Las ciudades modernas han convertido la noche en una prolongación del día, pero la exposición constante a iluminación artificial puede alterar el reloj biológico, reducir la señal nocturna de melatonina y asociarse con problemas de sueño, salud mental y enfermedades cardiovasculares.
Durante miles de años, la llegada de la noche significó oscuridad. El cuerpo humano aprendió a reconocerla como una señal para descansar, reducir la actividad y preparar el organismo para el sueño. Hoy esa señal prácticamente ha desaparecido en muchas ciudades. Calles iluminadas durante toda la madrugada, escaparates, edificios, anuncios, teléfonos y lámparas LED mantienen nuestros ojos expuestos a luz cuando el organismo espera oscuridad.
El problema no consiste simplemente en dormir con una lámpara encendida. La luz nocturna actúa sobre mecanismos biológicos muy precisos. En la retina existen células sensibles a la luz que transmiten información al reloj circadiano situado en el cerebro. Cuando detectan iluminación, especialmente determinadas longitudes de onda, pueden reducir la producción de melatonina, una hormona relacionada con la regulación del sueño y del ciclo de vigilia.
Una revisión publicada en 2025 explica que estas células retinianas conectan directamente con el principal reloj circadiano del organismo y que la luz puede suprimir la secreción de melatonina dependiendo de su intensidad y composición espectral. El mismo análisis señala que la exposición a dispositivos luminosos antes de dormir puede afectar el inicio, la duración y la calidad del sueño.
Las luces LED han complicado todavía más el escenario. Son eficientes, duraderas y permiten iluminar grandes espacios con un consumo energético relativamente bajo. Por eso han transformado la iluminación urbana. Pero determinadas fuentes LED emiten una proporción importante de luz en el espectro azul, precisamente una de las características que puede ejercer una influencia considerable sobre el sistema circadiano.
Esto no significa que toda luz LED sea perjudicial ni que haya que apagar las ciudades al anochecer. La intensidad, el espectro, el horario y la duración de la exposición son factores determinantes. Una iluminación cálida, dirigida hacia el suelo y utilizada únicamente cuando resulta necesaria representa una situación muy distinta de una fuente intensa que permanece encendida toda la noche y entra directamente por las ventanas de las viviendas.
La preocupación científica va más allá del sueño. Una revisión publicada en 2025 en Kardiologia Polska encontró evidencia epidemiológica que relaciona la exposición a luz artificial nocturna con factores de riesgo cardiovascular como hipertensión, obesidad y diabetes, además de enfermedad cardiovascular. Los autores señalan que la alteración circadiana y la supresión de melatonina podrían formar parte de los mecanismos involucrados, aunque reconocen las dificultades para medir con precisión la exposición individual.
Un estudio publicado en JAMA Network Open en 2025 aportó datos especialmente llamativos. Los investigadores analizaron a 88.905 adultos del Reino Unido y compararon sus niveles de exposición luminosa durante la noche con la aparición posterior de enfermedades cardiovasculares. Las personas situadas en el grupo con mayor exposición nocturna presentaron mayores riesgos de enfermedad coronaria, infarto, insuficiencia cardíaca, fibrilación auricular y accidente cerebrovascular que quienes estuvieron expuestos a noches más oscuras.
La asociación no demuestra por sí sola que la luz nocturna sea la causa directa de esas enfermedades. Las investigaciones observacionales pueden detectar relaciones, pero no establecer automáticamente causalidad. Sin embargo, el resultado adquiere importancia porque coincide con una creciente literatura experimental y epidemiológica sobre la alteración del ritmo circadiano.
La salud mental tampoco queda al margen. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025 examinó 19 estudios que reunieron a más de 556.000 personas. Encontró asociaciones entre mayor exposición a luz nocturna y una mayor prevalencia de depresión, ansiedad y trastorno bipolar, aunque los autores señalaron diferencias según la forma de medir la exposición y pidieron más investigación.
La relación puede ser indirecta en algunos casos. Una noche demasiado iluminada puede retrasar el sueño o fragmentarlo. Dormir peor durante meses afecta la regulación emocional, el metabolismo y la capacidad de recuperación. De esta manera, la luz puede actuar como una pequeña perturbación repetida cada noche hasta convertirse en un problema mayor.
Y es que el organismo no entiende que la luz provenga de una farola, una pantalla o un anuncio publicitario. Para el sistema circadiano, la señal luminosa sigue siendo información ambiental. El cerebro recibe el mensaje de que todavía existe actividad diurna cuando el reloj interno espera oscuridad.
La Asociación Estadounidense del Corazón ha incorporado precisamente esta cuestión a su declaración científica sobre salud circadiana y cardiometabólica. La organización recomienda reforzar la exposición a luz natural durante el día y reducir la iluminación innecesaria durante la noche, porque la sincronización adecuada del reloj biológico forma parte de la salud metabólica y cardiovascular.
Esto plantea un desafío para las ciudades. La solución no pasa por regresar a calles oscuras ni por sacrificar la seguridad. Se trata de iluminar mejor. Farolas correctamente orientadas, menor intensidad cuando disminuye la actividad, sensores de movimiento, horarios adaptativos y temperaturas de color menos agresivas pueden reducir la exposición innecesaria.
La verdad es que la oscuridad también es un recurso ambiental. No solo pertenece a los astrónomos que buscan observar las estrellas. Forma parte del entorno biológico al que nuestro organismo se adaptó durante miles de años.
Quizá el progreso urbano no debería medirse únicamente por cuánta luz somos capaces de producir. También debería preguntarse cuánta necesitamos realmente. Una ciudad saludable no es necesariamente aquella que permanece iluminada como si fueran las tres de la tarde, sino aquella que sabe cuándo encender, cuándo reducir y, sobre todo, cuándo permitir que vuelva la noche.


