El 30 de agosto se conmemora el Día Internacional del Tiburón Ballena, una fecha que pone atención sobre el pez más grande del planeta y sobre los extensos recorridos que realiza entre aguas mexicanas, el Caribe y el golfo de México. Seguir sus movimientos se ha convertido en una herramienta esencial para saber dónde protegerlo.
Cuando un tiburón ballena aparece frente a las costas de Quintana Roo, la escena puede parecer sencilla: un enorme cuerpo gris, cubierto de manchas blancas, avanzando lentamente junto a una embarcación. Debajo de esa aparente tranquilidad existe, sin embargo, una historia mucho más compleja. Rhincodon typus es un animal altamente migratorio que puede recorrer miles de kilómetros y desplazarse entre distintas zonas de alimentación durante su vida.
El norte del Caribe mexicano constituye uno de sus sitios de agregación más importantes. Las aguas situadas entre Isla Contoy, Isla Mujeres, Holbox y Cabo Catoche reciben ejemplares que se concentran de manera estacional cuando encuentran condiciones favorables de alimento. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales ha documentado la importancia internacional de esta región y señala que la disponibilidad de plancton es uno de los factores que explica esas concentraciones.
La lógica es casi comparable con la de una gran ciudad que recibe visitantes cuando existe empleo y alimento. El tiburón ballena no llega a una zona porque exista una frontera imaginaria que marque su territorio. Llega porque las condiciones oceanográficas le resultan favorables.
Precisamente por eso, conocer sus desplazamientos resulta fundamental. Una investigación publicada en Frontiers in Marine Science documentó, mediante marcaje satelital, movimientos de ejemplares capturados para estudio frente a la península de Yucatán hacia el golfo de México, el mar Caribe, el estrecho de Florida y, en un caso, el Atlántico sur. Otro estudio sobre el golfo de México encontró que algunos ejemplares utilizan zonas alejadas de los lugares donde habitualmente son observados desde embarcaciones.
El rastreo satelital permite descubrir esa parte invisible de su existencia. Dependiendo del tipo de dispositivo utilizado, los investigadores pueden obtener posiciones geográficas y registrar información relacionada con profundidad, temperatura y desplazamiento. El resultado es una especie de mapa dinámico que permite saber qué rutas utiliza un animal, cuánto tiempo permanece en determinados lugares y qué áreas podrían ser importantes para alimentarse o desplazarse.
La fotografía científica cumple además una función complementaria. Las manchas y líneas del cuerpo de cada tiburón ballena forman un patrón prácticamente único, por lo que las imágenes permiten identificar individuos y saber si regresan a una determinada zona años después. De esta manera, una fotografía tomada frente a Holbox puede terminar relacionada con otra obtenida en una región distante.
La conservación depende de comprender esa conectividad. Proteger únicamente el punto donde los animales se concentran durante algunas semanas puede ser insuficiente si después atraviesan aguas donde enfrentan tráfico marítimo, pesca incidental u otras actividades humanas. La ciencia de la migración marina está llevando cada vez más la atención desde las áreas aisladas hacia los corredores que las conectan.
En México existe además un marco específico para las actividades turísticas. La Norma Oficial Mexicana NOM-171-SEMARNAT-2018 establece condiciones para la observación y el nado con tiburón ballena, con el objetivo de reducir las alteraciones sobre los ejemplares y su hábitat. La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas también trabaja con prestadores de servicios y comunidades locales en tareas de vigilancia y monitoreo.
La regulación tiene una razón sencilla. Un animal tranquilo no significa que sea inmune a las molestias. Acercarse demasiado, bloquear su trayectoria, tocarlo o alterar deliberadamente su comportamiento puede convertir una experiencia turística en una presión adicional para una especie que ya enfrenta amenazas en otras partes de su recorrido.
La situación internacional tampoco permite bajar la guardia. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza mantiene al tiburón ballena en la categoría de En Peligro, después de evaluar reducciones importantes de sus poblaciones. Entre las amenazas señaladas para la especie están la captura incidental, determinadas actividades pesqueras, el tráfico marítimo y las prácticas turísticas inadecuadas.
El ecoturismo, por ello, vive una paradoja. El tiburón ballena puede generar ingresos para comunidades costeras y convertirse en un poderoso embajador de la conservación, pero esa misma popularidad puede aumentar la presión sobre los animales si la actividad no se controla. La diferencia está en cómo se realiza.
Cada recorrido satelital aporta una pieza a un rompecabezas que todavía no está completo. Se sabe dónde aparecen, se conocen algunas de sus rutas y se han identificado zonas de alimentación, pero todavía existen importantes incógnitas sobre su reproducción y sobre buena parte de su vida en mar abierto.
Quizá esa sea la mejor razón para celebrar esta fecha. El tiburón ballena no necesita únicamente que lo admiremos cuando aparece junto a una embarcación. Necesita que entendamos el enorme espacio oceánico que utiliza cuando desaparece bajo el horizonte. Protegerlo significa, en última instancia, aprender a conservar también las rutas que no podemos ver.

