El 22 de septiembre de 1910 nació formalmente la Universidad Nacional de México, un proyecto educativo que buscaba reunir el conocimiento superior del país y que, diecinueve años después, encontraría en la autonomía una nueva forma de relacionarse con el Estado y con la sociedad.

Hay fechas que parecen pertenecer únicamente a los libros de historia, hasta que se observa todo lo que comenzó a construirse a partir de ellas. El 22 de septiembre de 1910, en plena celebración del Centenario de la Independencia, fue inaugurada solemnemente la Universidad Nacional de México. El acto ocurrió en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria y estuvo encabezado por el presidente Porfirio Díaz y el entonces secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra.

De acuerdo con el portal histórico de la UNAM, la institución quedó integrada inicialmente por las escuelas Nacional Preparatoria, de Jurisprudencia, de Medicina, de Ingenieros, de Altos Estudios y de Bellas Artes en lo correspondiente a la enseñanza de la arquitectura. No se trataba, por tanto, de comenzar desde cero, sino de reunir bajo una nueva estructura instituciones educativas que ya tenían trayectorias propias.

La idea tampoco apareció de manera repentina en 1910. Justo Sierra había defendido durante años la necesidad de crear una universidad nacional capaz de organizar y elevar la educación superior. La Ley Constitutiva fue expedida el 26 de mayo de aquel año y publicada días después. La inauguración de septiembre convirtió ese proyecto jurídico y educativo en una institución visible dentro del México porfiriano.

La visión de Sierra tenía una característica fundamental. La universidad debía ser una institución de Estado, pero contar con condiciones que le permitieran desarrollar sus funciones con un margen considerable de autonomía. La Gaceta de la UNAM ha documentado que esa aspiración ya estaba presente en el pensamiento de Sierra y de Ezequiel A. Chávez, aunque en 1910 la institución todavía dependía estrechamente de las estructuras gubernamentales.

Ese punto permite entender mejor la relación entre el proyecto educativo juarista y el porfirista. El México del siglo XIX había avanzado hacia la secularización de la enseñanza y la construcción de instituciones públicas; durante el Porfiriato, Sierra intentó llevar esa transformación hacia una educación superior organizada alrededor de la ciencia, la formación profesional y la cultura. No fue una ruptura absoluta con el pasado, sino una nueva etapa de un proceso educativo que venía desarrollándose desde décadas anteriores.

La Universidad atravesó después los años turbulentos de la Revolución y la reorganización política del país. Y es que una institución universitaria no permanece aislada de la sociedad que la rodea. Los cambios políticos también modificaron su estructura, sus relaciones con el poder y la manera en que estudiantes y profesores entendían su papel dentro de México.

La tensión llegó a un punto decisivo en 1929. Una huelga estudiantil iniciada por un conflicto relacionado con el régimen de exámenes terminó convirtiéndose en una discusión mucho más amplia sobre el gobierno universitario y la relación de la institución con el Estado. Según el Archivo Histórico de la UNAM, el movimiento desembocó en el acuerdo para conceder la autonomía y en la expedición de una nueva Ley Orgánica.

La ley fue promulgada por el presidente Emilio Portes Gil el 10 de julio de 1929 y entró en vigor el 26 de julio. A partir de entonces comenzó formalmente la vida autónoma de la Universidad Nacional. Aquella autonomía, conviene recordarlo, no fue desde el primer momento idéntica a la concepción actual. Fue un proceso histórico que se fue ampliando y redefiniendo con el tiempo.

La transformación tuvo consecuencias profundas para la investigación. Estudios históricos de la propia UNAM señalan que después de 1929 comenzaron a consolidarse de manera más sistemática los esfuerzos de investigación, con la incorporación del Observatorio Astronómico Nacional y la creación de instituciones dedicadas a áreas como biología, geología y ciencias sociales. La Universidad dejó de ser únicamente un espacio para transmitir conocimientos y fortaleció progresivamente su función como generadora de ellos.

Hoy, 116 años después de aquella ceremonia, resulta difícil separar la historia de la Universidad Nacional de la propia construcción intelectual del México moderno. Sus aulas, laboratorios, bibliotecas y centros de investigación han acompañado transformaciones científicas, educativas y culturales que rebasaron con mucho el proyecto original de 1910.

La verdad es que la universidad no se construyó en un solo día. El 22 de septiembre fue el comienzo visible de una historia mucho más larga. Después llegaron las crisis, las reformas, la autonomía y una expansión científica que convirtió aquella institución concebida en tiempos del Porfiriato en uno de los principales espacios de producción y transmisión del conocimiento en el país.