El Día Internacional de la Alfabetización recuerda que saber leer y escribir sigue siendo fundamental, pero en un mundo cada vez más digital también resulta indispensable adquirir las habilidades necesarias para acceder a la información, estudiar, trabajar y participar plenamente en la sociedad.

Cada 8 de septiembre, el mundo conmemora el Día Internacional de la Alfabetización, una fecha proclamada por la UNESCO en 1966 para recordar que aprender a leer y escribir no es únicamente una herramienta educativa, sino un derecho humano estrechamente vinculado con la dignidad, la autonomía y las oportunidades de las personas.

Casi seis décadas después, el significado de estar alfabetizado ha cambiado. Leer un texto, escribir correctamente y comprender información continúan siendo capacidades esenciales, pero ya no bastan para desenvolverse en buena parte de la vida cotidiana. Solicitar una cita médica, realizar un trámite gubernamental, buscar empleo, acceder a una cuenta bancaria o seguir una clase puede requerir hoy conocimientos digitales básicos.

Ahí aparece una nueva forma de desigualdad. La brecha digital no consiste únicamente en tener o no tener conexión a internet. También incluye la capacidad para utilizar dispositivos, encontrar información confiable, proteger los datos personales, comunicarse mediante herramientas digitales y aprovechar la tecnología para estudiar o trabajar.

La Unión Internacional de Telecomunicaciones estima que alrededor de 2.2 mil millones de personas todavía permanecen desconectadas de internet. La mayoría vive en países de ingresos bajos y medios, donde las diferencias de infraestructura, precio, habilidades y acceso a dispositivos dificultan una participación plena en la economía digital.

La UNESCO advierte que la transformación tecnológica puede ampliar las desigualdades cuando las personas carecen de las competencias necesarias para utilizarla. En ese escenario, una computadora o un teléfono inteligente no solucionan por sí mismos la exclusión. Tener una herramienta no significa necesariamente saber aprovecharla.

La situación puede observarse en algo tan cotidiano como buscar trabajo. Una persona puede tener un teléfono y acceso ocasional a internet, pero quedar fuera de determinadas oportunidades si no sabe elaborar un currículum digital, completar un formulario en línea, utilizar una plataforma de empleo o identificar una oferta fraudulenta.

Lo mismo ocurre con la educación. Los estudiantes que tienen conexión estable, dispositivos adecuados y acompañamiento para utilizar herramientas digitales parten con ventajas frente a quienes solamente pueden conectarse de manera limitada o carecen de las habilidades necesarias para aprovechar los recursos disponibles.

El problema tampoco desaparece en los países desarrollados. La digitalización de los servicios públicos y privados puede crear nuevas barreras para personas mayores, habitantes de zonas rurales, personas con bajos ingresos o quienes tienen una formación educativa limitada.

Por eso, la alfabetización del siglo XXI tiene que entenderse como un proceso continuo. No termina cuando una persona aprende a leer y escribir. También implica desarrollar la capacidad de comprender información, distinguir hechos de contenidos engañosos y utilizar responsablemente las tecnologías que forman parte de la vida diaria.

La llegada de la inteligencia artificial añade otra dimensión. Cada vez más personas utilizan sistemas capaces de generar textos, imágenes, traducciones o respuestas en cuestión de segundos. Pero estas herramientas también pueden producir información incorrecta y contenidos manipulados. Sin habilidades para evaluar lo que reciben, los usuarios corren el riesgo de convertirse en consumidores pasivos de información.

La UNESCO ha insistido en la importancia de desarrollar competencias digitales y mediáticas que permitan a las personas participar de manera crítica y segura en sociedades cada vez más tecnológicas. La alfabetización, en ese sentido, deja de ser únicamente una cuestión de aulas y libros para convertirse también en una herramienta de ciudadanía.

El desafío es particularmente grande en los países en desarrollo. Cuando la falta de infraestructura se combina con bajos niveles educativos y escasas oportunidades de capacitación, la brecha tecnológica puede terminar reforzando la pobreza existente. Quien no puede acceder a la educación digital tiene más dificultades para incorporarse a empleos que exigen esas capacidades, y esa desventaja puede transmitirse de una generación a otra.

Sin embargo, la tecnología también ofrece una oportunidad. Plataformas educativas, bibliotecas digitales, cursos gratuitos y servicios públicos en línea pueden acercar conocimientos a comunidades que durante décadas tuvieron un acceso limitado a determinados recursos. El problema está en garantizar que esas herramientas lleguen a quienes más las necesitan y que existan condiciones para utilizarlas.

La alfabetización, por tanto, no debería medirse únicamente por cuántas personas saben leer y escribir. También importa cuántas pueden comprender lo que leen, utilizar información para tomar decisiones y desenvolverse con autonomía en un entorno cada vez más digital.

Y es que la exclusión del futuro puede comenzar con algo tan sencillo como no saber utilizar una plataforma, no poder verificar una información o no comprender un trámite electrónico. En una sociedad donde cada vez más derechos, servicios y oportunidades pasan por una pantalla, aprender a utilizarla de manera crítica y segura se vuelve una cuestión de igualdad.

El Día Internacional de la Alfabetización recuerda precisamente eso: ningún avance tecnológico debería convertir el conocimiento en un privilegio. La verdadera transformación digital solo será inclusiva cuando las personas no tengan que elegir entre quedarse al margen o dominar herramientas para las que nunca tuvieron oportunidad de prepararse.