Nacido el 7 de septiembre de 1912, David Packard convirtió junto con William Hewlett un pequeño taller de Palo Alto en una de las empresas tecnológicas más influyentes del siglo XX y dejó, además, una filosofía empresarial que todavía inspira a compañías de innovación.

Antes de que Silicon Valley se convirtiera en sinónimo mundial de tecnología, inteligencia artificial y empresas nacidas en garajes, hubo una generación que comenzó a construir aquella cultura casi sin saberlo. David Packard fue una de sus figuras centrales. Nació el 7 de septiembre de 1912 en Pueblo, Colorado, y desde muy joven mostró inclinación por la ciencia y la ingeniería.

En 1930 llegó a Stanford University, donde conoció a William Hewlett. La amistad entre ambos terminó convirtiéndose en una sociedad empresarial que cambiaría la industria electrónica. En 1939 fundaron Hewlett-Packard con apenas 538 dólares y comenzaron a trabajar en un garaje de Palo Alto. El Departamento de Defensa de Estados Unidos confirma esos datos y recuerda que los primeros productos estuvieron relacionados con instrumentos electrónicos de medición.

Aquel pequeño espacio terminaría convertido en uno de los grandes símbolos del emprendimiento tecnológico estadounidense. Hewlett-Packard no nació intentando conquistar el mercado mundial. Sus fundadores buscaban fabricar productos técnicamente útiles y encontrar oportunidades donde pudieran aportar conocimiento. El primer gran éxito fue un oscilador de audio, utilizado incluso por Walt Disney Studios durante la producción de la película «Fantasía».

Pero la importancia de Packard no estuvo únicamente en los productos. Su verdadera influencia apareció en la manera de organizar una empresa. Junto con Hewlett desarrolló lo que posteriormente sería conocido como el «HP Way», una filosofía basada en la confianza, la iniciativa individual, el trabajo en equipo, la descentralización y la cercanía entre directivos y empleados.

El Computer History Museum ha documentado que aquella cultura empresarial se convirtió en un modelo para numerosas compañías de Silicon Valley. Una de sus prácticas más conocidas fue la llamada gestión por objetivos, mediante la cual los trabajadores recibían metas claras pero disponían de margen para decidir cómo alcanzarlas. Packard también practicaba la «gestión caminando», recorriendo las instalaciones y conversando directamente con los empleados.

La idea resultaba poco convencional para una época en la que muchas grandes empresas funcionaban con estructuras jerárquicas rígidas. Packard prefería organizaciones más pequeñas, responsables y capaces de reaccionar rápidamente. Según ha relatado el diario Los Angeles Times, esa combinación de descentralización, comunicación abierta e iniciativa individual terminó convirtiéndose en una referencia para la cultura empresarial de Silicon Valley.

Su trayectoria tampoco se limitó al mundo corporativo. Packard dejó temporalmente Hewlett-Packard para ocupar el cargo de subsecretario de Defensa de Estados Unidos entre 1969 y 1971. Después regresó a la empresa y continuó vinculado a su dirección durante años. En 1988 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, uno de los mayores reconocimientos civiles del país.

Sin embargo, quizá la parte más duradera de su legado apareció después, cuando decidió dedicar una porción importante de su patrimonio a la investigación y al servicio público. En 1964, David y Lucile Packard crearon la fundación que lleva sus nombres. Con el tiempo, sus recursos financiaron iniciativas relacionadas con ciencia, ingeniería, salud, educación, conservación y desarrollo comunitario.

En 1988, la Fundación Packard creó las becas para científicos e ingenieros jóvenes con una idea particularmente cercana al pensamiento de su fundador: permitir que investigadores prometedores tuvieran libertad para asumir riesgos y explorar problemas difíciles. Actualmente, la fundación señala que el programa ha destinado más de 500 millones de dólares a 710 científicos e ingenieros.

Packard entendía que la innovación empresarial no aparecía de la nada. Dependía de universidades, laboratorios y generaciones de investigadores capaces de trabajar durante años en preguntas que quizá todavía no tenían una aplicación comercial evidente. Esa convicción explica buena parte de su apuesta filantrópica por la ciencia.

La verdad es que su historia resulta especialmente interesante porque Silicon Valley suele contar sus éxitos como si hubieran nacido únicamente de una buena idea y un garaje. El caso de Packard muestra algo más complejo. Detrás de aquel garaje había formación universitaria, investigación, redes de conocimiento, disciplina empresarial y una cultura que concedía valor a las personas capaces de experimentar.

David Packard murió en 1996, pero muchas de las prácticas que ayudó a establecer siguen presentes en el vocabulario empresarial moderno: autonomía, innovación, trabajo en equipo, investigación a largo plazo y confianza en el talento. Su mayor aportación quizá no fue haber construido una compañía gigantesca, sino haber demostrado que una empresa tecnológica podía intentar crecer sin abandonar por completo la curiosidad, la cercanía y el respeto por quienes hacían posible sus productos.