Un siglo después de que A.A. Milne presentara por primera vez al mundo a un “Oso de Muy Poco Cerebro”, los relatos del Bosque de los Cien Acres siguen teniendo eco mucho más allá del ámbito de la literatura infantil.

Para Gavin Ashenden, antiguo capellán anglicano de la reina de Inglaterra y converso al catolicismo, la obra clásica de Milne continúa siendo una fuente de inspiración no sólo como relato atemporal, sino también como un sutil reflejo de profundas verdades cristianas.

“Winnie-the-Pooh, de A.A. Milne, perdura no sólo como una obra de fantasía, sino como una discreta catequesis sobre las virtudes”, dijo Ashenden al National Catholic Register.

“El Bosque de los Cien Acres está poblado por almas, cada una marcada por una debilidad dominante: el desaliento de Ígor, la timidez de Piglet, la vanidad de Búho y el afán de mandar de Conejo. Sin embargo, a ninguno se le ridiculiza hasta excluirlo de la comunidad ni se le reforma por la fuerza. Son amados tal como son, lo que constituye en sí mismo un instinto muy católico: la caridad no espera a que nuestro prójimo se vuelva agradable antes de brindarse”.

Editoriales internacionales, fabricantes de juguetes y administradores de propiedades históricas están poniendo en marcha importantes campañas conmemorativas para celebrar los 100 años transcurridos desde que A.A. Milne publicó por primera vez su legendaria colección infantil, en octubre de 1926.

Sin embargo, detrás de los sencillos relatos pastorales de Christopher Robin y sus compañeros de peluche en el Bosque de los Cien Acres, teólogos, escritores y especialistas en literatura señalan la presencia de una clara corriente de profundas virtudes cristianas y católicas.

Lejos de ser simples y fantasiosos cuentos para antes de dormir, el mundo creado por Milne constituye una profunda alegoría de la vida espiritual y resalta especialmente la práctica de una humildad radical, la fe propia de los niños y lo que la Iglesia denomina el ministerio de la presencia.

Como señala la bloguera católica Amy Welborn, la fuerza perdurable de la creación de Milne radica tanto en su forma como en la riqueza de su mundo narrativo.

“Como todos los mejores libros infantiles, Winnie-the-Pooh ofrece dos regalos —dijo Welborn al Register—. En primer lugar, un lenguaje ingenioso y ligeramente irónico que amplía no sólo la imaginación del lector, sino también su capacidad de comprensión; y, en segundo lugar, un mundo en el que un niño vive aventuras sin la intromisión de los adultos, pero siempre acompañado por sus amigos”.

La virtud de la sencillez

En su debut de 1926, Winnie-the-Pooh acepta abierta y alegremente su condición de oso con la cabeza rellena de pelusa. Sin embargo, los estudiosos de la religión señalan que precisamente este rasgo corresponde directamente al llamado bíblico a la pobreza espiritual y a la primera bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu”.

Mientras personajes como Búho y Conejo padecen las trampas modernas de la vanidad intelectual, la ansiedad administrativa y el perfeccionismo rígido, Pooh vive por completo en un estado de gracia. Libre del peso del orgullo o de la necesidad de controlar su entorno, se apoya en dones sencillos y permanece profundamente satisfecho con su “pan de cada día” o, en su caso, con un tarro de miel.

Ashenden percibe en la naturaleza sencilla de Pooh un claro eco de la Pequeña Flor.

“El propio Pooh, ‘un Oso de Muy Poco Cerebro’, es el improbable sabio de la historia”, dijo Ashenden al Register.

“Su sencillez no es estupidez, sino una especie de santa falta de afectación: quiere su miel, ama a sus amigos y no se inquieta por los cálculos ansiosos que gobiernan la mente adulta. Hay algo del Caminito en esto, de aquella intuición de Teresa de Lisieux según la cual la santidad no tiene por qué ser espectacular; puede encontrarse en pequeños, fieles y poco llamativos actos de atención hacia quienes nos rodean”.

Esta visión inocente y confiada del mundo refleja la enseñanza de Cristo en el Evangelio de Mateo de hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Pooh no analiza en exceso los misterios del bosque; simplemente vive en medio de ellos, confiando en que recibirá lo necesario y en que es amado.

“Milne nunca sermonea —añadió Ashenden—. Simplemente nos muestra un pequeño mundo regido por la misericordia y permite que los niños crezcan recordando vagamente que así es como debería ser el mundo real”.

El ministerio de la presencia

Quizá el eco más profundamente católico de la obra de Milne se manifieste a través de Ígor, el habitante más notoriamente melancólico del bosque. Desde una perspectiva secular moderna, la persistente tristeza de Ígor suele considerarse un problema que debe resolverse, una molestia o una cuestión clínica que debe tratarse.

Sin embargo, Betsy Fentress, de The Catholic Association y conductora del programa Conversations with Consequences de EWTN Radio, señala que Milne ofrece una perspectiva más compasiva sobre la debilidad humana.

