A 35 años de su muerte, el legado de Alfonso García Robles conserva una vigencia incómoda y necesaria: demostrar que la diplomacia, cuando se apoya en el derecho internacional y la perseverancia, puede contener incluso las amenazas más devastadoras.
El 2 de septiembre de 1991 murió en la Ciudad de México Alfonso García Robles, uno de los diplomáticos mexicanos que con mayor claridad entendió que la paz no podía depender únicamente de la buena voluntad de las grandes potencias. Su apuesta fue distinta: construir acuerdos internacionales capaces de limitar el poder destructivo de los Estados y convertir la cooperación en una herramienta concreta de seguridad.
Su nombre quedó unido para siempre al Tratado de Tlatelolco, firmado en la Ciudad de México el 14 de febrero de 1967. El acuerdo estableció la prohibición de las armas nucleares en América Latina y el Caribe y creó mecanismos para verificar su cumplimiento. Según el Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe, OPANAL, el tratado prohíbe el desarrollo, adquisición, ensayo y emplazamiento de estas armas en la región.
El origen de aquella iniciativa se encuentra en uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. La crisis de los misiles de Cuba, en 1962, había demostrado que América Latina podía convertirse en escenario de una confrontación nuclear entre las grandes potencias. Frente a ese peligro, México impulsó una salida regional. García Robles presidió la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de América Latina y condujo unas negociaciones que exigieron paciencia, habilidad política y una notable capacidad para encontrar puntos de coincidencia.
El propio García Robles documentó que el proceso comenzó con la declaración conjunta de cinco presidentes latinoamericanos en 1963, promovida por el entonces presidente mexicano Adolfo López Mateos. La idea era comprometer a los países de la región a no fabricar, recibir, almacenar ni ensayar armas nucleares. Lo que parecía una aspiración ambiciosa terminó convirtiéndose en un instrumento jurídico de alcance histórico.
La Secretaría de Relaciones Exteriores ha señalado que Tlatelolco constituyó la primera zona libre de armas nucleares en una región densamente poblada. Su influencia tampoco quedó confinada al continente americano. Con el tiempo, otras regiones adoptaron tratados semejantes, entre ellas el Pacífico Sur, África, el Sudeste Asiático y Asia Central. La experiencia latinoamericana había demostrado que una región podía optar colectivamente por no convertirse en un depósito de arsenales capaces de destruirla.
Ese logro explica, en buena medida, el Premio Nobel de la Paz que García Robles recibió en 1982, compartido con la diplomática sueca Alva Myrdal. El Comité Nobel reconoció el trabajo de ambos en favor del desarme y de las zonas libres de armas nucleares. El reconocimiento no fue únicamente para un negociador mexicano: fue también una señal internacional de que la diplomacia multilateral podía producir resultados concretos en medio de una carrera armamentista dominada por las superpotencias.
Pero reducir su trayectoria al Tratado de Tlatelolco sería injusto. García Robles participó en asuntos vinculados con la creación de las Naciones Unidas y posteriormente desempeñó un papel destacado en las negociaciones mundiales sobre desarme. El Colegio Nacional recuerda su participación en distintos procesos multilaterales y su trabajo sostenido dentro de los organismos internacionales dedicados a la reducción de armamentos.
Ahí aparece quizá la parte más actual de su legado. La diplomacia mexicana que representó García Robles defendía principios como la solución pacífica de las controversias, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional y la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza. No se trataba de ingenuidad. En realidad, era una manera pragmática de reconocer que los países con menor poder militar también podían influir en la seguridad internacional si actuaban mediante normas, coaliciones y acuerdos.
En un escenario contemporáneo marcado nuevamente por tensiones entre potencias nucleares, guerras prolongadas y un renovado debate sobre los límites del armamento estratégico, aquella lección conserva una fuerza especial. La paz no se construye de un día para otro ni mediante discursos solemnes. A veces comienza con algo menos espectacular: una mesa de negociación, un tratado y la voluntad de insistir cuando abandonar parece más sencillo.
La muerte de García Robles puso fin a una vida dedicada a la política internacional, pero no a la vigencia de su obra. Como recordó la Conferencia de Desarme de las Naciones Unidas tras su fallecimiento, su contribución al Tratado de Tlatelolco fue un ejemplo de inteligencia, tacto y perseverancia. Quizá ahí se encuentre la mejor manera de recordarlo: no como una figura congelada en los libros de historia, sino como la prueba de que México alguna vez consiguió transformar una amenaza mundial en una oportunidad para defender, mediante el derecho, la seguridad de toda una región.


