La temporada de huracanes del Atlántico llegó a su punto máximo estadístico sin registrar todavía un solo huracán, una anomalía histórica que tiene en El Niño a uno de sus principales responsables.

La temporada de huracanes de 2026 está entrando en una etapa poco habitual. Hasta el 12 de septiembre, el Atlántico no ha producido ningún huracán, después de 103 días desde el comienzo oficial de la temporada. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos mantiene el registro en cinco tormentas tropicales y cero huracanes, con una actividad ciclónica acumulada muy por debajo de lo normal.

La demora resulta especialmente llamativa porque el 10 de septiembre marca, estadísticamente, el momento de mayor actividad de la temporada. Un día después, el Atlántico seguía sin generar un huracán. Los antecedentes más tardíos recientes correspondían a 2002 y 2013, cuando Gustav y Humberto, respectivamente, alcanzaron esa categoría el 11 de septiembre. En 2026, sin embargo, esa fecha pasó sin que apareciera un sistema comparable.

Y es que la tranquilidad no significa que el océano se haya vuelto incapaz de producir tormentas. De hecho, las temperaturas del Atlántico, el Caribe y el Golfo de México continúan ofreciendo parte del combustible necesario. El problema está arriba, en la atmósfera.

De acuerdo con la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, NOAA, El Niño es uno de los factores decisivos detrás de esta temporada excepcionalmente débil. El fenómeno se está fortaleciendo y el Centro de Predicción Climática señaló en septiembre que existe una probabilidad superior al 90 % de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales.

El mecanismo es relativamente sencillo, aunque sus consecuencias pueden ser enormes. El Niño modifica la circulación atmosférica a escala planetaria y aumenta la cizalladura vertical del viento sobre el Atlántico tropical. Dicho de manera más cotidiana, los vientos cambian de velocidad y dirección conforme aumenta la altura, como si una tormenta intentara organizarse mientras distintas capas de la atmósfera la empujan en sentidos diferentes.

Para un sistema tropical en desarrollo, esa situación puede ser devastadora. La cizalladura inclina y desorganiza las tormentas eléctricas que deberían concentrarse alrededor del centro de circulación. Sin esa estructura, resulta mucho más difícil que una perturbación acumule la energía necesaria para convertirse en huracán. NOAA explica que este es uno de los mecanismos por los que El Niño suele reducir la actividad ciclónica en el Atlántico.

Los números de este año reflejan con claridad ese efecto. El Centro Nacional de Huracanes contabiliza cinco tormentas tropicales hasta el 12 de septiembre, frente a un promedio histórico de siete huracanes por temporada. El índice de Energía Ciclónica Acumulada también se encuentra extraordinariamente bajo, con apenas 4,4 unidades, alrededor de 93 % por debajo del promedio de referencia para este periodo.

La tormenta tropical Edouard ofrece un buen ejemplo de lo difícil que ha sido para los sistemas sobrevivir. A finales de agosto y comienzos de septiembre alcanzó vientos máximos de aproximadamente 85 kilómetros por hora y se fortaleció mientras se aproximaba a la costa del noroeste del Golfo. Sin embargo, nunca llegó a convertirse en huracán y terminó debilitándose después de tocar tierra.

La situación contrasta con lo que ocurre al otro lado del continente. El Niño suele favorecer una mayor actividad de ciclones tropicales en el Pacífico oriental al reducir allí la cizalladura que normalmente limita su desarrollo. El Centro Nacional de Huracanes contabilizaba hasta el 12 de septiembre 14 tormentas con nombre en esa cuenca, cuatro huracanes y dos huracanes mayores. Es una diferencia notable frente al Atlántico y una muestra de cómo un mismo patrón climático puede tener efectos opuestos en distintas regiones.

Pero sería un error interpretar la temporada tranquila como una garantía de seguridad. La propia NOAA advierte que una temporada con poca actividad no impide que aparezca una tormenta peligrosa. Además, las condiciones que inhiben el desarrollo de los sistemas tropicales en el Atlántico central pueden ser menos efectivas cerca del Golfo de México, la costa sureste de Estados Unidos y otras zonas próximas a tierra.

La climatología también invita a mantener la cautela. Aunque septiembre concentra buena parte de la actividad de la temporada, todavía quedan semanas antes del cierre oficial el 30 de noviembre. En otras palabras, el reloj meteorológico no se ha detenido. Un solo sistema que encuentre una ventana favorable podría modificar rápidamente el balance de una temporada que hasta ahora parece extraordinaria.

Además, una tormenta no necesita convertirse en huracán para provocar daños graves. Las lluvias torrenciales pueden generar inundaciones repentinas y desbordamientos, incluso cuando los vientos permanecen por debajo de la fuerza de huracán. Edouard volvió a demostrarlo al producir precipitaciones intensas en Texas y Luisiana.

La paradoja es evidente. El Atlántico tiene aguas suficientemente cálidas para alimentar tormentas, pero la atmósfera está colocando obstáculos en su camino. Es precisamente esa combinación la que explica por qué una temporada que comenzó bajo la expectativa de actividad inferior a la normal ha llegado a septiembre con un récord de inactividad tan llamativo.

Según la actualización de NOAA sobre la temporada de huracanes de 2026, el escenario más probable continúa siendo una temporada por debajo de lo normal, precisamente por la influencia de El Niño. Sin embargo, el organismo también subraya que los pronósticos estacionales no permiten determinar con precisión dónde ni cuándo podría aparecer una tormenta.

Por ahora, el dato más contundente permanece intacto: al llegar el 12 de septiembre, el Atlántico sigue sin un huracán. La combinación de un océano todavía cálido y una atmósfera dominada por una fuerte cizalladura ha mantenido a raya a los sistemas tropicales. La temporada, sin embargo, aún no ha terminado, y en meteorología nunca conviene confundir una pausa extraordinaria con el final de la amenaza.