Los movimientos telúricos que se registran con frecuencia en México no son acontecimientos aislados ni señales que permitan anticipar un gran terremoto. Son la expresión visible de una dinámica geológica permanente que los científicos vigilan mediante redes de instrumentos capaces de detectar, localizar y medir cada ruptura en el subsuelo.
México se encuentra en una de las regiones sísmicamente más activas del planeta. Su territorio está relacionado con cinco placas tectónicas: Norteamérica, Pacífico, Rivera, Cocos y Caribe. No todas interactúan de la misma manera ni producen el mismo tipo de sismo. Esa diversidad explica por qué un temblor puede originarse frente a las costas del Pacífico, dentro de una placa a decenas de kilómetros de profundidad o en una falla continental.
La escena más conocida ocurre frente a las costas de Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Allí, la placa de Cocos se introduce por debajo de la Norteamericana. Este proceso, denominado subducción, no es un choque repentino entre dos enormes bloques. Las placas se desplazan de manera continua, pero el contacto entre ellas puede permanecer parcialmente trabado por la fricción. Mientras el movimiento continúa, la roca se deforma y acumula energía.
Cuando los esfuerzos superan la resistencia del contacto, se produce una ruptura y las masas rocosas se desplazan. La energía acumulada se libera en forma de ondas sísmicas que atraviesan el interior de la Tierra y alcanzan la superficie. El Servicio Geológico Mexicano explica este mecanismo mediante el principio de la repercusión o rebote elástico, un modelo fundamental para comprender el origen de los terremotos.
Pero la subducción no cuenta toda la historia. El Servicio Sismológico Nacional señala que también existen sismos intraplaca, es decir, terremotos que ocurren dentro de una placa que ya se encuentra en proceso de hundimiento. El terremoto de Puebla del 19 de septiembre de 2017 constituye un ejemplo especialmente doloroso de este comportamiento. Su origen no estuvo exactamente en el límite entre placas, sino dentro de la placa de Cocos.
Por eso, la aparición de varios sismos pequeños en un periodo determinado no permite afirmar que se esté preparando inevitablemente un terremoto mayor. La actividad sísmica forma parte de un proceso natural complejo y los científicos pueden identificar zonas de peligro y estudiar patrones históricos, pero el Servicio Sismológico Nacional es tajante: los sismos no pueden predecirse.
La tecnología sí permite algo diferente: detectarlos casi inmediatamente después de que comienzan. Una red de estaciones sismológicas y acelerográficas registra el movimiento del terreno mediante instrumentos especializados. Los sismógrafos permiten estudiar las ondas producidas por un terremoto, mientras que los acelerógrafos miden de manera precisa los movimientos fuertes del suelo, información esencial para evaluar sus posibles efectos sobre edificios e infraestructura.
Ahí entra en escena el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, conocido como SASMEX. Su funcionamiento depende de una diferencia física extraordinariamente útil: las ondas sísmicas viajan por el terreno mucho más lentamente que las señales utilizadas para transmitir la alerta. CENAPRED explica que los sensores detectan el movimiento, calculan parámetros del evento y, cuando se cumplen los criterios establecidos, envían la información mediante radio a las ciudades con cobertura.
Eso significa que una alerta sísmica no predice un terremoto. Cuando suena, el terremoto ya comenzó. La ventaja consiste en que algunas poblaciones pueden recibir el aviso antes de que lleguen las ondas sísmicas más destructivas, especialmente cuando el epicentro se encuentra suficientemente lejos. El tiempo disponible varía según la distancia y las características del evento.
Existe además una limitación que suele perderse entre los mensajes alarmistas. Un sismo ocurrido fuera de la zona de cobertura no generará necesariamente una alerta y, si el epicentro está demasiado cerca de una ciudad, el aviso puede llegar prácticamente al mismo tiempo que el movimiento. La alerta es, por tanto, una herramienta de reducción del riesgo, no una garantía absoluta.
Los registros acumulados tienen otra función fundamental. Cada terremoto proporciona información sobre cómo se comporta el subsuelo. El análisis de sus ondas permite mejorar los mapas de peligro, estudiar las estructuras geológicas y comprender por qué determinadas zonas experimentan movimientos más intensos que otras. En ese sentido, incluso un temblor que apenas es percibido por la población puede convertirse en una pieza útil para la investigación.
La lección más importante quizá sea menos espectacular que una alarma sonando en una ciudad, pero mucho más útil. México no necesita esperar a que ocurra un gran terremoto para prepararse. La vigilancia científica, la construcción adecuada, los simulacros y el conocimiento de las medidas de protección forman una cadena en la que cada eslabón cuenta.
Las placas continuarán moviéndose, con o sin nuestra atención. Lo que sí podemos modificar es nuestra capacidad para comprender ese movimiento y reducir sus consecuencias. La ciencia todavía no puede decir cuándo ocurrirá el próximo gran sismo. Puede, en cambio, ayudarnos a estar mejor preparados cuando llegue.


