La cédula real del 21 de septiembre de 1551 creó la Universidad de México, antecedente histórico de la UNAM, y abrió en Nueva España un espacio institucional para transmitir el conocimiento universitario europeo, formar juristas, médicos y teólogos y consolidar una tradición académica que sobreviviría a la época colonial.
El 21 de septiembre de 1551 quedó marcado en la historia educativa de México. Ese día, en Toro, España, se expidió la cédula real que autorizó la creación de la Universidad de México. Conviene hacer una precisión desde el principio: no fue la primera universidad fundada en América, pues ya existían instituciones universitarias en otros territorios americanos. Lo que nació entonces fue la primera universidad de la Nueva España, una institución que con el tiempo sería reconocida como antecedente histórico de la actual Universidad Nacional Autónoma de México.
La iniciativa no apareció de repente. Según la cronología histórica de la UNAM, desde 1536 fray Juan de Zumárraga había planteado la necesidad de establecer una universidad en la capital novohispana. Posteriormente se sumaron autoridades civiles, entre ellas el virrey Antonio de Mendoza, hasta que la Corona española respondió favorablemente. La cédula de 1551 concedió a la nueva institución privilegios semejantes a los de la Universidad de Salamanca y ordenó que recibiera financiamiento de la Hacienda Real.
La universidad respondió a una necesidad concreta de la sociedad colonial. De acuerdo con la historiadora Clara Inés Ramírez González, investigadora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, las autoridades civiles y eclesiásticas buscaban formar personas capaces de ocupar funciones dentro de la administración del territorio. No se trataba únicamente de transmitir conocimientos: la institución también ayudaba a construir los cuadros intelectuales y administrativos de la sociedad novohispana.
Su modelo académico procedía de la tradición universitaria europea. La enseñanza estaba profundamente vinculada con la escolástica, corriente intelectual que organizaba el conocimiento mediante la lectura de autoridades, la argumentación lógica, la discusión y la interpretación de textos. Teología, filosofía, derecho y otras disciplinas se estudiaban dentro de una estructura en la que Iglesia y Corona tenían una presencia decisiva.
La organización académica fue tomando forma durante los primeros años. La documentación conservada por la UNAM registra facultades de Artes, Teología, Derecho Civil, Derecho Canónico y Medicina. La Facultad de Derecho de la UNAM señala que las primeras cátedras incluyeron Teología, Escritura, Cánones, Leyes, Artes, Retórica y Gramática. La medicina se incorporó como una de las facultades mayores, aunque su desarrollo fue distinto al de la enseñanza médica moderna.
También es importante corregir otra idea frecuente. La Universidad de México no comenzó a funcionar plenamente el mismo día de la expedición de la cédula. La tradición institucional sitúa su apertura en enero de 1553, pero investigaciones históricas de la propia UNAM han revisado esa cronología. El historiador Enrique González González ha señalado que las cédulas llegaron a México hasta febrero de 1553 y que las actividades académicas se organizaron posteriormente, con la creación de las distintas facultades durante ese mismo año.
La enseñanza médica, por ejemplo, no debe confundirse con la medicina universitaria contemporánea. Su formación estaba condicionada por los conocimientos científicos disponibles en el siglo XVI y por una estructura académica heredada de Europa. La enseñanza del derecho tenía igualmente un objetivo práctico: preparar especialistas capaces de interpretar y aplicar el complejo entramado jurídico de la monarquía hispánica.
Con el paso de los siglos, las aulas de la Universidad de México también estuvieron vinculadas con la producción intelectual de la Nueva España. El Instituto Nacional de Antropología e Historia destaca la presencia de personajes como Carlos de Sigüenza y Góngora y Juan Ruiz de Alarcón, cuyas obras forman parte de la historia cultural novohispana. La universidad fue, por tanto, espacio de formación, pero también escenario de circulación y discusión de ideas.
Su historia tampoco fue lineal. La institución atravesó transformaciones políticas y administrativas hasta su supresión en el siglo XIX. Décadas después, en 1910, la Universidad Nacional de México retomó esa tradición histórica bajo un proyecto diferente, vinculado con la modernización educativa del país. En 1929 obtuvo su autonomía y posteriormente adoptó el nombre de Universidad Nacional Autónoma de México.
Más de cuatro siglos separan aquella universidad colonial de la institución universitaria contemporánea. Las diferencias son enormes, pero existe una continuidad histórica reconocible. La cédula de 1551 inauguró en Nueva España una institución dedicada a organizar, transmitir y certificar conocimientos superiores. Desde entonces, la universidad se convirtió en una pieza fundamental de la vida intelectual mexicana.
La fecha, por ello, no solo recuerda un documento expedido hace 475 años. También permite observar cómo una sociedad colonial construyó sus propias instituciones de conocimiento y cómo, con el tiempo, aquella experiencia terminó formando parte de una tradición universitaria mucho más amplia, transformada por la Independencia, el liberalismo, la ciencia moderna y la autonomía académica.