“En la época moderna quizá encontremos alivio en los diagnósticos clínicos para nuestras deficiencias, pero mediante la poesía y los relatos de Milne, y los maravillosos dibujos de E.H. Shepard, aceptamos nuestra naturaleza caída e incluso podemos abrazarla”, dijo Fentress al Register.

“Un oso que queda atascado en una puerta, un burro triste con las orejas caídas, un búho disléxico: todos tienen algo y, con amigos, podemos sobreponernos a nuestros desalientos cotidianos”.

Cuando el viejo burro gris queda atrapado bajo su perpetua nube de desesperanza, sus amigos nunca le ofrecen sermones condescendientes, soluciones superficiales de psicología popular ni tópicos exigentes que le ordenen animarse. En cambio, Pooh y Piglet acuden habitualmente a su claro, reconstruyen su casa derrumbada y se sientan tranquilamente junto a él en la tierra.

En la teología católica, esto ejemplifica el ministerio de la presencia: el acto encarnacional de entrar directamente en el sufrimiento de otra persona sin tratar de “arreglarlo”, a imitación de la manera en que Cristo acompaña a la humanidad en su condición quebrantada. Reconoce que, en ocasiones, el mayor acto de caridad no se encuentra en las palabras, sino en el silencio compartido.

La comunidad como comunión santa

La propia estructura del Bosque de los Cien Acres refleja la visión paulina de la Iglesia como un solo cuerpo formado por muchas partes diferentes. Cada personaje posee una vulnerabilidad psicológica evidente: Piglet lucha contra una ansiedad paralizante, Tigger tiene dificultades con la impulsividad y Conejo lidia con un temperamento explosivo.

Sin embargo, nadie es expulsado por sus debilidades.

Como observó Ashenden: “También importa la amable providencia del libro. Nada en el Bosque resulta finalmente catastrófico; la ayuda llega, las amistades se mantienen y la voz narrativa —bondadosa, sin prisas y ligeramente divertida— planea sobre el conjunto como un gobierno benévolo que nunca abandona a sus criaturas. Mucho antes de ser capaces de expresarlo, los niños asimilan que se puede confiar en el mundo, que la debilidad no es vergonzosa y que el amor es el medio ordinario de una vida buena”.

La profesora de literatura y escritora Jessica Hooten Wilson considera que esta dinámica crea un refugio seguro para la imaginación en desarrollo.

“Cada uno de nosotros se identifica con un animal diferente de *Winnie-the-Pooh*: ¿eres más como la maternal Kanga, como el curioso Rito o como Conejo, que sigue las reglas?”, señaló al Register Hooten Wilson, quien ocupa la cátedra Fletcher Jones de Grandes Libros en la Universidad Pepperdine.

“Las fábulas de Esopo no forman la imaginación tanto como el mundo seguro pero disparatado del Bosque de los Cien Acres. Con Pooh nos sentimos libres para cometer errores —‘viejo oso tontorrón’— y expresar en voz alta los pensamientos poco claros que tenemos en la cabeza. […] Se nos permite ser quienes somos y no estaremos solos, aunque todos seamos diferentes”.

Este compañerismo fundamental también sirve como modelo de auténtica fraternidad cristiana. El escritor católico Mike Aquilina destacó la manera en que los relatos de Milne reflejan el enfoque de la Iglesia sobre la comunidad y la evangelización.

“En la Iglesia primitiva, ser cristiano era ser amigo (3 Juan 15)”, dijo Aquilina al Register.

“La amistad fue el principal medio de evangelización durante aquella época de crecimiento explosivo. […] Los libros de Pooh nos muestran cómo perdura la amistad en un mundo caído. Sí, Pooh puede actuar por interés propio. Hay ocasiones en las que su dios es su vientre (Filipenses 3,19), como diría San Pablo, y sufre las consecuencias; pero sus amigos se unen para sacarlo de sus dificultades. Hay constancia en su compañerismo”.

Un eco eterno

Mientras las celebraciones del centenario llevan nuevamente a los admiradores al verdadero bosque de Ashdown, en East Sussex (Inglaterra), el núcleo espiritual del universo de Milne remite a un anhelo humano más profundo: el regreso a la inocencia y la promesa de la restauración definitiva.

Para Hooten Wilson, los relatos encuentran eco en una profunda esperanza cósmica. “Al igual que El libro de la selva, los cuentos de Beatrix Potter o El viento en los sauces, los relatos de Winnie-the-Pooh hablan a esa parte de nosotros que desea regresar al sexto día de la creación y convivir con los animales —observó—. También esperamos la eternidad, cuando correremos con panteras como Mowgli en la selva, viviremos aventuras con Sapo y Sepo, mantendremos conversaciones profundas con Tejón y rebotaremos por los árboles con Tigger: aquel día que, por supuesto, está lejos y también cerca, cuando finalmente el león se recueste junto al cordero”.

Mucho después de que se desvanezcan los argumentos intelectuales, el mensaje perdurable del Bosque de los Cien Acres sigue siendo extraordinariamente claro: el amor propio de los niños, el acompañamiento silencioso y la amistad verdadera son las virtudes que finalmente permanecen.

Como concluyó Fentress: “Cien años después, seguimos necesitando ese amor incondicional”.

 

 

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