El 1 de septiembre de 1715 murió Luis XIV en Versalles, después de 72 años en el trono, dejando una Francia poderosa y centralizada, pero también exhausta por las guerras, con las finanzas debilitadas y una sucesión dinástica inesperadamente frágil.
Hay muertes que parecen cerrar una época. La de Luis XIV fue una de ellas. Este 1 de septiembre se cumplen 311 años del fallecimiento del monarca que durante más de siete décadas convirtió su figura en el centro político, ceremonial y simbólico de Francia. El llamado Rey Sol murió en el mismo escenario que había utilizado para exhibir el poder de la monarquía ante Europa: el Palacio de Versalles.
Tenía 76 años y estaba a pocos días de cumplir 77. Según la información histórica del Palacio de Versalles, murió poco después de las ocho de la mañana, tras una agonía de aproximadamente una semana provocada por una gangrena que había avanzado desde una lesión en la pierna. Su cuerpo fue expuesto durante ocho días en el Salón de Mercurio y posteriormente trasladado a la basílica de Saint-Denis, la tradicional necrópolis de los reyes franceses.
Pero detrás de aquella escena solemne había una realidad mucho más incómoda. Luis XIV dejaba un reino que había alcanzado una enorme influencia internacional, aunque el precio de esa grandeza había sido considerable. La Guerra de Sucesión Española, librada entre 1701 y 1714, fue particularmente costosa. El propio Palacio de Versalles señala que, al término de aquel prolongado conflicto, Francia se encontraba agotada y cerca de la bancarrota.
La paradoja resulta difícil de ignorar. El monarca que convirtió la arquitectura en una herramienta de poder había construido una corte deslumbrante, mientras el Estado afrontaba las consecuencias de décadas de enfrentamientos. Versalles no fue únicamente un palacio de lujo. Como explica la institución que conserva el recinto, Luis XIV hizo de él una expresión deliberada de autoridad y trasladó allí, desde 1682, buena parte de la vida de la corte y del gobierno. El esplendor tenía, por tanto, una función política: mostrar quién mandaba.
También consiguió algo que marcaría profundamente la historia francesa: consolidar un Estado centralizado y una monarquía absolutista alrededor de su persona. Después de la muerte del cardenal Mazarino, en 1661, Luis XIV decidió no nombrar un nuevo ministro principal y asumió directamente la conducción de los asuntos del reino. Con ministros, secretarios de Estado y funcionarios, concentró las decisiones en torno a la Corona.
Sin embargo, esa concentración del poder reveló su principal debilidad precisamente cuando el rey desapareció. La sucesión resultó mucho menos sólida de lo que podía suponerse después de un reinado tan prolongado. Luis XIV había sobrevivido a varios de sus descendientes directos y, al morir, el trono pasó a su bisnieto, Luis XV, un niño de apenas cinco años.
La transición estuvo lejos de ser tranquila. De acuerdo con el Palacio de Versalles, Felipe II de Orleans, sobrino de Luis XIV, consiguió convertirse en regente después de que el Parlamento de París anulara el testamento del monarca. La corte abandonó Versalles y el centro efectivo del poder se desplazó temporalmente hacia París. En otras palabras, bastaron unas horas para que la estructura cuidadosamente organizada alrededor del Rey Sol comenzara a modificarse.
Hay una última ironía en aquella despedida. Durante sus últimos días, Luis XIV aconsejó al pequeño Luis XV que aliviara las cargas de su pueblo y evitara la guerra tanto como fuera posible. El propio monarca, cuya política exterior había estado marcada por numerosos conflictos, reconocía al final de su vida el costo que podían pagar los pueblos por las ambiciones de sus gobernantes.
HISTORY recuerda que Luis XIV transformó la monarquía francesa, impulsó las artes, fortaleció la posición internacional de Francia y convirtió Versalles en el escenario de una corte extraordinaria. Pero también señala que las guerras prolongadas y la salida de numerosos protestantes tras la revocación del Edicto de Nantes debilitaron al país durante las últimas décadas de su gobierno.
Por eso, 311 años después, la muerte del Rey Sol puede leerse como algo más que una fecha histórica. Su reinado dejó una lección que conserva una inquietante vigencia: un Estado puede parecer indestructible cuando todo gira alrededor de un líder, pero la verdadera fortaleza de una estructura política se pone a prueba cuando ese líder desaparece. Luis XIV murió en Versalles, rodeado de símbolos de grandeza. Francia, en cambio, tuvo que afrontar las cuentas pendientes de aquella grandeza y aprender a vivir sin el hombre que durante 72 años había sido prácticamente sinónimo del Estado.


