Mientras los sectores pragmáticos buscan aprovechar el desgaste económico para negociar con Washington, los grupos más duros apuestan por mantener la confrontación, en una disputa que puede definir no solo el desenlace de la guerra, sino el futuro político de Irán.
Seis meses después del inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, la pregunta sobre cuándo terminará el conflicto ya no depende únicamente de lo que ocurra en el campo militar. En Teherán se libra otra batalla, menos visible pero posiblemente decisiva: la que enfrenta a quienes consideran que ha llegado el momento de negociar con Washington y a quienes creen que cualquier acuerdo sería una capitulación.
La muerte del anterior líder supremo, Ali Jamenei, y la llegada de su hijo Mojtaba al máximo cargo del sistema iraní modificaron el equilibrio interno de la República Islámica. Desde entonces, las diferencias entre pragmáticos y sectores de línea dura han quedado más expuestas, especialmente alrededor de la posibilidad de retomar las conversaciones con Estados Unidos.
Reuters ha descrito un escenario de fuertes tensiones dentro de la dirigencia iraní, en el que el deterioro económico comienza a pesar cada vez más sobre las decisiones estratégicas. Según la agencia, la inflación anual ha alcanzado niveles muy elevados y el comercio exterior se ha reducido considerablemente bajo el efecto combinado de la guerra, las sanciones estadounidenses y el bloqueo naval.
En ese contexto, el presidente Masoud Pezeshkian, el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, y el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, representan una corriente que considera necesario encontrar una salida negociada.
Su argumento es pragmático. Irán puede sostener que ha resistido la ofensiva militar, pero mantener indefinidamente una economía sometida a sanciones, restricciones comerciales y dificultades para exportar petróleo tiene un costo que termina llegando a la vida cotidiana de los ciudadanos.
La situación del estrecho de Ormuz resume buena parte de ese dilema. La vía marítima es fundamental para el mercado mundial de energía y se ha convertido en una de las principales cartas de presión de Teherán. Pero mantener cerrada o restringida una ruta de semejante importancia también supone un riesgo para la economía iraní y para sus relaciones con sus vecinos del Golfo.
Reuters informó que Catar intentó recientemente reactivar la diplomacia durante una visita de su primer ministro a Teherán, mientras Pakistán también ha intervenido como mediador. Sin embargo, el Gobierno de Donald Trump ha señalado que Washington no mantiene actualmente conversaciones directas con Irán.
La diplomacia, por tanto, sigue viva, pero avanza a trompicones. El memorando de entendimiento alcanzado en junio entre Washington y Teherán expiró en agosto sin convertirse en un acuerdo definitivo. Al Jazeera señaló que el documento pretendía abrir un periodo de conversaciones de 60 días y contemplaba, entre otros asuntos, la reapertura del estrecho de Ormuz.
Para los sectores pragmáticos, esa experiencia no necesariamente demuestra que negociar sea inútil. Al contrario, consideran que puede servir para conseguir mejores condiciones antes de que el desgaste económico reduzca todavía más el margen de maniobra iraní.
Los intransigentes ven las cosas de manera muy distinta.
Dentro de ese sector persiste la convicción de que Estados Unidos no es un interlocutor confiable. El recuerdo del acuerdo nuclear de 2015 pesa especialmente. Irán aceptó entonces limitar partes de su programa nuclear a cambio del levantamiento de determinadas sanciones, pero Trump retiró posteriormente a Estados Unidos del pacto.
Para los conservadores iraníes, aquel episodio es una advertencia: hacer concesiones no garantiza que Washington respete posteriormente sus compromisos.
Al Jazeera ha documentado las diferencias entre las facciones iraníes desde la firma del memorando de junio. Mientras los sectores moderados han defendido la posibilidad de aprovechar el acuerdo para aliviar la presión económica, figuras de línea dura han rechazado concesiones importantes y han insistido en mantener el control iraní sobre Ormuz y las capacidades militares del país.
La disputa tiene además una dimensión de poder interno. Los sectores más duros han utilizado la crisis para cuestionar a los funcionarios que defienden la diplomacia y, en particular, a Pezeshkian. Para sus adversarios, aceptar un acuerdo bajo presión estadounidense equivaldría a entregar al enemigo una victoria política que no pudo obtener plenamente en el campo de batalla.
El presidente iraní enfrenta así una paradoja. Necesita un acuerdo para aliviar la presión sobre la economía, pero cualquier concesión puede ser utilizada por sus rivales para acusarlo de debilidad.
Mientras tanto, la estructura de seguridad del país ha ganado peso. Reuters informó que el liderazgo iraní ha dado mayor protagonismo a figuras vinculadas con los sectores militares y de seguridad, mientras la Guardia Revolucionaria mantiene una influencia decisiva en la estrategia frente a Estados Unidos.
La designación de Mohsen Rezaee para dirigir el Consejo Supremo de Seguridad Nacional es una señal particularmente relevante. Rezaee es un veterano de la Guardia Revolucionaria y su llegada a ese puesto refuerza el peso de una corriente que entiende la seguridad nacional principalmente desde la lógica de la resistencia y la disuasión.
