La invasión alemana de Polonia abrió una guerra que transformó el equilibrio de poder mundial y dejó al descubierto las profundas limitaciones de la diplomacia internacional para contener la expansión de la Alemania nazi.

El 1 de septiembre de 1939, las tropas de la Alemania nazi invadieron Polonia. Dos días después, Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania. Con esas decisiones comenzó en Europa un conflicto que terminaría extendiéndose por buena parte del planeta y que modificaría para siempre las fronteras, las alianzas y las reglas que pretendían ordenar las relaciones entre los Estados.

La guerra, sin embargo, no apareció de repente. Durante los años anteriores, Adolf Hitler había convertido la expansión territorial en uno de los ejes de su política exterior. Alemania abandonó progresivamente las restricciones militares establecidas después de la Primera Guerra Mundial, remilitarizó Renania en 1936 y, dos años después, incorporó Austria al Reich.

El siguiente objetivo fueron los Sudetes, una región de Checoslovaquia con una importante población de habla alemana. En septiembre de 1938, Reino Unido y Francia aceptaron en el Acuerdo de Múnich que Alemania incorporara ese territorio. La decisión fue defendida entonces como una manera de evitar otra guerra europea.

La realidad fue mucho más amarga.

En marzo de 1939, Alemania ocupó el resto de las tierras checas y destruyó la independencia de Checoslovaquia. Para las potencias occidentales quedó claro que las demandas territoriales de Hitler no se habían detenido en los territorios donde existía población alemana.

El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos ha documentado que la política de apaciguamiento estuvo relacionada con el temor británico y francés a una nueva guerra general y con la falta de preparación militar suficiente para enfrentarse a Alemania. La ocupación de Checoslovaquia cambió esa percepción y llevó a Londres y París a ofrecer garantías a Polonia.

Pero esas garantías no lograron disuadir a Hitler.

El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión Soviética firmaron el Pacto Molotov-Ribbentrop. Sobre el papel era un acuerdo de no agresión. En secreto, ambos gobiernos habían establecido zonas de influencia en Europa oriental y acordado el reparto de territorios que afectaba directamente a Polonia.

El acuerdo sorprendió al mundo porque enfrentaba a dos regímenes ideológicamente enemigos que, pese a sus profundas diferencias, encontraron un interés común. Para Hitler, el pacto reducía el riesgo de una guerra simultánea contra las potencias occidentales y la Unión Soviética. Para Stalin, proporcionaba tiempo para preparar a su país ante un eventual enfrentamiento y ampliaba la influencia soviética en Europa oriental.

Menos de diez días después, Alemania atacó Polonia.

La ofensiva mostró además una manera diferente de emplear el poder militar. Las fuerzas alemanas combinaron tanques, unidades motorizadas y aviación para concentrar una enorme capacidad de ataque en puntos concretos del frente y avanzar con rapidez hacia la retaguardia enemiga.

Esta forma de operar quedó asociada posteriormente al término alemán Blitzkrieg, «guerra relámpago». Más que una fórmula mágica, se trataba de una combinación de movilidad, concentración de fuerzas y coordinación entre distintas ramas militares. Su propósito era romper las líneas defensivas y desorganizar al adversario antes de que pudiera responder de manera eficaz.

El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos señala que Alemania empleó alrededor de 1.5 millones de soldados, más de 2,000 tanques y centenares de aviones en la campaña polaca. La superioridad alemana, unida a la velocidad de la ofensiva, puso al ejército polaco en una situación extremadamente difícil.

Polonia resistió, pero estaba en clara desventaja militar. La movilización había comenzado tarde y sus fuerzas disponían de menos recursos blindados y motorizados que Alemania. Varsovia quedó sometida a bombardeos y capituló el 28 de septiembre.

La tragedia fue todavía mayor porque la invasión no llegó únicamente desde el oeste. El 17 de septiembre, tropas soviéticas entraron en Polonia desde el este. El país quedó dividido entre dos potencias que habían acordado previamente sus respectivas zonas de influencia.

La campaña terminó a comienzos de octubre. Para entonces, Polonia había perdido su soberanía y comenzaba una ocupación marcada por la violencia, la represión y una política sistemática de persecución.

La ocupación nazi tuvo consecuencias especialmente devastadoras para la población judía. Las autoridades alemanas establecieron guetos, deportaron a millones de personas y posteriormente desarrollaron en territorio polaco parte fundamental de la maquinaria de exterminio del Holocausto.

