El Día Mundial del Hermano invita a mirar más allá de las fotografías familiares y reconocer una relación que, entre juegos, rivalidades y afectos, puede convertirse en una escuela cotidiana de empatía, negociación y convivencia.
Cada 5 de septiembre se conmemora en numerosos países el Día Mundial del Hermano, una fecha que busca poner en primer plano uno de los vínculos familiares más prolongados de la vida. La jornada está asociada al aniversario de la muerte de Teresa de Calcuta, ocurrida el 5 de septiembre de 1997, y suele extender la idea de hermandad más allá de los lazos de sangre. No se trata, sin embargo, de una celebración internacional establecida por Naciones Unidas, sino de una efeméride adoptada de manera amplia en distintos lugares.
La fecha ofrece una oportunidad para observar algo que suele pasar inadvertido: antes de aprender a relacionarnos con compañeros, amigos o parejas, muchos niños ensayan buena parte de esas habilidades dentro de casa. Un hermano puede ser compañero de juegos, rival por el control remoto, aliado ante los padres o la primera persona con quien se aprende que compartir no siempre resulta sencillo.
La psicología del desarrollo ha encontrado razones para tomar en serio esas experiencias. Una investigación publicada en Child Development, que siguió a 201 familias durante dos años, encontró que, durante la transición hacia la adolescencia, los momentos caracterizados por mayor calidez y menor conflicto entre hermanos se asociaban con mayores niveles de empatía. El hallazgo resulta especialmente interesante porque se observó incluso después de considerar otros factores familiares, como la respuesta de los padres.
La evidencia más reciente refuerza esa relación, aunque introduce un matiz importante. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 en Personal Relationships analizó 118 efectos procedentes de 26 muestras, con 6.665 participantes. Sus autores encontraron una asociación positiva entre la calidad de la relación entre hermanos y la empatía. La conclusión no dice que tener hermanos convierta automáticamente a una persona en más empática; lo decisivo parece estar en la calidad y naturaleza de las experiencias compartidas.
Y es que convivir también significa negociar. Hay que decidir quién usa primero un objeto, quién elige el programa de televisión o cómo repartir una responsabilidad doméstica. Esas pequeñas disputas, cuando no se transforman en violencia o humillación, pueden convertirse en oportunidades para aprender a defender una posición, escuchar la del otro y buscar un acuerdo.
Una revisión publicada en 2026 en Developmental Review, que reunió 57 estudios sobre el manejo de conflictos entre hermanos durante la infancia y la adolescencia, identificó la negociación y el compromiso entre las estrategias más estudiadas. Los investigadores advierten, no obstante, que todavía existen vacíos para comprender procesos como la reparación emocional y el establecimiento de límites. La discusión familiar, por tanto, no es necesariamente un problema; importa cómo se desarrolla y cómo termina.
La diferencia es fundamental. La investigación también ha encontrado que una relación marcada por hostilidad persistente puede convertirse en un factor de riesgo. Un metaanálisis de 34 estudios, con más de 12.000 niños y adolescentes, publicado en Clinical Psychology Review, relacionó una mayor calidez entre hermanos con menos problemas emocionales y conductuales, mientras que un mayor nivel de conflicto se vinculó con más dificultades de este tipo.
Con los años, además, el vínculo cambia. Un estudio longitudinal publicado en Developmental Psychology siguió relaciones fraternales desde aproximadamente los 7 hasta los 30 años y encontró que el conflicto tiende a disminuir durante la adolescencia y a estabilizarse en la adultez joven, mientras que la intimidad puede recuperar fuerza después de la adolescencia. La distancia, los estudios, el trabajo, las parejas y la formación de nuevas familias modifican la convivencia, pero no necesariamente borran el vínculo.
Por eso, celebrar a un hermano no tendría que reducirse a un mensaje en redes sociales. Puede ser una llamada, una conversación pendiente o simplemente el reconocimiento de que detrás de muchas discusiones infantiles hubo también aprendizajes que acompañaron toda una vida.
La verdad es que los hermanos no siempre son nuestros mejores amigos. A veces ocurre lo contrario. Pero precisamente en esa mezcla de afecto, competencia, memoria compartida y diferencias está buena parte de su importancia psicológica. La familia puede ser el primer lugar donde aprendemos que convivir significa ceder algunas veces, poner límites otras y, cuando vale la pena, volver a acercarnos.


