Para millones de mexicanos, el sonido de la alerta sísmica no solo anuncia un ejercicio de prevención: también puede despertar recuerdos, sensaciones físicas y temores asociados con los terremotos que marcaron al país, especialmente los ocurridos el 19 de septiembre de 1985 y 2017.
El 19 de septiembre ocupa un lugar singular en la memoria mexicana. En 1985, un terremoto devastó amplias zonas de la Ciudad de México; 32 años después, otro sismo volvió a golpear al país en la misma fecha. Desde entonces, septiembre se convirtió para muchas personas en un periodo cargado de recuerdos. La alarma, el movimiento de los edificios y hasta la expectativa de que «algo pueda pasar» pueden funcionar como recordatorios de experiencias anteriores.
En 2026, además, el segundo Simulacro Nacional está programado para el sábado 19 de septiembre a las 12:00 horas. La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana informó que el ejercicio se realizará en las 32 entidades federativas bajo distintas hipótesis sísmicas. No se trata de una predicción, sino de un mecanismo de preparación ante una eventual emergencia.
La diferencia es fundamental. Un simulacro busca entrenar conductas de protección, mientras que una persona que vivió un desastre puede experimentar esa misma señal como un recordatorio de peligro. El cerebro no siempre distingue de inmediato entre una amenaza presente y un estímulo que recuerda una amenaza pasada. De ahí que puedan aparecer sobresalto, tensión muscular, aceleración del pulso, sudoración, inquietud o necesidad de escapar.
La investigación realizada después del terremoto del 19 de septiembre de 2017 permite dimensionar el problema. Un estudio publicado en Psychiatry Research evaluó a 1.539 personas de seis entidades afectadas y encontró síntomas de estrés postraumático en el 34,6 % de los participantes. Los efectos fueron mayores entre personas de Oaxaca, Morelos y Puebla, así como entre quienes habían sufrido daños en sus viviendas.
Otro estudio, realizado por investigadores vinculados con el Instituto Mexicano del Seguro Social y publicado en Archives of Medical Research, examinó a más de 44.000 personas entre uno y dos meses después del terremoto. Encontró una prevalencia de estrés postraumático grave de 11,9 % y de depresión de 9,2 % en la población estudiada. La Ciudad de México registró la mayor prevalencia de estrés postraumático dentro de esa muestra.
Estos datos no significan que todos los mexicanos desarrollen un trastorno psicológico después de un sismo. La Organización Mundial de la Salud subraya que la mayoría de las personas expuestas a acontecimientos potencialmente traumáticos experimentan angustia, pero se recuperan de manera natural. Solo una parte desarrolla un trastorno de estrés postraumático, que puede mantenerse durante meses o años.
También existe una diferencia entre sentir miedo y padecer un trastorno. Tener el corazón acelerado cuando suena una alarma, recordar un terremoto o sentirse incómodo durante un simulacro puede ser una reacción normal. La preocupación merece mayor atención cuando los síntomas son persistentes, interfieren con el sueño, el trabajo, las relaciones o las actividades cotidianas, o provocan una evitación constante de situaciones relacionadas con el recuerdo.
La experiencia mexicana también ha mostrado que las reacciones pueden aparecer inmediatamente después del desastre. Investigadores del Instituto Nacional de Psiquiatría y de la Universidad Nacional Autónoma de México analizaron las consultas de urgencias psiquiátricas posteriores a los terremotos de septiembre de 2017. De acuerdo con su estudio, aumentaron las consultas relacionadas con reacciones a estrés grave y trastornos de adaptación, especialmente después del sismo del 23 de septiembre.
¿Qué puede hacerse cuando el recuerdo vuelve? La Organización Mundial de la Salud recomienda, ante situaciones de crisis, los primeros auxilios psicológicos: escuchar sin presionar, ofrecer apoyo práctico, ayudar a recuperar una sensación de seguridad y facilitar el contacto con familiares, servicios e información confiable. No se trata de obligar a alguien a hablar sobre lo ocurrido ni de minimizar su miedo con frases como «no pasa nada».
Cuando existe un trastorno de estrés postraumático o síntomas clínicamente importantes, las intervenciones psicológicas centradas en el trauma cuentan con evidencia científica. La OMS identifica entre los tratamientos con mayor respaldo a la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma y la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares. Las guías del Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica del Reino Unido también recomiendan modalidades de terapia cognitivo-conductual centradas en el trauma para adultos con estrés postraumático.
La terapia cognitivo-conductual puede ayudar a trabajar pensamientos, recuerdos, evitaciones y respuestas de alarma que mantienen el malestar. Pero no debe convertirse en una receta improvisada para una emergencia. Cuando existe sufrimiento intenso o persistente, la valoración corresponde a profesionales capacitados.
Septiembre, entonces, puede ser dos cosas al mismo tiempo: memoria y preparación. La alarma recuerda tragedias que ocurrieron, pero también enseña qué hacer si alguna vez vuelve a ocurrir un terremoto. Esa diferencia puede parecer pequeña, aunque psicológicamente importa mucho. Prepararse no significa vivir esperando el desastre. Significa aprender a responder ante él sin permitir que el miedo gobierne todos los días anteriores.

