Bajo el suelo de Yucatán existe una red de agua indispensable para la vida, pero también extraordinariamente vulnerable: la misma roca caliza que permite la rápida infiltración de la lluvia facilita que bacterias, nutrientes y otros contaminantes lleguen al subsuelo.
En Yucatán, el agua potable no corre a la vista. Está debajo de nuestros pies. Se mueve por fracturas, cavidades, cenotes y conductos formados durante miles de años en la roca caliza, dentro de un sistema kárstico que abastece a la población y sostiene ecosistemas únicos. Esa característica geológica es una ventaja para la disponibilidad del recurso, pero también representa uno de sus mayores riesgos.
Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México han advertido que la elevada permeabilidad del terreno permite que sustancias depositadas en la superficie se infiltren con rapidez. En un artículo publicado por la revista Península en 2026, Emilio de los Ríos Ibarra y Abelardo Rodríguez-López señalaron que la zona norte de Yucatán enfrenta una combinación particularmente delicada de crecimiento poblacional, actividad agropecuaria, expansión inmobiliaria y deficiencias de infraestructura sanitaria.
La contaminación bacteriológica tampoco es un fenómeno nuevo. Un estudio de Julia Pacheco, Armando Cabrera y Luis Marín, publicado por Geofísica Internacional de la UNAM, documentó desde 2000 la presencia de coliformes fecales en aguas subterráneas de una zona rural de Yucatán. Los investigadores encontraron concentraciones que superaban los límites establecidos para agua de consumo y detectaron bacterias de los géneros Escherichia, Serratia y Enterobacter.
Dos décadas después, la preocupación científica permanece. Una investigación publicada en 2025 sobre cenotes y otros cuerpos de agua asociados al Gran Acuífero Maya encontró indicadores de contaminación fecal, además de nutrientes y diversos contaminantes químicos. El estudio analizó diez cenotes y un sitio de descarga de agua subterránea hacia el mar, y sus autores señalaron que algunas concentraciones podían superar valores recomendados para aguas subterráneas o para la protección de la vida acuática.
La propia UNAM ha ampliado recientemente el monitoreo. En trabajos realizados por especialistas del Instituto de Ingeniería y de la Unidad de Química en Sisal se han buscado bacterias, nutrientes, plaguicidas, hidrocarburos, compuestos orgánicos volátiles y contaminantes emergentes. Los primeros resultados obtenidos en 2024 detectaron compuestos orgánicos volátiles en varios sitios de muestreo; en un punto se encontraron concentraciones de bromoformo y tetracloruro de carbono por encima de los valores de referencia considerados en la investigación.
La situación exige evitar dos extremos: pensar que todo el acuífero está contaminado o asumir que, porque existe una enorme cantidad de agua bajo tierra, el problema puede esperar. Ninguna de las dos conclusiones está respaldada por la evidencia disponible. La Comisión Nacional del Agua mantiene programas de monitoreo de aguas subterráneas y en sus indicadores nacionales de 2025 reportó que una parte de los sitios evaluados presentó condiciones que requieren atención por parámetros como arsénico, fluoruros y coliformes fecales.
El problema se vuelve más delicado cuando se observa el crecimiento urbano. Un estudio de la UNAM sobre el riesgo de contaminación del acuífero yucateco identificó las zonas de mayor peligrosidad principalmente en el área metropolitana de Mérida. La combinación entre urbanización y un subsuelo altamente permeable significa que una descarga inadecuada de aguas residuales no necesariamente permanece en el lugar donde se genera. Puede incorporarse al sistema subterráneo y desplazarse.
Por eso, la expansión de la ciudad no puede analizarse únicamente desde la vivienda, las vialidades o los nuevos desarrollos. También debe preguntarse qué ocurre debajo de ellos. La UNAM ha señalado que el crecimiento urbano, turístico, industrial y agropecuario incrementa la presión sobre un acuífero cuya dinámica todavía requiere mayor monitoreo y modelación.
Hay, sin embargo, señales de que el problema comienza a recibir una atención más coordinada. En junio de 2026, la Conagua informó sobre acciones para mejorar el saneamiento de aguas residuales en Mérida con el objetivo de contribuir a la protección de los acuíferos. Además, la Red ECOS Yucatán ha planteado fortalecer el monitoreo permanente, mejorar el acceso público a la información y promover el tratamiento y reutilización de aguas residuales.
La urgencia no significa que Yucatán se haya quedado sin agua. Significa algo más complejo: el recurso existe, pero su calidad depende de lo que ocurre en la superficie. Cada fosa séptica mal diseñada, cada descarga irregular y cada actividad que libera contaminantes sobre un terreno permeable puede convertirse en una presión acumulativa.
El acuífero no tiene una alarma visible. No cambia de color frente a nuestros ojos cuando recibe contaminantes. Esa es precisamente su fragilidad. Protegerlo implica mirar hacia abajo, comprender cómo funciona y tomar decisiones urbanas, sanitarias y ambientales antes de que una contaminación que hoy puede detectarse en un punto termine convirtiéndose en un problema mucho más difícil y costoso de revertir.

