El 22 de septiembre recuerda la lucha contra la leucemia mieloide crónica y una de las transformaciones más significativas de la oncología moderna, cuando comprender una alteración genética permitió convertir una enfermedad de pronóstico históricamente grave en una condición que hoy puede controlarse durante muchos años con terapias dirigidas.

El 22 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Leucemia Mieloide Crónica, una jornada internacional de sensibilización promovida por organizaciones de pacientes y vinculada simbólicamente con los cromosomas 9 y 22. La fecha no fue escogida al azar: precisamente en esos cromosomas ocurre la alteración genética que está en el centro de la enfermedad.

La leucemia mieloide crónica, conocida como LMC, es un cáncer de la sangre y de la médula ósea caracterizado por una producción anormal de células de la línea mieloide. Durante buena parte del siglo XX, las opciones terapéuticas eran limitadas y la evolución de la enfermedad podía conducir a fases avanzadas con consecuencias graves. La historia comenzó a cambiar cuando la investigación logró identificar con precisión uno de sus principales motores moleculares.

El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos explica que el llamado cromosoma Filadelfia aparece cuando se produce una translocación entre los cromosomas 9 y 22. Como consecuencia, segmentos de los genes ABL1 y BCR se fusionan y originan el gen BCR::ABL1. Este produce una proteína con actividad de tirosina-cinasa que envía señales anormales capaces de favorecer la proliferación de las células leucémicas.

La importancia de este descubrimiento fue enorme. Por primera vez, la investigación podía señalar una alteración molecular concreta y preguntarse si era posible bloquearla. La respuesta llegó con los inhibidores de tirosina-cinasa, medicamentos diseñados para interferir precisamente con esa señal anormal.

El imatinib se convirtió en el símbolo de esa transformación. Su desarrollo marcó un cambio de paradigma en la oncología porque no se limitaba a atacar indiscriminadamente las células que se dividen con rapidez, sino que estaba dirigido contra una alteración molecular característica de la LMC. Con el tiempo aparecieron otros inhibidores, entre ellos dasatinib, nilotinib, bosutinib y, posteriormente, asciminib.

Los resultados modificaron profundamente el pronóstico. Según el Instituto Nacional del Cáncer, para los pacientes con LMC en fase crónica las tasas de supervivencia general y supervivencia sin complicaciones a diez años superan el 90 % con los inhibidores de tirosina-cinasa utilizados actualmente. El organismo señala además que, para la mayoría de los pacientes, la supervivencia media proyectada puede aproximarse a la esperanza de vida normal.

Eso no significa que la enfermedad haya dejado de ser seria ni que todos los pacientes tengan la misma evolución. La respuesta al tratamiento debe vigilarse mediante estudios hematológicos y pruebas moleculares que permiten medir la cantidad de BCR::ABL1. También pueden aparecer resistencia, intolerancia o efectos adversos que obliguen a modificar la estrategia terapéutica.

Existe, además, otro concepto que ilustra hasta dónde ha llegado esta medicina de precisión. Algunos pacientes que mantienen una respuesta molecular profunda durante un periodo determinado pueden ser candidatos, bajo estricta supervisión médica, a intentar una remisión sin tratamiento. No se trata de suspender los medicamentos por cuenta propia ni de considerar curada la enfermedad, sino de una decisión clínica que requiere seguimiento molecular estrecho porque puede existir riesgo de recaída.

La verdad es que pocas historias de la medicina muestran con tanta claridad el valor de conocer la biología de una enfermedad. La LMC pasó de ser estudiada principalmente por sus manifestaciones clínicas a ser tratada también a partir de una alteración molecular identificable. El microscopio, la genética y la farmacología terminaron encontrándose en un mismo punto.

El Día Mundial de la Leucemia Mieloide Crónica sirve, por ello, para recordar algo más que una enfermedad. También permite observar cómo una investigación básica sostenida durante décadas puede terminar cambiando la vida cotidiana de miles de pacientes. Detrás de cada porcentaje de supervivencia hay personas que pueden continuar trabajando, formando una familia y haciendo planes a largo plazo mientras reciben un tratamiento que, hace apenas unas décadas, no existía.

La revolución todavía continúa. La aparición de nuevos inhibidores y las investigaciones destinadas a lograr respuestas más profundas muestran que la medicina de precisión no es un capítulo cerrado. En la LMC, comprender una alteración genética abrió una puerta que la oncología sigue intentando ampliar.