estadounidense.
El mandatario estadounidense describió a Sheinbaum como una mujer «muy agradable» y «hermosa», antes de imitar lo que, según su versión, habría sido la reacción de la presidenta mexicana ante la decisión.
Trump aseguró que Sheinbaum le habría pedido que no cambiara el nombre y que él respondió que la decisión ya estaba tomada. El relato fue presentado ante el público estadounidense con un tono humorístico, convirtiendo nuevamente una disputa diplomática y simbólica en un episodio de su discurso político.
La decisión a la que se refirió Trump ocurrió el 20 de enero de 2025, cuando firmó la Orden Ejecutiva 14172, titulada «Restoring Names That Honor American Greatness». El documento instruyó al Departamento del Interior a adoptar oficialmente para el Gobierno federal estadounidense la denominación «Gulf of America» en la zona de la plataforma continental de Estados Unidos que anteriormente era identificada como parte del Golfo de México.
La Casa Blanca posteriormente declaró el 9 de febrero de 2025 como el primer «Gulf of America Day», consolidando el uso de esa denominación dentro de la administración estadounidense.
Sin embargo, una orden ejecutiva estadounidense no puede modificar por sí misma la denominación internacional de un cuerpo de agua compartido. México ha continuado utilizando oficialmente el nombre Golfo de México y Sheinbaum ha rechazado de manera reiterada la pretensión de Washington.
La presidenta mexicana incluso respondió en ocasiones anteriores con ironía al planteamiento estadounidense y sugirió que, siguiendo la misma lógica, podría hablarse de «América mexicana» para referirse a Estados Unidos.
Pero Trump no se limitó a recordar el episodio. Para justificar su decisión volvió a utilizar un argumento geográfico que no resiste una revisión de los datos disponibles.
«Nosotros tenemos el 93 % de la costa. Ellos tienen el 7 %», afirmó el presidente estadounidense, antes de sostener que nunca le había parecido lógico que el golfo recibiera el nombre de México.
La proporción señalada por Trump no está respaldada por los datos geográficos disponibles. De hecho, las estimaciones sobre la longitud de las costas que bordean el Golfo de México sitúan a Estados Unidos y México en magnitudes mucho más cercanas y, dependiendo del método de medición utilizado, México incluso puede presentar una extensión ligeramente superior.
El dato resulta relevante porque la extensión del litoral de un país no determina por sí misma el nombre histórico de un cuerpo de agua internacional. El Golfo de México es una denominación geográfica utilizada durante siglos y reconocida internacionalmente mucho antes de la existencia de las actuales fronteras nacionales.
Además, el golfo no pertenece exclusivamente a Estados Unidos ni a México. Sus aguas y espacios marítimos están vinculados también con Cuba y con las respectivas zonas de jurisdicción marítima de los países que lo rodean. Por ello, presentar la denominación como una cuestión determinada exclusivamente por la longitud de una costa simplifica una realidad geográfica y jurídica mucho más compleja.
En México, la reacción de Sheinbaum se ha mantenido en una línea similar desde que Trump anunció su iniciativa. La presidenta ha defendido el nombre tradicional y ha señalado que el Gobierno mexicano continuará utilizando «Golfo de México» en sus documentos, mapas y comunicaciones oficiales.
La disputa tiene, por tanto, una dimensión que va más allá de la cartografía. El nombre se ha convertido en un símbolo de la relación entre ambos países y de las diferencias entre la visión nacionalista de Trump y la defensa mexicana de su identidad y soberanía.
Para Washington, el cambio representa una decisión administrativa aplicable a las dependencias federales estadounidenses. Para México y buena parte de la comunidad internacional, en cambio, el nombre histórico del golfo permanece vigente.
La controversia también ha alcanzado a empresas, medios de comunicación y plataformas digitales. Algunas organizaciones estadounidenses han adoptado la denominación promovida por la Casa Blanca, mientras que otras mantienen «Gulf of Mexico» o utilizan ambas expresiones dependiendo del contexto.
En el ámbito internacional, la situación es todavía más compleja. Una modificación administrativa dentro de Estados Unidos no obliga automáticamente a otros gobiernos, organismos internacionales o instituciones cartográficas extranjeras a adoptar el nuevo nombre.
Trump volvió así a convertir una disputa toponímica en un episodio de su retórica política. Su relato sobre la reacción de Sheinbaum busca presentar la decisión como una muestra de autoridad estadounidense, mientras que la presidenta mexicana ha insistido en que el nombre histórico del golfo no puede modificarse unilateralmente por decisión de otro país.
Más allá de las bromas y de las declaraciones cruzadas, el episodio refleja una cuestión de fondo: hasta dónde puede llegar la decisión de un gobierno para modificar la manera en que denomina geográficamente un espacio compartido con otras naciones.
En ese terreno, el «Golfo de América» puede ser una denominación oficial dentro de determinados documentos del Gobierno estadounidense, pero el «Golfo de México» continúa siendo el nombre histórico y ampliamente utilizado internacionalmente para este cuerpo de agua.

