Las expediciones científicas han confirmado concentraciones elevadas de metano y columnas de burbujas sobre el permafrost submarino del Ártico, pero la evidencia disponible no respalda todavía un escenario de liberación masiva y repentina hacia la atmósfera; el fenómeno sí representa una retroalimentación climática que merece vigilancia.

El fondo del océano Ártico guarda una historia climática que comenzó mucho antes de que existieran las ciudades modernas. Bajo los sedimentos permanecen restos de antiguos suelos congelados, materia orgánica y depósitos de metano atrapados en estructuras cristalinas conocidas como hidratos. Ahora, mientras el Ártico se calienta a un ritmo acelerado, parte de ese sistema está cambiando.

Las observaciones más recientes resultan inquietantes. Una investigación publicada en 2026 en Communications Earth & Environment analizó muestras obtenidas durante cuatro expediciones al mar de Laptev entre 2016 y 2020. Los científicos encontraron concentraciones muy elevadas de metano en la columna de agua y observaron numerosas columnas de burbujas procedentes del fondo marino. En una zona considerada un punto crítico, las concentraciones alcanzaron hasta 27.000 nanomoles por litro.

El estudio aporta además una pista importante sobre el origen del gas. Mediante análisis isotópicos, los investigadores determinaron que una parte sustancial del metano liberado en esa región procede de antiguas reservas microbianas almacenadas en el permafrost submarino. Algunas muestras presentaron una edad de radiocarbono superior a 48.000 años. No se trata, por tanto, únicamente de metano producido recientemente por microorganismos: existe carbono antiguo que está volviendo a participar en el ciclo climático.

El mecanismo resulta relativamente fácil de entender. El permafrost submarino se formó cuando extensas regiones del actual fondo oceánico estaban expuestas durante la última glaciación. Posteriormente quedaron inundadas por el aumento del nivel del mar. El agua más cálida puede favorecer el deshielo progresivo de esos sedimentos congelados, facilitar la migración de gases y debilitar algunas de las barreras que mantenían el metano atrapado.

Los hidratos constituyen otra pieza del rompecabezas. Son estructuras parecidas al hielo que contienen moléculas de metano bajo condiciones determinadas de presión y temperatura. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos explica que estos depósitos se encuentran tanto en sedimentos marinos como asociados con zonas de permafrost y que, si las condiciones cambian, pueden liberar metano.

Sin embargo, aquí es necesario detenerse ante una de las afirmaciones más repetidas sobre este fenómeno. Detectar grandes columnas de burbujas en el océano no significa automáticamente que una cantidad equivalente de metano esté llegando a la atmósfera. Parte del gas puede disolverse en el agua o ser consumida por microorganismos antes de alcanzar la superficie.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha señalado precisamente esa diferencia. Su evaluación científica concluye que el deshielo del permafrost constituye una retroalimentación positiva del calentamiento, pero mantiene una confianza baja respecto de cuánto metano adicional procedente de estas zonas ya está llegando a la atmósfera. Para los hidratos de las plataformas continentales, el IPCC estima además que su contribución atmosférica será considerablemente menor que la procedente del permafrost terrestre.

Esto no vuelve irrelevante lo que ocurre bajo el mar. El permafrost submarino puede dejar de funcionar progresivamente como barrera para gases almacenados en profundidad. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica advierte que su degradación puede favorecer la migración del metano hacia el fondo marino y, eventualmente, hacia la atmósfera. El problema es que todavía existen enormes incertidumbres sobre la extensión del permafrost submarino y sobre la velocidad con la que está desapareciendo.

Un estudio publicado en 2026 en npj Climate and Atmospheric Science también encontró señales de incremento de las emisiones de metano en regiones ártico-boreales a partir de observaciones atmosféricas. Estos resultados refuerzan la necesidad de vigilar el Ártico como una región particularmente sensible al aumento de las emisiones, aunque no permiten atribuir todo el incremento exclusivamente a los hidratos submarinos.

La verdad es que el peligro climático no depende de imaginar una explosión repentina de metano desde el fondo del océano. Una liberación gradual también puede importar. Si el calentamiento provoca que los ecosistemas árticos emitan más gases de efecto invernadero, esos gases contribuyen a un círculo de retroalimentación: más calentamiento favorece nuevas emisiones y esas emisiones añaden presión al sistema climático.

Por eso, las columnas de burbujas observadas en el Ártico son más que una imagen llamativa. Son una señal de que el subsuelo congelado está respondiendo al cambio ambiental. Todavía no sabemos con precisión cuánto metano adicional llegará a la atmósfera ni con qué velocidad. Precisamente por eso las expediciones, las mediciones atmosféricas y los modelos climáticos necesitan seguir trabajando juntos. En el Ártico, una pequeña señal registrada hoy puede convertirse en una pieza importante para entender el clima de las próximas décadas.