A un cuarto de siglo de los atentados de 2001, México recuerda a las víctimas y a los connacionales que murieron en Nueva York, pero también las profundas consecuencias que aquella tragedia dejó en la seguridad, la migración y la relación con Estados Unidos.
Han pasado 25 años y, aun así, el 11 de septiembre de 2001 conserva una capacidad particular para detener el tiempo. Las imágenes de las Torres Gemelas, los aviones impactando contra los edificios y las calles cubiertas de polvo siguen formando parte de la memoria colectiva. Este viernes, México volvió a mirar hacia aquella mañana durante la ceremonia realizada en la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México.
La representación diplomática estadounidense rindió homenaje a las 2,977 víctimas de los atentados. La ceremonia incluyó cuatro ofrendas florales, una por cada avión secuestrado aquel día, y momentos de silencio para recordar a quienes murieron en Nueva York, el Pentágono y Pensilvania.
De acuerdo con información difundida por El Economista, que dio seguimiento a la ceremonia, el acto también permitió recordar la participación de los rescatistas mexicanos que viajaron a Nueva York después de los ataques. Entre ellos estuvieron integrantes de Topos Azteca, cuya labor se convirtió en uno de los símbolos de solidaridad entre ambos países.
La historia de aquellos rescatistas no fue sencilla. Según el mismo medio, Javier Correa, integrante de Topos Azteca Nueva York, recordó que algunos miembros de la brigada enfrentaron dificultades durante las labores de rescate. Un grupo permaneció en la ciudad hasta el 3 de octubre de 2001.
Ese episodio resulta especialmente significativo porque México no fue un espectador distante de la tragedia. La dimensión humana del 11-S también alcanzó a comunidades mexicanas que tenían familiares, amigos y trabajadores en Nueva York.
Los registros oficiales citados por el Instituto Nacional de Migración señalan que 15 mexicanos se encontraban entre las víctimas mortales del ataque. La cifra ha sido retomada durante años por medios mexicanos y por autoridades, aunque existe un margen de incertidumbre relacionado con trabajadores migrantes cuya situación documental dificultó su identificación.
El impacto tampoco terminó con el derrumbe de las Torres Gemelas. El Instituto Nacional de Migración ha documentado que trabajadores migrantes que participaron en las labores de limpieza y remoción de escombros enfrentaron posteriormente enfermedades relacionadas con su exposición. Es una parte menos conocida de la tragedia, pero ayuda a comprender por qué sus consecuencias se extendieron mucho más allá de aquel día.
La huella mexicana también se puede medir desde Puebla. Medios como Telediario y Milenio han señalado que siete de los mexicanos fallecidos eran originarios de ese estado. Para muchas familias mexicanas, por tanto, el 11-S no representa únicamente un acontecimiento de la historia internacional: también es una pérdida ocurrida dentro de sus propias comunidades.
Pero quizá una de las transformaciones más profundas ocurrió en el terreno político y de seguridad. El 11-S modificó las prioridades de Washington y alteró la relación de Estados Unidos con el resto del mundo. Para México, el cambio fue particularmente relevante debido a la extensa frontera, los vínculos migratorios y comerciales y la estrecha relación entre ambas sociedades.
El País ha señalado, al revisar las consecuencias del atentado a 25 años de distancia, que Estados Unidos endureció sus controles de seguridad y vigilancia y emprendió una profunda transformación de su política exterior. En materia migratoria, la creación del Departamento de Seguridad Nacional en 2003 y la posterior reorganización de las instituciones encargadas de inmigración y control fronterizo modificaron de manera duradera la relación de los migrantes con el Estado estadounidense.
Para México, aquella transformación significó que asuntos que antes ocupaban un lugar central en la agenda bilateral, como la migración y una posible reforma migratoria, quedaron condicionados por las nuevas prioridades de seguridad de Washington. El propio análisis de El Economista sobre estos 25 años recuerda que el México de 2001 vivía un momento político y económico distinto, marcado por el entusiasmo de la alternancia democrática y por una relación con Estados Unidos que parecía avanzar hacia una mayor integración.
La historia tomó otro rumbo.
Hoy, un cuarto de siglo después, seguridad, migración y soberanía continúan siendo asuntos centrales en la relación entre los dos países. La cooperación bilateral se mantiene, pero también existen desacuerdos y tensiones. El contexto actual es distinto al de 2001, aunque muchas de las estructuras de seguridad creadas o reforzadas después de los atentados siguen influyendo en las decisiones de Washington.
Y es que recordar el 11-S no consiste solamente en volver a contar cómo cuatro aviones fueron secuestrados o cómo las Torres Gemelas terminaron convertidas en escombros. También significa mirar las consecuencias humanas que permanecieron después, las familias que perdieron a sus seres queridos, los migrantes que enfermaron tras trabajar entre los restos y los rescatistas que llegaron desde México para ayudar.
Veinticinco años después, la distancia temporal permite observar con mayor claridad una realidad que aquel día resultaba imposible dimensionar. El 11-S no solo cambió a Estados Unidos. También modificó las reglas de seguridad internacional, alteró las políticas migratorias y dejó una marca profunda en la relación entre México y su vecino del norte.
La ceremonia de este viernes recordó precisamente eso. Hay tragedias que terminan cuando cesa la emergencia; otras permanecen durante generaciones. El 11 de septiembre pertenece a la segunda categoría.


