A 58 años de la matanza de Tlatelolco, miles de personas volvieron a caminar desde la Plaza de las Tres Culturas hasta el Zócalo de la Ciudad de México. La conmemoración reunió a sobrevivientes, estudiantes, organizaciones sociales y nuevas generaciones que mantienen vigente la exigencia de verdad y justicia, mientras los acontecimientos de la jornada de 2026 añadieron un nuevo capítulo a la discusión sobre el derecho a la protesta y el uso de la fuerza.
El 2 de octubre volvió a convertirse en una fecha de memoria pública. La marcha conmemorativa de 2026 reunió, de acuerdo con el balance del Gobierno de la Ciudad de México, a alrededor de ocho mil personas. El contingente partió de la Plaza de las Tres Culturas, recorrió Ricardo Flores Magón y Eje Central Lázaro Cárdenas y avanzó hacia el Zócalo capitalino.
La movilización fue encabezada por contingentes vinculados con el movimiento estudiantil, organizaciones sociales y sobrevivientes de 1968. También participaron jóvenes que, aunque nacieron décadas después de aquella noche, asumieron la fecha como parte de una memoria colectiva relacionada con las libertades democráticas, la protesta social y la exigencia de justicia.
El significado histórico de Tlatelolco tiene además un reconocimiento institucional que no existía en las primeras décadas posteriores a la tragedia. En 2024, el Estado mexicano reconoció oficialmente que los actos de violencia gubernamental perpetrados el 2 de octubre de 1968 constituyeron un crimen de lesa humanidad y ofreció una disculpa pública a las víctimas, sus familiares y la sociedad mexicana. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos respaldó entonces ese reconocimiento.
La cifra exacta de víctimas, sin embargo, continúa siendo una de las zonas más complejas de la historia de Tlatelolco. Por ello, resulta más preciso hablar de una cantidad que no ha podido establecerse definitivamente que reproducir una cifra única como si existiera consenso histórico sobre ella. La propia CNDH ha señalado que durante años persistieron incertidumbres sobre el número de víctimas directas e indirectas y sobre diversos aspectos de lo ocurrido.
La memoria de aquella tarde tampoco se limita a los acontecimientos de 1968. Durante la marcha de 2026 aparecieron referencias a otras causas contemporáneas, entre ellas la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, además de expresiones de solidaridad con distintas luchas sociales nacionales e internacionales.
Ese vínculo entre generaciones explica buena parte de la permanencia del 2 de octubre. Para quienes participaron directamente en el movimiento estudiantil, la conmemoración representa el recuerdo de compañeros asesinados, detenidos o perseguidos. Para quienes nacieron mucho después, Tlatelolco se ha convertido en una referencia histórica para discutir los límites del poder público, el derecho a manifestarse y la responsabilidad del Estado frente a las violaciones de derechos humanos.
Pero la jornada de 2026 también estuvo marcada por incidentes violentos. Las autoridades capitalinas informaron que un grupo de aproximadamente 200 personas, ajenas a la organización de la marcha, ocasionó daños en mobiliario urbano, estaciones del transporte público y establecimientos comerciales. También se registraron lanzamientos de objetos y daños en las inmediaciones de la estación Tlatelolco del Metro.
El balance oficial reportó 18 personas con lesiones menores atendidas en el lugar y un joven de 17 años que resultó gravemente lesionado en una mano después de que explotara un petardo que portaba. El joven fue trasladado a un hospital para recibir atención especializada.
También se denunciaron agresiones contra integrantes de la prensa durante la cobertura de los acontecimientos. Uno de los casos señalados públicamente fue el del reportero Iván Ortiz, de El Sol de México. La SSC informó que recabaría información para esclarecer una denuncia relacionada con una agresión contra un periodista en las inmediaciones de Tlatelolco.
Estos episodios abren una discusión distinta, aunque relacionada con el significado de la fecha. Recordar la represión de 1968 implica también preguntarse cómo se protege actualmente el derecho a la manifestación y cómo deben actuar las instituciones de seguridad cuando una protesta pacífica coincide con actos de violencia o vandalismo.
La existencia de grupos que provocaron daños durante la movilización no convierte a todos los participantes en responsables de esos actos. Del mismo modo, las denuncias contra elementos de seguridad deben investigarse individualmente y no pueden resolverse mediante conclusiones generales antes de conocer las circunstancias de cada caso.
Así, el 2 de octubre de 2026 dejó dos imágenes simultáneas. Por un lado, miles de personas caminando para recordar una tragedia ocurrida hace casi seis décadas. Por otro, una jornada en la que nuevamente aparecieron conflictos alrededor de la protesta, la actuación policial, la violencia y el ejercicio de las libertades públicas.
Tlatelolco permanece porque la historia no terminó aquella noche. La memoria de 1968 continúa interrogando al presente y, al mismo tiempo, obliga a distinguir entre recordar, investigar y juzgar. La exigencia de justicia histórica no se satisface únicamente con una ceremonia anual; requiere preservar los documentos, escuchar a las víctimas, esclarecer responsabilidades y garantizar que el derecho a la protesta pueda ejercerse dentro de un marco de respeto a los derechos de todos.
Cincuenta y ocho años después, la consigna sigue recorriendo las calles de la capital: el 2 de octubre no se olvida. Pero recordar también significa preguntarse qué aprendió México de aquella tragedia y qué debe hacer para que las libertades que entonces fueron reclamadas no dependan solamente de la memoria de quienes sobrevivieron.

