La lengua española mantiene un creciente interés en Brasil pese a haber dejado de ser obligatoria en la enseñanza secundaria, impulsada por la cercanía geográfica, los vínculos culturales y una comunidad hispanohablante cada vez más visible.

El español parece haber encontrado en Brasil una fuerza que va más allá de las decisiones tomadas en el ámbito educativo. Aunque desde 2017 dejó de existir la obligación federal de ofrecerlo como segunda lengua en la enseñanza secundaria, el interés por aprenderlo no solo se ha mantenido, sino que muestra señales de crecimiento.

Así lo defendió el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, durante su visita a São Paulo, donde destacó que las características geográficas, sociales y culturales de Brasil mantienen al español como un idioma especialmente cercano para millones de personas.

La presencia institucional también refleja esa demanda. El Instituto Cervantes cuenta con ocho centros en Brasil, la mayor red de esta institución en un solo país. Además de São Paulo, existen sedes en Brasilia, Curitiba, Porto Alegre, Salvador, Recife, Belo Horizonte y Río de Janeiro, junto con una amplia red de centros de inscripción y examen para las certificaciones de español.

El propio Cervantes señala que Brasil es uno de los países donde el estudio y el uso del español han experimentado un crecimiento significativo. La institución mantiene actualmente cursos, certificaciones y actividades culturales en el país, una estructura que difícilmente tendría sentido si el interés por la lengua estuviera desapareciendo.

En São Paulo, según los datos citados por García Montero, las matriculaciones del Instituto Cervantes aumentaron 7 por ciento durante el actual curso respecto del año anterior. Es un dato que, por sí solo, no representa a todo el sistema educativo brasileño, pero sí ofrece una fotografía concreta de la demanda que existe en una de las ciudades más grandes y culturalmente dinámicas del país.

Y es que la relación entre Brasil y el mundo hispanohablante tiene una particularidad que no poseen muchos otros países. Brasil comparte fronteras con la mayoría de las naciones sudamericanas de habla española, mantiene intensos intercambios comerciales y turísticos con ellas y forma parte de un espacio latinoamericano en el que las dos grandes lenguas ibéricas conviven constantemente.

García Montero también puso el acento en la dimensión cultural. Su planteamiento es que el español no debe limitarse a las aulas ni entenderse únicamente como una herramienta laboral. Literatura, cine, arte y encuentros entre comunidades forman parte de una estrategia para presentar la lengua como una puerta de entrada a una cultura mucho más amplia.

La oportunidad se hizo especialmente visible esta semana en São Paulo con la celebración de la 28.ª Bienal Internacional del Libro. El encuentro comenzó el 4 de septiembre y continuará hasta el día 13 en el Distrito Anhembi, con 230 expositores, una superficie de 87 mil metros cuadrados y España como país invitado de honor. Las autoridades municipales esperan alrededor de 700 mil visitantes.

La presencia española en una cita de estas dimensiones tiene un significado que va más allá de una participación editorial. En un país de más de 200 millones de habitantes, la literatura puede convertirse en uno de los caminos más naturales para acercar el español a nuevos lectores y reforzar los vínculos culturales entre Brasil, España y América Latina.

La dimensión social tampoco es menor. De acuerdo con los datos mencionados por el director del Cervantes y atribuidos al Observatorio Global del Español, en Brasil viven alrededor de 20 millones de hispanohablantes. Se trata de una comunidad diversa: incluye personas que habitan las zonas fronterizas, brasileños que han vivido en España o en otros países latinoamericanos, así como inmigrantes hispanohablantes y sus descendientes.

Ese panorama ayuda a entender por qué el español conserva una posición particular incluso sin la obligatoriedad escolar que tuvo en el pasado. El idioma está presente en las relaciones familiares, el turismo, los negocios, la migración y el intercambio cultural cotidiano. Para muchos brasileños, aprender español no supone acercarse a una cultura lejana, sino comprender mejor un entorno regional que comienza prácticamente al otro lado de la frontera.

García Montero aprovechó además su visita para plantear una reflexión política y cultural. Ante el avance de discursos nacionalistas y de repliegue identitario en distintas partes del mundo, defendió una mayor cooperación entre los países de habla española y portuguesa como una forma de fortalecer la multiculturalidad.

La idea resulta particularmente significativa en América Latina, donde portugués y español constituyen dos grandes espacios lingüísticos que conviven en un mismo continente. Más que competir, ambos idiomas pueden funcionar como puentes para ampliar los intercambios académicos, culturales y económicos.

La historia reciente demuestra, sin embargo, que la presencia del español en Brasil no depende exclusivamente de una ley educativa. La política pública puede impulsarla o limitarla, pero existen factores estructurales que mantienen vivo el interés: la geografía, la movilidad regional, los vínculos económicos y una cultura latinoamericana que circula constantemente entre fronteras.

Por ahora, los datos disponibles apuntan a que el español conserva una base sólida en Brasil. El desafío para instituciones como el Cervantes será convertir ese interés en una relación cultural más profunda y duradera. Y quizá ahí esté la verdadera oportunidad: que aprender español no sea visto solamente como estudiar otro idioma, sino como descubrir una parte de la realidad latinoamericana que Brasil comparte con sus vecinos.