Estados Unidos conmemoró este viernes el 25 aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, una fecha que sigue marcada por el duelo de casi 3.000 víctimas, las enfermedades asociadas a la exposición tóxica y las profundas transformaciones que aquel día provocó en la sociedad y la política del país.
Un cuarto de siglo después, Estados Unidos volvió a detenerse para recordar uno de los episodios que más profundamente han marcado su historia reciente. En Nueva York, Washington y Pensilvania se celebraron ceremonias para honrar a quienes murieron el 11 de septiembre de 2001, cuando cuatro aviones comerciales fueron secuestrados por integrantes de Al Qaeda y utilizados en ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, mientras otro aparato se estrelló en un campo de Shanksville, Pensilvania.
En total, los atentados provocaron la muerte de casi 3.000 personas. Sin embargo, como han documentado en los últimos años las autoridades sanitarias estadounidenses, las consecuencias humanas no terminaron cuando se extinguieron los incendios ni cuando concluyeron las labores de rescate.
En la Zona Cero, los familiares de las víctimas participaron en la tradicional lectura de los nombres. La ceremonia tuvo además un significado especial por tratarse del aniversario número 25, una distancia temporal que comienza a cambiar la relación de las nuevas generaciones con aquel acontecimiento.
De acuerdo con el 9/11 Memorial & Museum, alrededor de 100 millones de estadounidenses son demasiado jóvenes para recordar personalmente los ataques o nacieron después de 2001. La institución ha convertido, por ello, la educación en una de sus prioridades, con programas destinados a explicar a quienes no vivieron aquella mañana qué ocurrió y por qué sus consecuencias todavía forman parte de la vida estadounidense.
La cifra ayuda a entender el desafío. Para millones de personas, el 11-S ya no es un recuerdo propio, sino una historia transmitida por sus padres, maestros, fotografías y documentales. La memoria, en este caso, depende cada vez más de cómo se cuenta.
El presidente Donald Trump participó en la ceremonia realizada en el Pentágono, donde renovó el compromiso de recordar a las víctimas y aseguró que Estados Unidos debe seguir luchando contra el terrorismo. En Nueva York, mientras tanto, estuvieron presentes el vicepresidente JD Vance y los expresidentes George W. Bush, Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden.
La presencia de figuras de distintas generaciones políticas dio a la ceremonia un carácter poco habitual. George W. Bush era presidente cuando ocurrieron los ataques y encabezó la respuesta inicial del país. Los gobiernos posteriores heredaron una política de seguridad nacional profundamente modificada y una agenda internacional marcada por las guerras de Afganistán e Irak.
Reuters ha señalado que el legado del 11-S se extiende mucho más allá de las ceremonias. Los atentados transformaron los controles aeroportuarios, las políticas de inteligencia, la vigilancia y la estrategia militar estadounidense durante décadas. También dejaron una huella política y social que todavía genera debates sobre los límites de la seguridad y los costos de las decisiones tomadas después de 2001.
Pero hay otra herencia menos visible y, para miles de familias, mucho más dolorosa. La exposición al polvo, humo y escombros del World Trade Center provocó enfermedades entre bomberos, policías, trabajadores de rescate, residentes y otras personas que estuvieron en las zonas afectadas.
Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, alrededor de 400.000 personas estuvieron expuestas a contaminantes, riesgos de lesiones y condiciones de enorme estrés físico y emocional durante los días, semanas y meses posteriores a los ataques. El Programa de Salud del World Trade Center atiende actualmente a cerca de 150.000 integrantes entre sobrevivientes y personas que participaron en las labores de emergencia y recuperación.
Reuters también ha documentado que más de 9.000 integrantes de ese programa han muerto desde su creación, una cifra que refleja cómo el 11-S continúa cobrando consecuencias humanas un cuarto de siglo después. La tragedia, en otras palabras, no terminó con el derrumbe de las torres.
La conmemoración de este año también estuvo atravesada por la presencia de Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, quien acudió a la ceremonia de la Zona Cero en medio de críticas de sectores conservadores. Mamdani, de 34 años, pertenece al ala progresista del Partido Demócrata y se convirtió en el primer alcalde musulmán de la ciudad.
La polémica mostró que incluso una jornada dedicada al recuerdo de las víctimas puede quedar atrapada en las divisiones políticas actuales. Mamdani defendió su presencia y sostuvo que la conmemoración debía concentrarse en las familias de los fallecidos, los trabajadores de emergencia y los neoyorquinos que ayudaron a sus vecinos después de los ataques.
La ceremonia también permitió recordar una dimensión que durante años quedó en segundo plano. Después del 11-S aumentaron los actos de discriminación contra musulmanes en Estados Unidos y se intensificó la vigilancia de comunidades musulmanas bajo argumentos relacionados con la lucha contra el terrorismo. Algunas de esas prácticas fueron posteriormente abandonadas o cuestionadas.
La conmemoración llega así en un momento en el que la sociedad estadounidense sigue intentando separar la memoria de las víctimas de las disputas políticas que surgieron después de los atentados. Es una tarea complicada. El 11-S no solo modificó la seguridad nacional, también cambió la manera en que millones de estadounidenses entendieron el terrorismo, la guerra, la migración y la convivencia entre comunidades.
Incluso 25 años después, aquella mañana permanece presente. Está en los nombres que todavía se leen en la Zona Cero, en las enfermedades de quienes respiraron el polvo de Manhattan y en las familias que perdieron a padres, madres, hijos, hermanos o amigos.
Pero también está en una generación que nunca vio las Torres Gemelas en pie. Para ellos, el desafío ya no consiste solamente en recordar lo ocurrido, sino en comprenderlo. Por eso, mientras los homenajes se mantienen, las instituciones encargadas de preservar la memoria han comenzado a mirar hacia las aulas y hacia quienes conocieron el 11-S únicamente a través de relatos ajenos.
Veinticinco años después, Estados Unidos no solo conmemora una tragedia. También enfrenta la tarea de explicar cómo aquel día cambió al país y por qué sus consecuencias todavía forman parte de su presente.


