España toca mínimos en PISA y vuelve a abrir el debate educativo

Los estudiantes españoles obtienen 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, resultados que se encuentran entre los más bajos de la serie y que reflejan un retroceso especialmente acusado frente a 2022.

Los resultados de PISA 2025 vuelven a colocar a la educación española frente al espejo. Los alumnos de 15 y 16 años obtuvieron 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, cifras significativamente inferiores a los promedios de la OCDE en las tres competencias.

El diagnóstico resulta incómodo, aunque necesita contexto. España no es un caso aislado: el rendimiento educativo también ha descendido de forma importante en numerosos países desarrollados. La OCDE registró en 2025 sus promedios más bajos de la serie en lectura y matemáticas, mientras que uno de cada cinco estudiantes de los países miembros presenta un rendimiento bajo en las tres áreas evaluadas.

En España, sin embargo, la caída ha sido especialmente visible. El propio Ministerio de Educación reconoce que los resultados de 2025 son inferiores a los de 2015 y se encuentran entre los más bajos registrados hasta ahora en las tres materias. En comparación con 2015, el porcentaje de estudiantes españoles por debajo del nivel básico aumentó 15 puntos porcentuales en lectura, 11 en matemáticas y seis en ciencias.

La lectura es quizá uno de los datos que más llaman la atención. Los 451 puntos obtenidos por España quedan diez puntos por debajo de los 461 de promedio de la OCDE y reflejan una pérdida significativa de capacidades relacionadas con la comprensión y el análisis de textos.

La OCDE ha advertido que el deterioro de la competencia lectora afecta especialmente a capacidades cada vez más importantes en la era digital, como comparar información procedente de distintas fuentes, evaluar su fiabilidad y extraer conclusiones a partir de textos complejos. En otras palabras, ya no basta con leer rápido. Hay que entender qué se está leyendo.

El organismo internacional también detectó un incremento de la llamada «lectura apresurada», en la que los estudiantes avanzan rápidamente por los textos, pero cometen errores de comprensión. Entre 2018 y 2025, esta conducta prácticamente se duplicó a escala de los países participantes.

Las matemáticas tampoco ofrecen un respiro. España consiguió 457 puntos, seis menos que el promedio de la OCDE y seis menos que la media de la Unión Europea. Además, el porcentaje de estudiantes que no alcanza el nivel básico aumentó respecto de 2015.

Este resultado no significa simplemente que los alumnos hayan olvidado operaciones o fórmulas. PISA mide la capacidad para utilizar conocimientos matemáticos con el objetivo de resolver problemas de la vida real. La cuestión, por tanto, está también en interpretar una situación, elegir una estrategia y aplicar los conocimientos adecuados para llegar a una solución.

En ciencias, España obtuvo 477 puntos frente a los 482 de promedio de la OCDE y los 481 de la Unión Europea. La caída también es significativa, aunque el panorama internacional es diferente al de lectura y matemáticas: el promedio de ciencias de la OCDE se mantuvo relativamente estable entre 2022 y 2025.

Las diferencias dentro de España añaden otra capa al debate. Madrid consiguió las mejores puntuaciones del país en ciencias y matemáticas y ocupó la segunda posición en lectura, a solo dos puntos de Asturias. Estos contrastes muestran que el rendimiento no es homogéneo entre las comunidades autónomas y que existen diferencias importantes en los resultados obtenidos por los estudiantes.

Pero atribuir todo el retroceso a una sola causa sería un error. La evaluación no permite concluir que la LOMLOE sea responsable de los resultados, aunque PISA 2025 sea la primera edición cuyos resultados se conocen después de la implantación completa de esta reforma educativa. La propia naturaleza del estudio obliga a tener cautela con las explicaciones simplistas.

Lo mismo ocurre con el debate sobre los teléfonos móviles y las pantallas. La OCDE sí encontró una relación entre la distracción digital y peores resultados académicos: más de uno de cada cuatro estudiantes afirmó que sus compañeros se distraían con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de ciencias. Sin embargo, eso no significa que el móvil sea por sí solo responsable del deterioro educativo.

El organismo internacional recomienda un uso cuidadoso y moderado de las herramientas digitales. También advierte que la inteligencia artificial puede ser útil para aprender cuando se utiliza con objetivos concretos y cuando los estudiantes reciben formación para evaluar la calidad de la información generada.

Hay, además, un dato que conviene no perder de vista. España presenta resultados relativamente favorables en materia de equidad educativa. La diferencia de rendimiento asociada al nivel socioeconómico es menor que la media de la OCDE y de la Unión Europea. El sistema tiene problemas de rendimiento, pero no todos ellos pueden explicarse por una desigualdad extrema entre estudiantes.

El alumnado español también declara niveles de perseverancia superiores a los promedios de la OCDE y de la Unión Europea. Su índice de perseverancia alcanza 0,26, frente a 0 en la OCDE. Asimismo, el sentido de pertenencia al centro educativo es elevado en comparación internacional.

Estos datos complican, afortunadamente, cualquier diagnóstico demasiado sencillo. Los estudiantes españoles no aparecen como una generación sin interés por aprender ni como jóvenes incapaces de esforzarse. El problema parece encontrarse en la combinación de múltiples factores que terminan reflejándose en las competencias básicas.

La pandemia forma parte de ese contexto, pero tampoco explica por sí sola toda la trayectoria. La OCDE señala que en muchos países el deterioro de la lectura comenzó antes de la COVID-19. En España, además, la evolución negativa respecto de 2015 muestra que estamos ante un problema acumulativo.

La pregunta importante, por tanto, no es únicamente por qué España ha obtenido una mala puntuación. Es qué medidas pueden revertir una tendencia que lleva varios ciclos manifestándose.

Mejorar la comprensión lectora, recuperar competencias matemáticas y reforzar el aprendizaje científico requiere tiempo, estabilidad y políticas capaces de sostenerse más allá de una legislatura. También exige mirar qué hacen los sistemas educativos que consiguen mejorar mientras otros retroceden.

La OCDE apunta hacia algunas líneas comunes: concentrar los esfuerzos en menos objetivos pero trabajarlos con mayor profundidad, apoyar a los docentes, implicar a las familias y ofrecer ayuda específica a los alumnos y centros que más la necesitan.

Y es que PISA no mide la inteligencia de los estudiantes ni puede determinar por sí sola el futuro de una generación. Evalúa cómo aplican sus conocimientos y capacidades ante problemas y situaciones concretas. Pero cuando los resultados caen durante años y las competencias básicas muestran señales de debilidad, ignorar el aviso sería todavía más preocupante que la propia puntuación.

España tiene ahora tres años hasta la próxima gran referencia internacional. El reto no consiste en conseguir que una tabla de clasificación se vea mejor, sino en lograr que un adolescente pueda comprender un texto complejo, interpretar correctamente un problema matemático y utilizar el conocimiento científico para tomar decisiones razonadas. Ahí, más que en cualquier ranking, estará la verdadera medida de la recuperación educativa.