La caída de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847 fue el resultado de una campaña militar cuidadosamente ejecutada por Estados Unidos, pero también de una defensa mexicana debilitada por la derrota previa, la falta de recursos y decisiones estratégicas controvertidas.

Cuando el ejército estadounidense llegó ante Chapultepec, la guerra ya estaba prácticamente decidida en el terreno. Desde su desembarco en Veracruz, las tropas comandadas por el general Winfield Scott habían avanzado hacia el corazón de México mediante una campaña que combinó movilidad, artillería y una cuidadosa selección de objetivos. Para septiembre de 1847, Churubusco y Molino del Rey habían caído. El Castillo de Chapultepec era, en consecuencia, mucho más que una fortaleza: constituía uno de los últimos obstáculos importantes antes de la Ciudad de México.

El propio Ejército de Estados Unidos reconoce en su historia oficial que Scott avanzó hacia la capital con cerca de 10 000 hombres después de recibir refuerzos y que, tras los combates de Contreras y Churubusco, las fuerzas mexicanas habían quedado seriamente debilitadas. La captura de Chapultepec el 13 de septiembre prácticamente puso fin a la resistencia organizada en torno a la capital.

La estrategia estadounidense fue directa, pero no improvisada. Un estudio histórico del Ejército estadounidense sobre la campaña explica que, después de reconocer las posiciones mexicanas, los ingenieros de Scott instalaron varias baterías de artillería destinadas a castigar el castillo desde diferentes ángulos. El objetivo era preparar el terreno antes del asalto de la infantería. No se trataba simplemente de subir una colina y tomar una construcción; primero había que quebrar su capacidad defensiva.

El bombardeo tuvo consecuencias devastadoras. En el interior del cerro se encontraban alrededor de 600 soldados mexicanos en las posiciones exteriores y, en el propio castillo, una fuerza mucho menor bajo el mando del general Nicolás Bravo. También permanecían en el lugar alumnos del Colegio Militar. La UNAM ha documentado que cerca de 50 cadetes se encontraban allí, aunque su presencia no significa que fueran los únicos defensores ni que la batalla pueda reducirse a la conocida historia de los seis Niños Héroes.

Uno de los problemas fundamentales de la defensa mexicana fue la desigualdad de fuerzas y recursos. El ejército estadounidense disponía de una estructura logística capaz de sostener una campaña lejos de su territorio, mientras México atravesaba una profunda crisis política y militar. El Portal Académico del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM señala que durante la guerra existió una fuerte inestabilidad interna: hubo cambios de gobierno, conflictos políticos y una participación desigual de los estados en el esfuerzo bélico.

La cuestión de los refuerzos también ha alimentado durante décadas la discusión sobre las decisiones de Antonio López de Santa Anna. Algunas interpretaciones han presentado la defensa de Chapultepec como un ejemplo de abandono político o de errores deliberados. Sin embargo, conviene evitar explicaciones demasiado sencillas. Las fuentes disponibles muestran una situación mucho más compleja: el ejército mexicano venía de una cadena de derrotas y Santa Anna debía distribuir fuerzas limitadas para intentar contener varios puntos de acceso a la capital.

La resistencia, pese a todo, fue real. El Batallón de San Blas, comandado por el teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, intentó reforzar la defensa del cerro y sufrió enormes pérdidas. Los cadetes que permanecieron en Chapultepec también quedaron atrapados en el combate. Como recuerda la UNAM, varios murieron aquel día, pero su sacrificio formó parte de una defensa mucho más amplia.

La dimensión política de la batalla tampoco puede separarse del resultado militar. La guerra había comenzado en un contexto de expansión territorial estadounidense y de una relación profundamente deteriorada entre ambos países. El Departamento de Estado de Estados Unidos señala que la anexión de Texas en 1845 fue uno de los antecedentes centrales del conflicto y que, tras la caída de Ciudad de México, las negociaciones desembocaron en el Tratado de Guadalupe Hidalgo.

El precio territorial fue enorme. Según el propio Departamento de Estado estadounidense, el tratado firmado en 1848 supuso para México la cesión de aproximadamente 525 000 millas cuadradas, equivalentes a cerca del 55 % de su territorio anterior a la guerra. Chapultepec, por tanto, no fue una batalla aislada. Fue uno de los últimos episodios de una campaña que terminó modificando de manera radical el mapa de América del Norte.

La paradoja histórica es evidente. Militarmente, la defensa mexicana fracasó: el castillo cayó, la capital fue ocupada y el gobierno tuvo que afrontar las consecuencias de la derrota. Pero políticamente y en la memoria nacional, Chapultepec adquirió otro significado. La resistencia de los soldados, del Batallón de San Blas y de los jóvenes del Colegio Militar se convirtió en una referencia duradera de lealtad y sacrificio.

Quizá esa sea la manera más justa de mirar aquella jornada. No fue una victoria mexicana disfrazada de derrota, ni una historia sencilla de héroes frente a villanos. Fue el choque entre un ejército invasor que había desarrollado una campaña eficaz y un país políticamente fracturado que intentaba defender su capital con recursos insuficientes. Y, aun en esas condiciones, hubo hombres que permanecieron en sus posiciones cuando la situación militar ya parecía perdida. Esa decisión, más que cualquier leyenda, explica por qué Chapultepec continúa ocupando un lugar tan profundo en la memoria histórica de México.