Associated Press también ha señalado que el núcleo militar y clerical de línea dura se ha consolidado alrededor de Mojtaba Jamenei. Al mismo tiempo, la agencia destaca que Pezeshkian continúa defendiendo una solución negociada debido al impacto económico de la guerra.
La economía, precisamente, puede terminar siendo el factor que rompa el empate.
Reuters informó el 29 de agosto que Pezeshkian atribuyó a las sanciones y al bloqueo naval una reducción del 35 por ciento del comercio exterior iraní, mientras la inflación anual alcanzaba el 66 por ciento. Son cifras que ayudan a explicar por qué el Gobierno busca una salida y por qué los sectores más duros intentan evitar que ese deterioro sea presentado únicamente como consecuencia de la política de confrontación.
En las calles y en los mercados, la discusión ideológica se transforma en algo mucho más concreto: precios, combustible, empleo y capacidad para conseguir productos básicos. Una guerra puede sostenerse durante meses desde los centros de poder, pero cada semana adicional de presión económica aumenta el costo político de mantenerla.
Los intransigentes, sin embargo, también tienen argumentos. Consideran que Estados Unidos utiliza la diplomacia como una pausa entre operaciones militares y temen que un acuerdo permita a Washington reorganizar sus fuerzas para volver a atacar. En esa lectura, resistir no es una estrategia provisional, sino una forma de garantizar la supervivencia de la República Islámica.
La postura estadounidense tampoco facilita la tarea de los pragmáticos iraníes. Trump ha combinado ofertas de negociación con amenazas de nuevas acciones contra Teherán. Esa ambigüedad fortalece precisamente a quienes sostienen que Estados Unidos no puede ser considerado un socio confiable.
El resultado es un círculo difícil de romper. Si Trump endurece la presión, puede fortalecer a los sectores iraníes que piden resistencia. Si reduce la presión sin obtener concesiones, puede ser acusado dentro de Estados Unidos de haber cedido. Y si Teherán hace concesiones demasiado amplias, los conservadores iraníes pueden utilizar el acuerdo para atacar al Gobierno.
En medio de ese pulso se encuentra Mojtaba Jamenei.
El nuevo líder supremo ha evitado adoptar públicamente una posición inequívoca sobre las negociaciones. Reuters informó que el 28 de agosto pidió a las autoridades mantener la unidad interna y evitar declaraciones que pudieran debilitar la moral pública. Su mensaje refleja la dificultad de equilibrar las distintas fuerzas que ahora compiten por definir el rumbo de la República Islámica.
Al Jazeera también ha señalado que Jamenei no ha participado públicamente en las negociaciones con Estados Unidos y que sus reservas sobre el acuerdo de junio dejaron un espacio político considerable para que los sectores de línea dura cuestionaran a Pezeshkian.
Eso convierte al líder supremo en una figura clave. Su decisión puede determinar si la prioridad será alcanzar un acuerdo que permita reconstruir la economía o mantener una estrategia de resistencia prolongada, aun a costa de un mayor aislamiento internacional.
El problema es que ninguna de las dos opciones está exenta de riesgos.
Un acuerdo podría aliviar las sanciones, facilitar el comercio y reducir la presión sobre la población, pero también exigiría concesiones sobre cuestiones que Teherán considera esenciales para su seguridad. Continuar la guerra, por otro lado, preservaría la narrativa de resistencia, pero expondría a Irán a más sanciones, ataques y deterioro económico.
La mediación de Catar y Pakistán demuestra que todavía existen canales para intentar desbloquear la situación. Reuters informó que Catar busca reactivar el diálogo y que las conversaciones sobre Ormuz siguen siendo una pieza central de cualquier posible entendimiento.
Pero la dificultad no está solamente en encontrar un punto de acuerdo entre Washington y Teherán. Primero tendrá que existir un consenso suficiente dentro del propio poder iraní sobre qué precio está dispuesto a pagar el país para terminar la guerra.
Ahí puede encontrarse la verdadera batalla.
Trump puede mantener la presión militar y económica, pero no controla las disputas dentro del régimen iraní. De hecho, cada amenaza estadounidense puede reforzar a los sectores que durante décadas han construido su legitimidad política alrededor de la desconfianza hacia Washington.
Los pragmáticos, en cambio, intentan convertir la resistencia militar en una salida diplomática antes de que la economía quede todavía más debilitada.
La guerra, por ello, podría no terminar cuando uno de los dos bandos consiga una victoria absoluta. Puede terminar cuando una de las facciones iraníes consiga convencer al liderazgo de que su definición de victoria es la única que permite preservar el sistema.
Después de seis meses de conflicto, la batalla decisiva quizá ya no esté solamente en los misiles, los drones o el estrecho de Ormuz. Está también dentro de Teherán, donde dos visiones sobre el futuro de Irán se enfrentan por el control de la salida de una guerra que nadie ha logrado cerrar.


