El 1 de septiembre de 1925 comenzó operaciones el Banco de México, una institución concebida desde la Constitución de 1917 para terminar con la fragmentación monetaria y recuperar la confianza en el dinero nacional después de los años de inestabilidad provocados por la Revolución.
Hace poco más de un siglo, hablar de estabilidad monetaria en México significaba hablar también de una de las grandes tareas pendientes de la reconstrucción nacional. El país había salido de una década de conflicto armado con un sistema financiero debilitado, una circulación monetaria fragmentada y una población que había aprendido, por experiencia propia, que un billete podía perder rápidamente su valor.
En ese escenario, el 1 de septiembre de 1925 abrió sus puertas el Banco de México. Su nacimiento, durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, no fue simplemente la creación de una nueva institución financiera. Representó la culminación de un proyecto que buscaba colocar en manos del Estado la conducción de la emisión monetaria y construir las bases de un sistema financiero nacional más ordenado.
La historia venía de mucho antes. Desde el siglo XIX existían en México distintos bancos con capacidad para emitir billetes. Aquella pluralidad podía responder a las necesidades de una economía todavía en formación, pero también produjo un sistema fragmentado en el que el dinero emitido por una institución no necesariamente gozaba de la misma confianza que el de otra.
La Revolución Mexicana agravó el problema. Durante el conflicto, distintas facciones emitieron su propio papel moneda. La multiplicación de emisiones, sumada a la incertidumbre política y militar, deterioró todavía más la confianza de la población en los billetes.
El Banco de México explica en su historia institucional que la Revolución destruyó buena parte del sistema monetario existente y provocó una profunda desconfianza hacia el papel moneda. En ese contexto, recuperar la credibilidad del dinero se convirtió en una condición indispensable para reconstruir la actividad económica.
La Constitución de 1917 había dado ya un paso decisivo. El artículo 28 estableció la necesidad de que la emisión de moneda quedara concentrada en un banco controlado por el Gobierno Federal. La intención era terminar con la dispersión de las emisiones privadas y crear una institución capaz de ofrecer una moneda nacional respaldada por una autoridad central.
Pero entre establecer el principio constitucional y convertirlo en realidad hubo un largo camino.
Durante varios años se discutió cómo debía funcionar el banco central y, sobre todo, cómo reunir el capital necesario para ponerlo en marcha. La tarea adquirió impulso durante el gobierno de Calles, con el trabajo del secretario de Hacienda, Alberto J. Pani.
La propia historia del Banco de México reconoce que los esfuerzos presupuestarios de Pani fueron fundamentales para reunir los recursos que permitieron constituir la nueva institución. Las economías aplicadas al gasto público, incluidas reducciones presupuestales en el ámbito militar, ayudaron a formar el capital inicial.
La Ley Constitutiva del Banco de México fue promulgada el 25 de agosto de 1925. Apenas una semana después, la institución inició operaciones.
La ceremonia de inauguración estuvo encabezada por Plutarco Elías Calles y reunió a representantes de la política, las finanzas y los negocios. El nuevo banco recibió la facultad exclusiva para crear moneda, mediante la acuñación de piezas metálicas y la emisión de billetes.
Ese monopolio de emisión fue uno de los cambios más importantes. México pasaba de un esquema en el que diferentes instituciones habían participado en la emisión de billetes a otro en el que una institución central asumía esa responsabilidad.
La medida tenía una consecuencia que hoy puede parecer cotidiana, pero que entonces resultaba extraordinariamente relevante: construir una referencia monetaria común para todo el país.
El objetivo no era únicamente imprimir billetes. El Banco de México fue concebido también para regular la circulación monetaria, intervenir en las tasas de interés y en los cambios con el exterior, prestar servicios al Gobierno Federal, centralizar reservas bancarias y actuar como banco de los bancos.
La nueva institución nació, además, con una preocupación que resulta sorprendentemente moderna: evitar que las necesidades políticas inmediatas terminaran imponiéndose sobre la estabilidad monetaria.
La Ley Constitutiva de 1925 incorporó ciertos mecanismos destinados a preservar una independencia respecto del Gobierno Federal. De acuerdo con documentos históricos del propio Banco de México, los integrantes de su consejo de administración no podían ser funcionarios públicos y se establecieron límites al financiamiento que el banco podía otorgar al Gobierno.
