El 7 de septiembre de 1812, Napoleón y Mijaíl Kutúzov libraron cerca de Borodino una de las batallas más sangrientas de las Guerras Napoleónicas, un choque que dejó al ejército ruso en retirada, pero negó al emperador francés la victoria decisiva que necesitaba para cerrar la campaña.

Napoleón había entrado en Rusia con una fuerza gigantesca y una expectativa concreta: obligar al ejército imperial ruso a presentar batalla, derrotarlo y forzar al zar Alejandro I a negociar. Durante semanas, sin embargo, los rusos retrocedieron hacia el interior del país. El avance francés continuaba, pero cada kilómetro alejaba al Grande Armée de sus suministros y desgastaba a sus soldados.

La situación cambió el 7 de septiembre de 1812. Cerca de la localidad de Borodino, a unos 110 kilómetros al oeste de Moscú, el ejército ruso comandado por Mijaíl Kutúzov decidió plantar cara. Napoleón encontró finalmente la gran batalla que llevaba tiempo buscando. Lo que no encontraría sería la victoria completa que necesitaba.

El enfrentamiento fue extraordinariamente brutal. El National Army Museum de Londres lo considera el día individual más costoso de las Guerras Napoleónicas, con más de 70.000 bajas entre ambos bandos. La cifra exacta de muertos y heridos ha sido discutida por los historiadores, pero la magnitud de la carnicería está fuera de duda.

Los franceses lanzaron ataques sucesivos contra las posiciones rusas, mientras la artillería convirtió el campo de batalla en una extensión de humo, barro y cuerpos. Las defensas conocidas como los reductos de Bagration y la gran batería de Raevski se transformaron en puntos de resistencia particularmente sangrientos. Durante horas, las posiciones cambiaron de manos en medio de cargas de infantería y caballería.

Al final de la jornada, las tropas de Napoleón habían logrado avanzar y los rusos se retiraron. En términos estrictamente tácticos, el resultado podía presentarse como una victoria francesa. Pero la palabra «victoria» escondía un problema enorme: el ejército ruso no había sido destruido.

El objetivo de Napoleón no consistía simplemente en ocupar terreno. Necesitaba quebrar la capacidad militar de Rusia antes de que el clima, las distancias y la falta de suministros hicieran imposible mantener a su enorme ejército. Borodino no consiguió ese objetivo. El ejército ruso conservó suficiente fuerza para continuar la campaña y, al día siguiente, se retiró en dirección a Moscú.

Una semana después, Napoleón entró en la capital rusa esperando que su ocupación provocara una negociación. Encontró una ciudad abandonada y, en buena medida, incendiada. El National Army Museum señala que los rusos se negaron a negociar la paz y que la llegada del invierno, junto con la escasez de suministros, obligó finalmente a Napoleón a emprender una retirada desastrosa.

Ahí comienza a verse la verdadera importancia de Borodino. La batalla no fue por sí sola el principio del fin de la invasión, pero sí mostró el problema fundamental de la estrategia francesa: incluso una victoria extremadamente costosa no podía resolver la enorme distancia que separaba al ejército invasor de sus bases ni obligar a Rusia a rendirse.

Un análisis histórico del Ejército de Estados Unidos sobre la campaña de 1812 destaca precisamente este punto. Napoleón necesitaba una batalla decisiva que destruyera al ejército ruso, pero no consiguió aniquilarlo. Mientras tanto, las enfermedades, el agotamiento, las dificultades del terreno y la pérdida de caballos habían reducido progresivamente la capacidad de la Grande Armée.

La retirada posterior convirtió aquella supuesta victoria en una catástrofe. Cuando los franceses abandonaron Rusia, el ejército que había cruzado la frontera con una fuerza cercana al medio millón de hombres estaba reducido a una fracción de su tamaño inicial. El National Army Museum estima que apenas unos 20.000 soldados cruzaron de regreso la frontera hacia Prusia a mediados de diciembre.

La verdad es que Borodino no decidió por sí sola la campaña rusa, pero sí expuso su contradicción central. Napoleón podía ganar batallas y, al mismo tiempo, estar perdiendo la guerra. Cada kilómetro conquistado exigía mantener líneas de suministro cada vez más largas; cada victoria costaba hombres que Francia no podía reemplazar indefinidamente.

El 7 de septiembre quedó así como una fecha paradójica. En Borodino, Napoleón obtuvo el acceso a Moscú, pero no consiguió la derrota definitiva de Rusia. Entró en la ciudad más importante que había perseguido durante meses y terminó abandonándola semanas después. El campo de batalla había demostrado que el ejército francés todavía podía golpear con enorme fuerza. También había revelado que esa fuerza tenía límites.