China está trasladando buena parte de su nueva infraestructura de computación hacia regiones rurales y occidentales, donde la disponibilidad de energía, terreno y condiciones climáticas favorables permiten sostener el enorme consumo que exige el desarrollo de la inteligencia artificial.

En las montañas de Guizhou, al suroeste de China, los centros de datos ya forman parte del paisaje. Algunos complejos tecnológicos ocupan enormes extensiones y, vistos desde fuera, podrían confundirse con parques industriales o incluso pequeñas ciudades. Dentro, sin embargo, miles de servidores trabajan de manera ininterrumpida para almacenar información y proporcionar la capacidad de procesamiento que necesita la nueva generación de aplicaciones de inteligencia artificial.

El caso de la Nueva Área de Guian resulta especialmente revelador. Allí, Huawei y otras compañías tecnológicas han instalado grandes infraestructuras de computación en una zona que hasta hace pocos años tenía un carácter predominantemente rural. El cambio ha llevado nuevas carreteras, comercios, universidades y empleos, aunque sus beneficios económicos a largo plazo todavía generan dudas entre algunos investigadores.

Y es que detrás de esta transformación existe una estrategia nacional. China puso en marcha en 2021 el programa conocido como “Datos del Este, Computación del Oeste”, diseñado para trasladar parte del procesamiento de información desde las regiones costeras, donde se concentran las principales empresas tecnológicas, hacia provincias del interior con mayor disponibilidad de energía y suelo.

La lógica es sencilla, aunque sus dimensiones son enormes. Entrenar y operar modelos avanzados de inteligencia artificial requiere cantidades crecientes de electricidad. Por eso, regiones como Guizhou, Mongolia Interior, Gansu y Ningxia se han convertido en puntos de interés para los operadores de centros de datos.

Guizhou ofrece además una combinación particularmente atractiva: temperaturas relativamente bajas, abundancia de terreno y una creciente capacidad de generación eólica y solar. De acuerdo con análisis de Rystad Energy difundidos durante 2026, China podría elevar su capacidad instalada de centros de datos desde unos 32 gigavatios al cierre de 2025 hasta alrededor de 60 gigavatios en 2030. El consumo eléctrico del sector también crecería con rapidez.

Una estimación más reciente de Wood Mackenzie publicada el 25 de agosto eleva todavía más la dimensión del desafío. La consultora calcula que el consumo eléctrico de los centros de datos chinos podría alcanzar 774 teravatios-hora en 2030, impulsado principalmente por las cargas de trabajo relacionadas con la inteligencia artificial. La cifra ilustra hasta qué punto la carrera tecnológica se está convirtiendo también en una carrera por la energía.

China pretende que los centros de datos recurran cada vez más a fuentes renovables. El objetivo oficial citado por distintos análisis es que el 80 por ciento de la electricidad utilizada por estas instalaciones proceda de fuentes renovables al final de la década. Para las provincias occidentales, donde existen grandes proyectos de generación eólica y solar, esa exigencia puede convertirse en una ventaja competitiva.

La estrategia también tiene una dimensión territorial. Los centros de datos pueden llevar inversiones e infraestructura a zonas que durante décadas estuvieron alejadas de los grandes polos económicos del país. La agencia AFP recogió testimonios de habitantes de Guian que aseguran haber encontrado oportunidades laborales más cerca de sus hogares y que observan una mayor actividad comercial en la zona.

Pero sería apresurado concluir que cada nuevo centro de datos se traduce automáticamente en prosperidad para la población local. La experiencia de Guizhou muestra una realidad más compleja.

Según investigadores del Instituto de Investigación para la Democracia, la Sociedad y las Tecnologías Emergentes, citado por AFP, la provincia ha registrado un crecimiento económico considerable durante la última década, pero ese avance no se ha reflejado en la misma proporción en los salarios. Para los especialistas, esto sugiere que las grandes inversiones en terrenos, edificios y equipos pueden tener un efecto más limitado sobre los ingresos de los habitantes.