La independencia, sin embargo, no fue desde el principio la autonomía constitucional que hoy conocemos. El Banco de México atravesó diferentes etapas institucionales antes de llegar a ella. La reforma constitucional que le otorgó autonomía plena entró en vigor en 1994 y estableció como mandato prioritario procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional.
La diferencia es importante. El banco central de 1925 nació como una institución vinculada al Estado y con determinadas salvaguardas frente a las presiones políticas. El Banco de México contemporáneo es un órgano constitucional autónomo. Entre ambos momentos existe una evolución institucional de casi siete décadas.
Pero la raíz del proyecto permaneció: que la estabilidad del dinero requiere una institución especializada, reglas claras y cierta distancia respecto de las necesidades coyunturales del Gobierno.
Los primeros años no fueron sencillos. La confianza en el billete no podía decretarse. Tenía que construirse en la práctica, y eso tomó tiempo.
El público mexicano había vivido la experiencia de emisiones que se depreciaban o dejaban de ser aceptadas. Recuperar la confianza implicaba demostrar que el nuevo dinero podía utilizarse para comprar, vender, ahorrar y realizar operaciones económicas sin que su valor dependiera de cuál facción política controlaba una determinada región.
El Banco de México señala que el proceso de arraigo del papel moneda fue largo y estuvo acompañado por medidas relacionadas con las reservas y la emisión. La aceptación definitiva del billete como medio de pago fue uno de los grandes desafíos de la institución durante sus primeras décadas.
También había un problema más amplio: México necesitaba reconstruir su sistema bancario y ampliar el crédito. La economía que emergía de la Revolución requería capital para empresas, comercio y actividades productivas, pero el sistema financiero todavía era limitado y se encontraba lejos de la estructura que tendría posteriormente.
Por eso, la fundación del banco central debe entenderse dentro de un proyecto mayor de reconstrucción del Estado mexicano. No se trataba solamente de estabilizar una moneda. Se buscaba crear instituciones capaces de ordenar una economía que había quedado profundamente alterada por años de conflicto.
En ese sentido, la creación del Banco de México fue también un acto de soberanía. Concentrar la emisión monetaria significaba que el Estado asumía una responsabilidad que hasta entonces había estado dispersa entre diferentes instituciones privadas y que durante la Revolución había quedado todavía más fragmentada.
El propio Gobierno de México ha descrito, al conmemorar el centenario de la institución, la fundación de 1925 como un acto de soberanía asociado al fortalecimiento del Estado surgido de la Revolución. La interpretación coincide con la documentación histórica del banco central sobre el propósito de centralizar la emisión y recuperar la confianza en la moneda nacional.
Hay, además, una paradoja interesante. La institución que nació en 1925 no tenía todavía el mandato moderno de mantener la inflación baja y estable con la autonomía constitucional que conocemos actualmente. Sin embargo, desde sus primeros años ya aparecía una preocupación fundamental por evitar que la emisión monetaria quedara sometida a decisiones políticas de corto plazo.
Con el paso de las décadas, esa preocupación se convertiría en uno de los pilares de la banca central moderna.
Hoy resulta fácil dar por sentado que los billetes y monedas utilizados en México pertenecen a un mismo sistema monetario. Pero esa normalidad fue el resultado de un proceso histórico. La moneda nacional necesitó instituciones, reglas y, sobre todo, confianza.
El 1 de septiembre de 1925 comenzó ese proceso en una nueva etapa. México no resolvió de inmediato sus problemas económicos ni financieros, pero dio un paso decisivo para superar la anarquía monetaria heredada del siglo XIX y agravada por la Revolución.
La fundación del Banco de México fue, en definitiva, mucho más que la apertura de un banco. Fue la construcción de una pieza central del Estado mexicano moderno y la apuesta por recuperar algo que una década de guerra había deteriorado profundamente: la confianza de los ciudadanos en su propio dinero.
Cien años después, aquella decisión permite entender por qué la estabilidad monetaria no depende únicamente de los billetes que circulan en los bolsillos. Detrás de cada peso existe una arquitectura institucional construida durante generaciones. Y buena parte de ella comenzó a tomar forma aquel 1 de septiembre de 1925.


