Hace 66 años, cinco países productores fundaron en Bagdad una organización que transformaría la relación entre los Estados, las grandes compañías petroleras y el mercado mundial del crudo, dejando una huella que todavía alcanza la economía y la geopolítica contemporáneas.
El 14 de septiembre de 1960, en Bagdad, cinco países productores de petróleo dieron un paso que en aquel momento parecía arriesgado: crear la Organización de Países Exportadores de Petróleo, conocida desde entonces como OPEP. Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela compartían una preocupación concreta. Sus economías dependían de un recurso estratégico, pero buena parte de las decisiones sobre su explotación, comercialización y precio permanecía en manos de grandes compañías petroleras internacionales.
La OPEP nació, por tanto, en un mundo energético muy distinto al actual. Las denominadas «Siete Hermanas», un grupo de grandes empresas petroleras occidentales, tenían una influencia extraordinaria sobre la industria. Los países productores buscaban mayor participación en las decisiones y mejores condiciones económicas. Según la propia OPEP, sus fundadores llegaron a Bagdad con intereses y prioridades diferentes, pero coincidieron en la necesidad de coordinar sus posiciones y defender su soberanía sobre los recursos naturales.
El cambio no fue inmediato. Durante sus primeros años, la organización tuvo que construir mecanismos de coordinación y ganar capacidad de negociación. Pero la balanza comenzó a inclinarse gradualmente. Investigaciones históricas de la Universidad de Oxford señalan que entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta se produjo un desplazamiento del poder relativo desde las grandes compañías hacia los Estados productores.
La ruptura más visible llegó en la década de 1970. La guerra árabe-israelí de 1973 desencadenó un embargo petrolero contra Estados Unidos y otros países, mientras los productores reducían la oferta. De acuerdo con la Reserva Federal de Estados Unidos, el precio del petróleo pasó de 2,90 dólares por barril antes del embargo a 11,65 dólares en enero de 1974, prácticamente cuatro veces más. La crisis golpeó la inflación, el crecimiento económico y la seguridad energética de los países consumidores.
Conviene, sin embargo, evitar una simplificación frecuente. El llamado «choque petrolero» no fue consecuencia de una sola decisión de la OPEP. El Departamento de Estado estadounidense ha documentado que también influyeron la pérdida de capacidad excedente, el debilitamiento del antiguo sistema de precios y la creciente participación de los gobiernos productores en sus industrias petroleras. El embargo fue, en ese sentido, el detonante de una transformación que ya venía desarrollándose.
A partir de entonces, el petróleo dejó de ser únicamente una mercancía. Se convirtió todavía más claramente en una herramienta de poder internacional. Los ingresos extraordinarios permitieron a los países productores financiar infraestructura, servicios públicos y proyectos de desarrollo, aunque también aumentaron su exposición a la volatilidad del mercado y a las tensiones geopolíticas. Para los países consumidores, la dependencia energética pasó a ser una cuestión de seguridad nacional.
La influencia de la OPEP tampoco significa que sus miembros hayan controlado siempre el precio del petróleo de manera absoluta. El mercado está condicionado por la producción de países que no pertenecen a la organización, por la demanda mundial, las reservas, las guerras, las sanciones, las decisiones de inversión y, más recientemente, por el crecimiento de otras fuentes de energía. El auge de la producción estadounidense de petróleo de esquisto, por ejemplo, modificó significativamente el equilibrio del mercado durante la última década.
La organización también evolucionó. En 2016, la OPEP y diez productores externos establecieron la llamada Declaración de Cooperación, dando forma a lo que hoy se conoce como OPEP+. Ese mecanismo amplió la coordinación entre productores y permitió adoptar acuerdos de producción en momentos de fuertes desequilibrios del mercado. En septiembre de 2026, siete países de OPEP+ continúan reuniéndose mensualmente para revisar las condiciones petroleras y ajustar su producción.
La transición energética plantea ahora un desafío diferente. La Agencia Internacional de Energía prevé que la demanda mundial de petróleo siga creciendo hacia el final de la década, aunque a un ritmo cada vez menor, impulsada en buena medida por economías emergentes y por usos petroquímicos. Al mismo tiempo, los vehículos eléctricos y la sustitución del petróleo en algunos sectores están modificando la estructura tradicional de la demanda.
Ahí se encuentra una de las paradojas de la OPEP en el siglo XXI. El mundo intenta reducir su dependencia de los combustibles fósiles, pero todavía necesita petróleo para transportarse, fabricar productos químicos, producir materiales y sostener numerosas actividades económicas. La transición no está ocurriendo de un día para otro.
Sesenta y seis años después de aquella reunión en Bagdad, la OPEP ya no es la organización pequeña de cinco países que comenzó su historia en 1960. Hoy reúne a 12 miembros y trabaja, además, con productores externos mediante OPEP+. Su poder tampoco es ilimitado. Pero su nacimiento modificó para siempre quién podía sentarse a negociar sobre el petróleo.
Ese quizá sea su legado más profundo. La OPEP no inventó la importancia estratégica del crudo, pero sí ayudó a cambiar quién tenía voz sobre uno de los recursos que más han definido la economía mundial. Mientras el planeta busca nuevas fuentes de energía, aquella disputa por el control del petróleo sigue proyectando su sombra sobre el presente.