Andrew Stokols, de la Universidad de Administración de Singapur, planteó a AFP otro de los grandes interrogantes: los centros de datos por sí solos no necesariamente producen una gran cantidad de empleos locales. La verdadera apuesta sería utilizarlos como una especie de ancla para atraer posteriormente empresas de tecnología, servicios especializados y nuevas actividades digitales.

Ese punto resulta fundamental. Un centro de datos puede parecer una gran inversión desde fuera, pero buena parte de su operación está automatizada y requiere personal altamente especializado. El verdadero impacto económico depende de lo que consiga desarrollarse alrededor de esas instalaciones.

Además, la expansión tiene un costo energético cada vez mayor. Rystad Energy calcula que los centros de datos podrían representar alrededor del 2,3 por ciento de la demanda eléctrica china en 2030. Wood Mackenzie, con una metodología y una previsión de consumo diferentes, proyecta una presión todavía mayor sobre el sistema eléctrico. Las diferencias entre ambas estimaciones muestran que existe incertidumbre sobre la velocidad con la que crecerá la demanda, pero ambas coinciden en algo esencial: la inteligencia artificial está modificando las necesidades energéticas de China.

El fenómeno tampoco es exclusivo de Guizhou. En Mongolia Interior, por ejemplo, ciudades como Ulanqab se han convertido en importantes polos de infraestructura digital. Según una investigación publicada por Wired, la localidad alberga ya numerosos centros de datos y busca aprovechar su clima frío y sus recursos energéticos para atraer nuevos proyectos de computación.

La ventaja del interior chino no se limita a la electricidad. Para determinadas tareas de inteligencia artificial, como el entrenamiento de modelos, la latencia de las comunicaciones puede ser menos determinante que el costo de disponer de grandes cantidades de energía y capacidad informática. Esto permite que algunas cargas de trabajo se ejecuten cientos de kilómetros lejos de las ciudades donde se encuentran las compañías que las utilizan.

China, además, está tratando la capacidad de cómputo como un asunto estratégico. Un reporte publicado por el portal oficial Digital China señala que cinco de los ocho centros nacionales de computación contemplados por la estrategia “Datos del Este, Computación del Oeste” se encuentran en regiones occidentales. El objetivo es construir una red nacional capaz de distribuir la capacidad informática allí donde sea más eficiente producirla.

En paralelo, Pekín prepara nuevas inversiones para ampliar esta infraestructura. Reuters informó en junio que el Gobierno chino estudiaba un programa de aproximadamente 2 billones de yuanes para construir una red nacional de centros de datos durante cinco años, como parte de su estrategia para acelerar el desarrollo de la inteligencia artificial y reducir su dependencia tecnológica del exterior.

La dimensión geopolítica es difícil de ignorar. Mientras China y Estados Unidos compiten por el liderazgo en inteligencia artificial, la disponibilidad de chips, electricidad, redes y centros de datos se ha convertido en una pieza fundamental de esa disputa. El poder de cómputo ya no es solamente una cuestión empresarial: cada vez está más relacionado con la capacidad industrial y tecnológica de un país.

Por eso, las montañas de Guizhou cuentan una historia que va mucho más allá de una provincia china en transformación. Allí se está ensayando una nueva geografía de la inteligencia artificial, en la que los grandes modelos no necesariamente se entrenan junto a los rascacielos y los principales centros financieros, sino cerca de las fuentes de energía, del suelo disponible y de las redes capaces de transportar enormes cantidades de datos.

La apuesta es ambiciosa y, por ahora, continúa avanzando. Sin embargo, queda una pregunta que China tendrá que responder a medida que multiplique sus instalaciones: si los centros de datos son presentados como motores del desarrollo regional, ¿hasta qué punto esa riqueza tecnológica terminará convirtiéndose en mejores ingresos y oportunidades duraderas para las comunidades que los reciben?