La invasión también puso de manifiesto el fracaso del sistema internacional construido después de la Primera Guerra Mundial. La Sociedad de Naciones había sido concebida como un mecanismo para preservar la paz mediante la seguridad colectiva, pero durante los años treinta fue incapaz de detener las agresiones de las potencias expansionistas.

El problema no era solamente la existencia de tratados. Era la ausencia de una voluntad política suficiente para hacerlos cumplir cuando hacerlo implicaba asumir el riesgo de una nueva guerra.

El Pacto Briand-Kellogg de 1928 había intentado establecer la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional. Sin embargo, el acuerdo carecía de mecanismos efectivos para impedir que un Estado decidiera utilizar la fuerza. La invasión de Polonia demostró, una vez más, la distancia que podía existir entre un principio jurídico y la capacidad real de hacerlo respetar.

La Segunda Guerra Mundial terminaría modificando esa situación. Después de 1945, los procesos de Núremberg establecieron importantes precedentes al considerar la guerra de agresión como una conducta susceptible de responsabilidad penal internacional.

La transformación fue todavía más profunda con la creación de las Naciones Unidas. La Carta adoptada en 1945 estableció en su artículo 2, párrafo 4, que los Estados debían abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de otros Estados.

La norma no eliminó las guerras. Pero sí convirtió la prohibición del uso de la fuerza en uno de los principios fundamentales del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El cambio tampoco fue exclusivamente jurídico. La guerra destruyó el equilibrio político que había dominado Europa durante décadas. Alemania quedó derrotada y dividida. Reino Unido y Francia conservaron su condición de potencias vencedoras, pero salieron debilitados. Estados Unidos y la Unión Soviética emergieron como las dos grandes superpotencias.

La alianza que había derrotado al nazismo tampoco sobrevivió a la paz. En pocos años, Washington y Moscú pasaron de ser aliados circunstanciales a rivales en una confrontación política, militar e ideológica que dividiría Europa durante décadas.

La creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en 1949 y del Pacto de Varsovia en 1955 consolidó esa nueva división del continente. El sistema internacional surgido de la guerra ya no se parecía al que había existido cuando los soldados alemanes cruzaron la frontera polaca en septiembre de 1939.

También comenzó un proceso de descolonización que transformaría el mapa político mundial. Las potencias europeas habían salido de la guerra económica y militarmente debilitadas, mientras movimientos nacionalistas de Asia, África y Oriente Medio reclamaban con mayor fuerza su independencia.

Por eso, la importancia histórica del 1 de septiembre de 1939 no puede reducirse al inicio de una campaña militar. Aquel día comenzó el derrumbe de un orden internacional que ya estaba profundamente deteriorado.

La experiencia dejó una enseñanza incómoda: la diplomacia puede retrasar un conflicto, pero difícilmente puede detener por sí sola a un gobierno decidido a utilizar la fuerza para modificar fronteras y ampliar su poder. La política de concesiones aplicada durante los años previos a la guerra no consiguió contener a Hitler y, cuando llegó la invasión de Polonia, las alternativas diplomáticas se habían reducido considerablemente.

La Segunda Guerra Mundial terminó seis años después con una cifra de víctimas que se cuenta por decenas de millones y con una devastación que afectó a países de Europa, Asia, África y el Pacífico. El Holocausto añadió a la guerra una dimensión de exterminio sistemático que marcaría profundamente la conciencia jurídica y política del mundo.

Al finalizar el conflicto, las fronteras habían cambiado, millones de personas habían sido desplazadas y Europa había dejado de ocupar la posición dominante que había mantenido durante buena parte de la era moderna. El centro de gravedad de la política mundial se desplazó hacia Estados Unidos y la Unión Soviética.

El 1 de septiembre de 1939 fue, en definitiva, mucho más que la fecha de una invasión. Fue el comienzo de una ruptura histórica. La incapacidad de la diplomacia para detener la expansión nazi desembocó en una guerra que obligó al mundo a replantearse sus alianzas, sus instituciones y hasta los límites jurídicos de la soberanía estatal.

La lección permanece vigente. Los tratados y las instituciones internacionales necesitan algo más que buenas intenciones: requieren Estados dispuestos a defender sus principios cuando hacerlo resulta difícil, costoso o políticamente incómodo. Esa fue una de las duras conclusiones que dejó la guerra que comenzó en Polonia aquel septiembre de 1939.