Washington y Ciudad de México buscan avanzar en un acuerdo bilateral que reduzca la presión arancelaria antes de las elecciones legislativas estadounidenses, aunque todavía persisten diferencias importantes sobre autos, acero, aluminio y la inversión china.

México y Estados Unidos han acelerado sus conversaciones comerciales con la intención de alcanzar un acuerdo antes de las elecciones legislativas de medio mandato del próximo 3 de noviembre. No existe una fecha límite formal, pero el calendario político estadounidense ha convertido las próximas semanas en un periodo especialmente relevante para ambas partes.

La negociación ocurre mientras el futuro del comercio norteamericano atraviesa un momento de incertidumbre. Washington y Ottawa mantienen una fuerte disputa arancelaria, mientras que México intenta preservar su acceso privilegiado al mercado estadounidense y evitar que la revisión del T-MEC termine afectando a sectores estratégicos de su economía.

Reuters informó, citando a seis personas familiarizadas con las conversaciones, que los dos gobiernos exploran un posible acuerdo bilateral provisional. México buscaría obtener alivio frente a algunos de los aranceles estadounidenses, mientras Washington pretende conseguir concesiones relacionadas con el contenido de los vehículos fabricados en México y con las inversiones procedentes de China.

El interés mexicano tiene una razón económica evidente. Estados Unidos es, por mucho, el principal destino de las exportaciones del país. La Secretaría de Economía informó en julio que alrededor del 85 por ciento de las exportaciones mexicanas mantenían entonces un arancel de cero hacia el mercado estadounidense, una ventaja que el Gobierno busca preservar durante la revisión del tratado.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que México quiere mantener el T-MEC y, al mismo tiempo, negociar condiciones que protejan sus intereses. Antes de su encuentro con el secretario estadounidense de Comercio, Howard Lutnick, la mandataria afirmó que su Gobierno no aceptará acuerdos que afecten la soberanía o la economía mexicana.

“Nuestro límite es la soberanía y aquello que consideramos que no debe ser negociable”, dijo Sheinbaum, según reportó La Jornada. La presidenta también ha reclamado una reducción de los aranceles aplicados al acero, el aluminio y los automóviles mexicanos.

El acercamiento entre ambos gobiernos se ha intensificado en las últimas semanas. Marcelo Ebrard, secretario de Economía, se reunió con Lutnick a comienzos de septiembre para abordar precisamente los aranceles sobre automóviles y acero. De acuerdo con Reuters, ambos funcionarios también hablaron sobre comercio bilateral y cooperación tecnológica.

La revisión no parte de cero. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos y la Secretaría de Economía mexicana ya han celebrado varias rondas de negociaciones. En ellas se han discutido reglas de origen, seguridad económica, agricultura, trabajo, medio ambiente, acero, aluminio y automóviles.

El sector automotriz se encuentra entre los asuntos más delicados. Washington aplica actualmente un arancel del 25 por ciento a los vehículos importados bajo las medidas adoptadas por la administración de Donald Trump. Otros socios comerciales de Estados Unidos han conseguido condiciones más favorables, lo que ha llevado a fabricantes y autoridades mexicanas a buscar un tratamiento similar.

Según Reuters, una de las posibilidades que se analizan es establecer para México un arancel automotor del 15 por ciento, acompañado de una reducción adicional vinculada al contenido estadounidense utilizado en los vehículos. La tasa efectiva podría ser todavía menor dependiendo de cómo se contabilicen esos componentes.

Pero ahí aparece uno de los principales obstáculos. Washington quiere que una mayor proporción de los componentes utilizados por los fabricantes mexicanos provenga de Estados Unidos, particularmente en áreas como motores, sistemas electrónicos y programas informáticos.

México se ha resistido a aceptar requisitos explícitos de contenido estadounidense, aunque funcionarios mexicanos han reconocido que existe margen para buscar mecanismos que incrementen la participación de insumos estadounidenses sin modificar de manera radical el funcionamiento de las cadenas productivas norteamericanas.

El acero y el aluminio representan otro frente complicado. México considera injustificados los aranceles estadounidenses y sostiene que las medidas afectan cadenas industriales profundamente integradas entre los tres países de América del Norte.

La crisis entre Washington y Ottawa ha añadido presión a la negociación. Estados Unidos y Canadá han endurecido sus respectivas medidas comerciales después del fracaso de sus conversaciones, una situación que México observa con cautela. La Secretaría de Economía ha insistido en que el objetivo mexicano sigue siendo preservar el acuerdo trilateral.

La presidenta Sheinbaum ha dicho que México quiere que Estados Unidos, Canadá y México permanezcan dentro del T-MEC porque la integración beneficia a las tres economías. Sin embargo, el Gobierno mexicano también ha dejado claro que no está dispuesto a asumir los costos de una disputa que corresponde a Washington y Ottawa.

La dimensión política tampoco puede ignorarse. Para la administración Trump, un acuerdo con México antes de las elecciones de medio mandato podría presentarse como un resultado favorable de su estrategia comercial. Para Sheinbaum, reducir la incertidumbre arancelaria ayudaría a enviar una señal de estabilidad a empresas e inversionistas en un momento en que la economía mexicana enfrenta importantes retos.

El propio calendario juega en contra. Las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre están cada vez más cerca y cualquier acuerdo tendría que superar todavía obstáculos técnicos y políticos. Además, las negociaciones forman parte de una revisión más amplia del T-MEC, cuyo futuro continúa sujeto a decisiones de los tres gobiernos.

El escenario, por tanto, está lejos de estar cerrado. México tiene incentivos para alcanzar un entendimiento rápido, pero también necesita evitar concesiones que debiliten su posición industrial. Estados Unidos, por su parte, busca reducir desequilibrios y fortalecer sus cadenas productivas frente a China, sin provocar una ruptura que termine perjudicando a sus propios fabricantes.

La carrera contra el calendario electoral ya comenzó. En las próximas semanas se sabrá si la presión política y económica es suficiente para convertir las conversaciones en un acuerdo concreto o si las diferencias sobre aranceles y reglas de origen terminan prolongando la incertidumbre comercial en América del Norte.