El 26 de septiembre, Naciones Unidas conmemora el Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares en un escenario marcado por el debilitamiento del control de armamentos, la modernización de los arsenales y nuevos riesgos tecnológicos que complican todavía más la estabilidad estratégica.

La fecha fue establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas para mantener en la agenda internacional el objetivo de eliminar las armas nucleares. La propia organización considera el desarme nuclear una de sus principales prioridades en materia de desarme. Sin embargo, la conmemoración de 2026 llega en un momento particularmente complejo: los mecanismos de control que durante décadas limitaron parte de la competencia nuclear entre las grandes potencias han perdido fuerza, mientras los Estados con arsenales atómicos continúan invirtiendo en su modernización.

El dato más significativo se encuentra en la magnitud del arsenal mundial. El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, SIPRI, estima que en enero de 2026 existían aproximadamente 12,187 armas nucleares en el mundo. De ellas, unas 9,745 se encontraban en arsenales militares potencialmente utilizables y alrededor de 4,012 estaban desplegadas con fuerzas operativas. Entre 2,100 y 2,200 permanecían en un estado de alta alerta operacional sobre misiles balísticos, principalmente pertenecientes a Estados Unidos y Rusia.

La cifra global continúa siendo inferior a la existente durante la Guerra Fría, pero esa reducción histórica puede resultar engañosa. SIPRI advierte que el ritmo de desmantelamiento de armas retiradas está disminuyendo, mientras aumenta el despliegue de nuevos sistemas. Los nueve Estados que poseen armas nucleares —Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel— mantuvieron programas de modernización durante 2025.

En otras palabras, el mundo todavía dispone de menos armas nucleares que hace décadas, pero varios de los Estados que las poseen están sustituyendo sistemas antiguos por otros más modernos. La diferencia es importante: desarmar no significa simplemente retirar un arma vieja, sino reducir de manera sostenida la capacidad nuclear disponible.

El deterioro del régimen de control de armamentos también es visible en los acuerdos internacionales. El 5 de febrero de 2026 expiró el tratado New START, que desde 2011 había establecido límites verificables para determinadas armas nucleares estratégicas estadounidenses y rusas. Con su desaparición, terminó el último acuerdo bilateral que imponía límites jurídicamente vinculantes a los arsenales estratégicos de las dos principales potencias nucleares.

La situación del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares tampoco ofrece demasiados motivos para el optimismo. La Conferencia de Examen del TNP celebrada entre abril y mayo de 2026 concluyó sin consenso sobre un documento final. Naciones Unidas confirmó que los Estados participantes no lograron alcanzar un resultado consensuado, después de que las conferencias de 2015 y 2022 tampoco hubieran conseguido acuerdo sobre la parte sustantiva de sus documentos finales.

El problema no consiste en que el TNP haya dejado de existir. El tratado continúa siendo el principal instrumento internacional destinado a impedir la proliferación de armas nucleares, promover el desarme y facilitar los usos pacíficos de la energía nuclear. Lo que se ha debilitado es la capacidad de los Estados para alcanzar acuerdos sobre cómo cumplir esos objetivos en un escenario internacional cada vez más fragmentado.

Mientras las negociaciones avanzan con dificultad, el gasto militar continúa creciendo. SIPRI calculó que el gasto militar mundial alcanzó 2.887 billones de dólares en 2025, un aumento real del 2.9 % respecto del año anterior. Estados Unidos, China y Rusia concentraron conjuntamente alrededor de la mitad del gasto militar mundial. SIPRI también señala que Estados Unidos incrementó durante 2025 sus inversiones tanto en capacidades nucleares como convencionales, mientras China continuó ampliando sus capacidades militares y su arsenal nuclear.

A esta competencia se añade un factor relativamente nuevo: la inteligencia artificial. Los sistemas de alerta temprana, análisis de información y mando y control pueden incorporar herramientas capaces de procesar enormes cantidades de datos a gran velocidad. Pero esa misma velocidad puede convertirse en un problema cuando una información incorrecta es interpretada como una amenaza real.

El SIPRI ha advertido que la integración de inteligencia artificial en sistemas relacionados con las fuerzas nucleares puede afectar áreas como la detección temprana de amenazas, la vigilancia, el análisis de inteligencia y los sistemas de mando y control. Entre los riesgos identificados se encuentran la falta de fiabilidad de determinadas salidas, la vulnerabilidad frente a ciberataques y la posibilidad de que sistemas automatizados procesen información defectuosa.

La preocupación no significa que una computadora pueda decidir por sí sola el lanzamiento de un arsenal nuclear. La cuestión es más amplia y quizá más inquietante: cuanto mayor sea la dependencia tecnológica de los sistemas estratégicos, mayor será la importancia de garantizar que las decisiones críticas puedan ser verificadas por seres humanos y sometidas a mecanismos de comunicación y comprobación.

La historia de la Guerra Fría ofrece numerosos ejemplos de falsas alarmas y errores de interpretación. Hoy, la tecnología puede detectar y procesar información con una velocidad incomparable, pero la velocidad no elimina la posibilidad del error. En determinadas circunstancias, incluso puede reducir el tiempo disponible para corregirlo.

El Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares llega, por tanto, en un momento contradictorio. El objetivo de un mundo sin armas nucleares permanece formalmente vigente en Naciones Unidas, pero los arsenales continúan modernizándose, los principales acuerdos bilaterales han perdido fuerza y las nuevas tecnologías introducen desafíos adicionales.

El desafío no consiste únicamente en contar cuántas armas existen. También implica reconstruir mecanismos de comunicación, transparencia, verificación y control capaces de reducir el riesgo de una escalada accidental o deliberada. En una época de bloques enfrentados, esa tarea resulta especialmente difícil. Precisamente por ello, la fecha que Naciones Unidas dedica al desarme recuerda que la estabilidad nuclear depende no solamente de las armas que los Estados poseen, sino también de las reglas que establecen para impedir que una crisis termine convirtiéndose en una catástrofe.