A sus 83 años, el franciscano Alejandro Rodríguez Pérez mantiene desde hace dos décadas una labor silenciosa en el cementerio de San Roque, en Alcalá de Henares, donde reza por los fallecidos y acompaña a sus familias. Su historia está marcada por una vocación religiosa que comenzó después de trabajar como carpintero y por una experiencia personal de pérdida que le permite comprender el dolor de quienes despiden a sus seres queridos.
Desde hace aproximadamente veinte años, fray Alejandro Rodríguez Pérez acude diariamente al cementerio antiguo de San Roque, en Alcalá de Henares, España, para encomendar a Dios a las personas fallecidas y acompañar espiritualmente a quienes acuden a despedir a sus familiares. A sus 83 años, el religioso franciscano considera esta actividad una parte esencial de su vocación y una oportunidad para colaborar con su comunidad.
Nacido en 1943 en Carrizosa, provincia de Ciudad Real, Alejandro tuvo una infancia marcada por el trabajo. No pudo completar los estudios básicos y, cuando tenía apenas 11 años, comenzó a trabajar en una carpintería junto a su hermano, quien le enseñó el oficio. Durante varios años, la madera fue el centro de su vida laboral, sin imaginar todavía que terminaría dedicándose al servicio religioso.
Su acercamiento a la vida franciscana comenzó gracias al sacerdote de su localidad, quien lo puso en contacto con un religioso de esa orden. Durante una conversación, el fraile le preguntó si alguna vez había considerado ingresar a un convento. Alejandro recuerda que entonces desconocía prácticamente todo sobre la vida religiosa, pero aquella invitación despertó en él una inquietud que con el tiempo se transformaría en vocación.
A los 20 años ingresó en la comunidad franciscana de Pastrana, Guadalajara, como hermano lego. Permaneció allí cerca de dos décadas y posteriormente fue destinado a Arenas de San Pedro, en Ávila, donde continuó trabajando como carpintero. Desde hace más de veinte años reside en Alcalá de Henares, integrado en la comunidad de la parroquia de San Francisco de Asís, donde ha desempeñado distintas funciones, entre ellas las de portero y sacristán.
Rezar por los difuntos y acompañar a sus familias
Una de sus principales responsabilidades es atender el cementerio de San Roque y la capilla de la Virgen del Carmen. Allí recibe a las personas que acuden a despedir a sus familiares, ofrece acompañamiento espiritual y realiza responsos junto a las sepulturas, siempre con la autorización de los allegados.
Desde 2003, por encargo del obispo, mantiene esta práctica de oración por los fallecidos. Para él, no se trata de una ceremonia dirigida a los restos materiales, sino de una plegaria por las almas de quienes han muerto. Por eso, cuando alguien le pregunta si reza a las cenizas o a los ataúdes, responde con sencillez: «Yo no le rezo a las cenizas, ni le rezo a los ataúdes».
Su trabajo cotidiano también incluye atender a quienes atraviesan el dolor de una pérdida reciente. Fray Alejandro reconoce que algunas ceremonias lo conmueven profundamente, especialmente cuando acompaña el entierro de niños o jóvenes. En esos momentos, admite que puede llorar mientras reza, porque la muerte de una persona cercana siempre deja una huella difícil de borrar.
El religioso también aprovecha sus oraciones para pedir por el futuro de la comunidad franciscana. Con humor, reconoce que cada vez son menos los frailes y que muchos tienen una edad avanzada. Por ello, pide a Dios nuevas vocaciones que permitan mantener vivo el trabajo pastoral de la orden.
La pérdida de su madre marcó su manera de acompañar el duelo
La sensibilidad con la que fray Alejandro acompaña a las familias tiene una raíz personal. Durante la entrevista difundida por la Diócesis de Alcalá de Henares, recordó la muerte repentina de su madre, un acontecimiento que marcó profundamente su vida.
El accidente ocurrió cuando regresó a su pueblo vestido con el hábito franciscano. Su madre viajaba en un carro tirado por una mula cuando el paso de un avión a baja altura asustó al animal, provocando que el vehículo volcara. La mujer murió en el lugar. Para Alejandro, aquel episodio estuvo acompañado por la tristeza de no haber podido compartir con ella la alegría de verlo convertido en religioso.
«Ese dolor a mí no se me va», recordó al hablar de aquella pérdida. También explicó que la experiencia le permite comprender mejor el sufrimiento de quienes despiden a sus seres queridos, porque sabe que el duelo no desaparece simplemente con el paso del tiempo.
Su padre, en cambio, vivió más de cien años. El franciscano recuerda ese hecho con gratitud y, al mismo tiempo, expresa con humor su deseo de seguir viviendo mientras conserve la salud y pueda continuar trabajando al servicio de los demás.
La muerte como recordatorio de la vida y la fe
Para fray Alejandro, la muerte no representa únicamente el final de la existencia terrenal, sino un tránsito hacia otra vida. Su trabajo en el cementerio le recuerda diariamente que también llegará el momento de presentarse ante Dios y responder por sus propias acciones.
Desde esa convicción, procura vivir con responsabilidad, hacer el bien y confiar en la misericordia divina. En sus oraciones pide la ayuda necesaria para conducirse correctamente durante su vida y alcanzar la salvación.
Su historia muestra una forma discreta de servicio religioso: permanecer junto a quienes sufren, encomendar a los fallecidos y recordar a las familias que no están solas durante el duelo. En el silencio del cementerio de San Roque, fray Alejandro continúa realizando una tarea que considera parte de su vocación franciscana y una manera concreta de acompañar a los demás.


