Los presidentes y representantes de las Conferencias Episcopales de México, Estados Unidos y Canadá llamaron a defender la dignidad de los migrantes y a fortalecer una respuesta común de la Iglesia ante los desafíos sociales de Norteamérica.

En medio de una realidad migratoria cada vez más compleja en América del Norte, obispos de México, Estados Unidos y Canadá comenzaron en Cuernavaca un encuentro que busca algo más que un intercambio de opiniones: construir una respuesta pastoral común frente a la movilidad humana y las condiciones de vulnerabilidad que enfrentan miles de personas.

El llamado tuvo como uno de sus principales protagonistas a Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, quien durante la celebración eucarística pidió que la Iglesia no pierda de vista que detrás de cada migrante existe una historia personal y familiar.

“La migración no ha de reducirse a estadísticas, políticas públicas o deberes económicos”, planteó Castro. Para el prelado, detrás de las cifras hay rostros, familias, esperanzas y también heridas. Esa perspectiva, dijo, debe llevar a la Iglesia a reconocer y proteger la dignidad de quienes se encuentran en condiciones de vulnerabilidad.

La postura adquiere especial relevancia porque México, Estados Unidos y Canadá comparten una dinámica migratoria estrechamente relacionada. Las decisiones adoptadas en cualquiera de los tres países pueden repercutir en las personas que atraviesan sus territorios, buscan refugio, intentan reunirse con sus familias o aspiran simplemente a encontrar mejores condiciones de vida.

Óscar Cantú, obispo de San José, California, y presidente del Subcomité de Asuntos Hispanos y Latinos de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, coincidió en la necesidad de fortalecer la unidad eclesial. Según informó ACI Prensa, Cantú sostuvo que la Iglesia católica en América debe hablar “con una sola voz”, particularmente para defender a los pobres y a los inmigrantes.

La preocupación no es nueva. La Iglesia católica lleva décadas participando en la atención pastoral de las personas migrantes y en la denuncia de situaciones de vulnerabilidad. El propio Vaticano ha documentado encuentros entre obispos de distintos países americanos destinados a coordinar esfuerzos de asistencia y defensa de los derechos de quienes se encuentran en movilidad.

Lo que cambia ahora es el escenario. Las políticas migratorias de los gobiernos norteamericanos atraviesan un periodo de fuertes transformaciones y el fenómeno migratorio ya no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de las fronteras. Se relaciona con seguridad, empleo, reunificación familiar, refugio, derechos humanos y, en muchos casos, con la violencia que obliga a las personas a abandonar sus comunidades.

Castro también aprovechó la jornada para colocar sobre la mesa otra de las heridas profundas de México: la desaparición de personas. Durante el Ángelus pidió por las víctimas y sus familias y mencionó una cifra de alrededor de 135 mil personas desaparecidas.

La magnitud de ese número ha sido confirmada por diferentes análisis y reportes publicados durante 2026. Red Lupa, organización dedicada al seguimiento ciudadano de la problemática, registró 134,257 personas desaparecidas al 16 de mayo y 135,048 al 16 de junio. La Jornada reportó posteriormente que el registro nacional había alcanzado 135,271 casos. Las cifras pueden variar conforme se actualiza el registro oficial, pero coinciden en mostrar una crisis que afecta a decenas de miles de familias.

La coincidencia entre la crisis de desapariciones y la discusión migratoria no es casual. Ambas realidades tienen como punto común la vulnerabilidad de personas que, en distintos contextos, pueden quedar expuestas a redes criminales, abusos, violencia o respuestas institucionales insuficientes.

Durante el encuentro, Castro describió además otros problemas que, a su juicio, afectan particularmente a México: violencia, corrupción, polarización, materialismo, familias heridas y jóvenes que enfrentan dificultades para encontrar razones para mantener la esperanza. El diagnóstico pretende colocar la migración dentro de una discusión más amplia sobre las condiciones sociales que atraviesan los pueblos de la región.

Para los obispos, las fronteras políticas no deberían convertirse en barreras para la fraternidad. La idea tiene una traducción muy concreta: mantener la atención sobre la persona aun cuando las políticas migratorias estén definidas por cada Estado de manera soberana.

Daniel Flores, obispo de Brownsville, Texas, y vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, reforzó esa posición durante la celebración en la Catedral de Cuernavaca. De acuerdo con ACI Prensa, consideró urgente que la Iglesia católica en América hable unida en defensa de la dignidad humana, especialmente de los pobres y los inmigrantes.

El planteamiento adquiere un peso particular en una región donde las familias migrantes viven con frecuencia separadas por miles de kilómetros y donde las decisiones administrativas pueden modificar de manera abrupta sus posibilidades de permanecer, trasladarse o reunirse con sus seres queridos.

La Iglesia, por tanto, busca colocarse no solo como observadora del fenómeno, sino como acompañante de las personas afectadas. Esa tarea incluye parroquias, albergues, organizaciones de asistencia y redes pastorales que durante años han atendido a migrantes en distintos puntos de la ruta.

Sin embargo, el desafío para los obispos será convertir el llamado a la unidad en acciones coordinadas. Castro expresó su deseo de que el encuentro no se limite a compartir ideas, sino que permita comprender mejor las realidades de los tres países y generar acciones conjuntas desde la responsabilidad pastoral.

El reto no es menor. México funciona simultáneamente como país de origen, tránsito, destino y retorno de migrantes, mientras Estados Unidos continúa siendo uno de los principales destinos de quienes buscan oportunidades o protección. Canadá, por su parte, forma parte de esa misma dinámica regional, aunque con características migratorias diferentes.

En ese contexto, hablar de migración exclusivamente como un asunto de números puede terminar ocultando precisamente aquello que los obispos intentan colocar en el centro: las personas.

Una estadística puede decir cuántas personas cruzaron una frontera. No puede explicar, por sí sola, qué dejaron atrás, cuánto tiempo llevan separadas de sus hijos o qué riesgos enfrentaron durante el trayecto. Ese componente humano es el que los líderes religiosos quieren recuperar en el debate público.

El primer encuentro de representantes episcopales de los tres países abre así una vía de diálogo regional en un momento particularmente sensible. Su resultado dependerá de si las declaraciones pronunciadas en Cuernavaca consiguen traducirse en mecanismos de cooperación pastoral y acompañamiento efectivo.

Por ahora, el mensaje es claro: ante una realidad migratoria que suele medirse en cifras y fronteras, los obispos de Norteamérica quieren colocar nuevamente en primer plano la dignidad de quienes cruzan esos límites. Y, para la Iglesia, esa dignidad no debería detenerse en ninguna garita.