Fundada en Lima en 1551, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos nació bajo el orden intelectual de la monarquía y la Iglesia, pero atravesó los siglos hasta convertirse en un espacio decisivo para la formación de generaciones de pensadores, profesionales y protagonistas de la vida republicana.
Hay fechas que parecen pequeñas en un calendario y, sin embargo, contienen el germen de una transformación enorme. El 12 de mayo de 1551 es una de ellas. Ese día, mediante una Real Cédula expedida en Valladolid, el rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico autorizó la creación del Estudio General y Universidad de la Ciudad de los Reyes, en Lima. Con el tiempo se convertiría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, considerada la universidad más antigua de América que mantiene continuidad institucional desde el siglo XVI.
La propia Universidad Nacional Mayor de San Marcos explica que sus antecedentes se encuentran en los estudios generales desarrollados en el convento del Rosario de la orden de Santo Domingo. La iniciativa respondió a una necesidad muy concreta del mundo colonial: formar religiosos, juristas y funcionarios capaces de sostener la administración y la estructura social del virreinato. El conocimiento, por tanto, no era ajeno al poder. La universidad nació vinculada a él.
Su primera etapa estuvo profundamente marcada por la tradición escolástica. La Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos señala que los estudios filosóficos incluían materias como lógica, metafísica y filología latina, mientras que también existió una temprana cátedra de lengua quechua. Teología, Derecho y Artes ocuparon un lugar central en aquella formación. El saber se organizaba alrededor de una visión del mundo en la que la religión, la autoridad y la tradición tenían un peso determinante.
Pero la historia de una universidad no puede entenderse únicamente por las ideas que recibe. También importa aquello que ocurre cuando esas ideas empiezan a ser discutidas. Durante los siglos XVII y XVIII, el mundo hispánico entró en contacto con nuevas corrientes científicas y filosóficas. La Ilustración cuestionó certezas que durante mucho tiempo habían parecido inamovibles y abrió espacio para conceptos como razón, observación, progreso y reforma.
San Marcos vivió esas tensiones dentro de una sociedad todavía organizada bajo el régimen colonial. La transición no fue inmediata ni sencilla. Como muestran los documentos conservados por su Biblioteca Central Pedro Zulen, la institución acumuló durante siglos reales cédulas, ordenanzas virreinales y registros académicos que permiten observar su estrecha relación con las autoridades civiles y eclesiásticas. Al mismo tiempo, sus aulas se convirtieron en espacios donde circularon conocimientos y debates que terminarían desbordando los límites originales de la institución.
Es importante, sin embargo, evitar una simplificación frecuente: no puede afirmarse que San Marcos haya sido, por sí sola, la incubadora de la independencia peruana. La ruptura con España fue resultado de un proceso político, económico, social e intelectual mucho más amplio. Lo que sí puede sostenerse es que la tradición universitaria proporcionó una infraestructura intelectual fundamental para la formación de quienes participarían en la vida pública durante la transición del orden colonial a la República.
El propio recorrido histórico de San Marcos resulta revelador. Su archivo conserva documentos relacionados con el juramento de la independencia del Perú y con el posterior juramento al Congreso Constituyente. También registra el recibimiento académico a Simón Bolívar. Estos testimonios muestran a una institución que sobrevivió al derrumbe del sistema político que había contribuido a formar y que tuvo que encontrar un nuevo lugar dentro de la República.
La Universidad Nacional Mayor de San Marcos recuerda además que en 1571 el papa Pío V confirmó su fundación mediante una bula, otorgándole los títulos de Real y Pontificia. Tres años después adoptó oficialmente el nombre de San Marcos. Estos documentos son parte de su fondo colonial y, según la propia universidad, fueron incorporados al Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, una distinción que subraya su importancia como patrimonio documental.
La discusión sobre cuál fue exactamente la primera universidad de América requiere cierta precisión histórica. San Marcos es reconocida como la más antigua del continente por su fundación mediante autorización real en 1551 y por su continuidad institucional. Existen, no obstante, antecedentes universitarios vinculados a Santo Domingo cuya cronología y naturaleza jurídica han generado debates entre historiadores. Por ello, más que convertir la antigüedad en una competencia simbólica, lo relevante es comprender qué representa la permanencia de San Marcos.
Casi cinco siglos después, aquella institución nacida para responder a las necesidades de un imperio continúa funcionando como universidad pública y como centro de investigación y formación profesional. Su historia contiene una paradoja poderosa: nació dentro de un sistema jerárquico que buscaba preservar un orden determinado y terminó atravesando los procesos intelectuales y políticos que contribuyeron a transformarlo.
Quizá ahí esté su verdadera herencia. Una universidad no es solamente un edificio antiguo ni una colección de diplomas. Es, sobre todo, una conversación entre generaciones. En San Marcos esa conversación comenzó en el siglo XVI, pasó por la escolástica, enfrentó las nuevas ideas de la modernidad y acompañó el nacimiento de las repúblicas latinoamericanas. Desde entonces, sus aulas recuerdan una verdad sencilla pero profunda: el conocimiento puede nacer al servicio de un poder y, con el tiempo, convertirse también en una de las herramientas para cuestionarlo.


